15 de junio de 1844 - 4 de setiembre de 1913
El Dr. Eduardo Wilde ha pasado a la historia como expresión del escepticismo y la indiferencia. Incluso, recurriendo a alguna anécdota o a alguna de sus frases irónicas, se lo muestra como desentendido de los intereses populares y amigo de las minorías selectas. Se admite, sin embargo, que algunos de sus cuentos -como "Tini", por ejemplo- están cargados de sensibilidad humana, pero se concluye en que el político de elites prevaleció sobre el literato.
Si se profundiza el caso Wilde, se advierte que tuvo dos enemigos sumamente poderosos: la Iglesia Católica, reaccionaria de aquellos tiempos, que jamás le perdonó la defensa de la Ley 1420 (como Ministro de Educación) y el mitrismo, que tampoco le perdonó sus acres juicios e ironías sobre el general - presidente y su matutino "tribuna de doctrina". Ello podría explicar que más allá de las contradicciones y aún errores que puedan detectarse en la vida política de Wilde, se hayan exagerado éstos y en cambio, se hayan escamoteado las virtudes. Por ejemplo, es poco conocido que Wilde fue uno de los médicos más comprometidos en la ayuda popular cuando se desataron las epidemias de cólera y de fiebre amarilla y que en ambos casos, contrajo la enfermedad, pudiendo reponerse luego. Para ir gestando una imagen más cercana a la verdad publicamos a continuación algunos artículos de Wilde que resultan sorprendentes para quienes se hallan atrapados por la imagen de la Historia Oficial.
* "Los Descamisados"
* "La Nación" y su partido
* "Industrias argentinas"
LOS DESCAMISADOS
("La República", 12 de abril de 1874)
La prensa mitrista llama "descamisados" a todos los que no son partidarios de su ídolo. Esa prensa podrá reconocer la pobreza de los individuos que insulta, que son argentinos, que tienen derecho a participar de las conmociones de su patria y a concurrir para la formación de sus poderes. Pero si los individuos del pueblo que van a dar en tierra con el poder y con la influencia del caudillo y la aristocracia son descamisados, ¿quién les habrá robado la camisa? ¿Por qué, siendo argentinos, se encuentran desheredados en su propia Patria?. Los que ahora nos insultan llamándonos descamisados, quizás viven en suntuosos palacios o en casas regaladas que se compran con el dinero que se cercenó a nuestro salario. Quizá los que después de habernos desnudado se ríen de nuestra desnudez, se visten lujosamente con el dinero que la Nación había destinado para que fuéramos bien alimentados en las campañas, y para que no entráramos hambrientos a las batallas, donde debíamos llenar los deberes del soldado para sostener la grande y ruinosa política. Quizás los que insultan a los pobres trabajadores del pueblos señalándoles su miseria, han conseguido conducirlos a ella, destruyéndoles su familia al arrebatar del hogar al que la mantenía; quizá el descamisado que recorre las pulperías consumiendo lo que gana en el día es conducido a la abyección y a la miseria por los que le hicieron abandonar a sus hijos y a .su esposa imponiéndoles la ración de hambre y desolación que quita todo los encantos de la vida.
Si los descamisados hablaran, cuántos opulentos nos señalarían que ostentan su lujo en cambio de la desnudez que procuraron.
Los descamisados no son mitristas. Los mitristas tienen camisa, casa, alimentos y dinero. ¿Es acaso porque trabajan más o porque no tienen vicios?.
No, ellos son también los descamisados de la víspera que el oro de los proveedores ha vestido. Ellos son los individuos del pueblo que gozan de un sueldo mensual salido ya sabemos de dónde y que se les paga por ser mitristas, por sostener a Mitre, por votar por él, por elevarlo, por servir a la empresa que quiere hacer de ‚él un presidente que sangre de nuevo al pueblo para convertir sus adeptos en millonarios.
Ellos son también los descamisados de la víspera que tomarán una profesión lucrativa: la de ser mitristas.
Si no se escondiera en cada uno de nuestros descamisados un tesoro de abnegación y de virtudes, ellos no sufrirían la vergüenza de oír insultar su miseria.
Nuestros descamisados saben dónde se encuentran las camisas que harían bien a su cuerpo.
Preferimos nuestros descamisados que la abnegación arrastra, a sus compañeros de la víspera vestidos hoy gracias al oro de !os empresarios de candidaturas.
Los descamisados que no se procuran camisas a cambio de su conciencia, irán hoy a los atrios con su pecho descubierto a dar su voto por los electores que han de elegir un presidente que no haga guerras, que no haga surgir como nuevas industrias las proveedurías y que no persiga los derechos de las provincias.
Nuestros descamisados expondrán hoy sus pechos descubiertos a las balas de los revólveres lujosos y a los filos de los puñales con que la plutocracia de Buenos Aires ha amado a sus afiliados. Esos descamisados que volvieron desnudos de los campos de batalla en que quedaron muchos de sus compañeros, enseñarán hoy a los insultadores y a su jefe indolente que están dispuestos mantener sus derechos y a conseguir que su voluntad soberana impere, porque son ellos, los descamisados, los miserables, a quienes queda como única fortuna su conciencia, los que forman el pueblo, la mayoría que arrastra una vida precaria en las ciudades, siendo siempre la primera en los sacrificios y en los gloriosos combates.
Recogemos el nombre o el apodo con que se pretende injuriar a los partidarios de nuestras ideas y nos lo apropiamos con orgullo. Somos los descamisados, no traficamos con nuestra conciencia, pero el sol que lucirá hoy no se ocultará en el horizonte sin presenciar nuestra victoria democrática, y los que pretenden insultar la miseria y la inquebrantable firmeza de los que no están con ellos, tendrán que estampar en sus periódicos esta consoladora noticia: ¡los descamisados han triunfado!
"LA NACIÓN" Y SU PARTIDO"
("Fígaro", octubre 28 de 1885)
Todos saben sin duda, !o que es un diario de crédito; entonces no se necesita definirlo.
Entre nosotros tenemos varios, pero hablaremos sólo de uno: "La Nación".
Un diario es un hombre, el que !o dirige o lo inspira.
"La Nación" por lo tanto es D. Bartolo, como se le llana familiarmente al General Mitre.
"La Nación" tiene, como su dueño, una tradición. Se fundó para sostener el gobierno del General Mitre y debió su éxito primero a una nimiedad, al hecho de poner en lo alto de !a primera página la salida de los trenes, 1o que 1o asemeja a una guía, y por 1o tanto le daba grande importancia, pues por aquellos tiempos no había guías en Buenos Aires, y secundariamente al vigor de su redacción, que se hallaba a cargo de un hombre de talento, fanático por Mitre y tan austero en su culto que era !a copia fiel de las religiosas que se pasan adorando a Dios toda su vida sin que Dios se acuerde de ellas para nada.
Después "La Nación", "La Nación Argentina", que así se llamaba, entró en deliquio, se derritió, casi se fundió como empresa; y de evangelio que era, para salvarse tuvo que convertirse en asunto de Bolsa. Se ideó un capital por acciones, se inventó accionistas, se supuso que algunos pagaron sus acciones y se cobró su cuota a los inocentes.
Al poco tiempo las acciones valían !o que valen !as de !as minas de Amambay y Maracayú; cualquiera las podía regalar a cualquiera.
Esta catástrofe se atribuyó sin duda a que el título del diario era muy largo, pues poco tiempo después vimos perder a ese título más de la mitad.
"La Nación Argentina" se quedó en "Nación" sola.
Por estas épocas el partido mitrista estaba en derrota y sus afiliados se ocupaban de dos cosas:
lº Leer "La Nación" era cosa de conciencia.
2º Tramar revoluciones.
No hablamos de una tercera ocupación, la de salir mal en todas !as empresas, porque eso no era un principio sino una consecuencia.
"La Nación" progresaba, se vendía como se vende la biblia en Inglaterra, y le sucedía 1o que le sucede a la misma biblia: nadie la entendía.
Pero eso no importaba.
Un mitrista. por aquellos días, no almorzaba antes de leer "La Nación", como los curas que no almuerzan antes de decir misa.
Una vez leída "La Nación", ya estaban listos para todo, briosos y contentos; El sastre les podía tomar medida, para hacerles ropa, podían hacerse cortar el pelo; se resolvían a pasar por la casa de sus novias, y se hallaban, en fin, en actitud de emprender las más grandes conquistas y de discutir amplia e inútilmente todos los problemas sociales.
¿Ha leído Ud. "La Nación? se preguntaban unos a otros en la calle.
Una mirada terrible era la sola contestación, una mirada que quería decir: ¿Acaso no soy hombre?
El hecho es que en aquella época, el partido mitrista era una religión con todos sus atributos, y cada mitrista un devoto fanático, intransigente, apasionado y sincero. Creer en Mitre era creer en Dios.
No importaba que Mitre perdiera todas las elecciones, fuera vencido en todas las cuestiones y se alejara cada día más del Poder público; él era Dios, quien como se sabe puede mandar epidemias, hambres, terremotos, inundaciones y temblores sin .que a nadie se le ocurra negar que Dios es bueno, justo y misericordioso.
No eran los suscriptores quienes sostenían "La Nación"; era la fe, la creencia en un Mitre supremo creador y orador de todas las cosas, aunque todas le salieran mal.
Esta idolatría ha continuado; la religión de Mitre ha perdido, es cierto, la mayor parte de sus adeptos, pero todavía cuenta numerosos y arrumbados sus creyentes que sostienen el culto y se desayunan con "La Nación".
¿Cuál ha sido entre tanto el papel de ese gran diario en la política del país?
El mismo que el de su actual propietario.
Sirvió un tiempo para mucho; hoy no sirve sino para anular a sus allegados.
Nadie ha hecho carrera al lado de "Mitre"; sus prohombres han tenido el triste privilegio de hundirse y de envejecerse estérilmente.
Ahí continúan atados a una tradición hombres de verdadero talento, que no se atreven siquiera a hacer !o que les manda su conciencia y lo que les dicta su convicción.
Pero están sanos y contentos, y se encuentran compensados con estar sentados a la diestra de Dios padre todo poderoso, mientras la República marcha con una velocidad vertiginosa.
Lo mismo ha sucedido con los colaboradores de La Nación.
El que entró allí de cajista, se ha muerto de cajista; el que entró de noticiero, de cronista o de receptor de avisos, siguió, si no se murió o se fue, de noticiero, de cronista o de receptor de avisos por los siglos de los siglos.
Amen.
Los redactores se han aburrido de esperar el santo advenimiento, y se han esterilizado por docenas.
En aquella casa no hay porvenir, y en su puerta, mejor que en la del infierno, podía escribirse:
"¡Lasciate ogni speranza, oh voi che entrate!"
¿La razón de esto? Muy sencilla. Dios es uno, y nadie puede ocupar su sitio.
De modo que Mitre y La Nación han sido los aniquiladores de todas las grandes fuerzas que los han sostenido.
No hay un sólo creyente en Don Bartolo que pueda decir con verdad: él me ha elevado.
¿Procede así el General por egoísmo, por maldad, por envidia o por alguna pasión pequeña?
No por cierto. Ignora solamente las ambiciones y las necesidades de los que lo rodean.
Es capaz de tener un solo caballo para hacer una jornada, y olvidarse de darle de comer.
Por eso lo que ha faltado en el desenvolvimiento de los propósitos de su política, ha sido la previsión y la eficacia.
¿Y puede ser jefe perpetuo de un partido el que olvida así las más vitales exigencias de sus adeptos?
Desde los primeros días del gobierno de Sarmiento, "La Nación" abrió campaña contra él, y la campaña más o menos violenta ha continuado contra todos los gobiernos, manteniendo alejados de la vida pública, por falta de habilidad, a un grupo de hombres tan numerosos y tan importante como no lo hubo jamás en el país.
Ahora acaba La Nación de dar otra prueba de su falta de tino práctico. "La Nación" pudo comprender que los miembros de su partido, principalmente los jóvenes, se hallaban cansados de una abstención declamatoria sin horizontes.
Se iniciaba la lucha electoral. Tres candidatos se presentaron.
Los amigos de don Bartolo, antes de tomar el camino que a cada uno conviniera, le pidieron su dictamen.
"La Nación" no tuvo una palabra de aliento para esos hombres que podían usar de sus derechos políticos. No se trataba de inventar -no había más que elegir- así venían los hechos.
"La Nación" continuó muda o indescifrable.
Consecuencia: el partido se deshizo: unos fueron con Juárez, otros con Irigoyen, otros con Rocha.
Algunos se quedaron con Mitre para morir políticamente con él, privando al país de contingente tan valioso como el de Eduardo Costa, E!izalde, Ocanto y otros hombres que a fuerza de abstenerse van quedando como incrustaciones de esa piedra inmóvil que se llama mitrismo.
"La Nación" se apercibe entonces de que la quietud y la oposición estéril no es bastante alimento para los pocos adeptos que le quedan.
¿Qué‚ hace entonces?
Inventa a Gorostiaga, busca a los clericales, reúne sus viejos satélites, y en. un sólo acto reniega de sus principios liberales, alienta a los ultramontanos y continúa la eterna paralización bajo el epígrafe de "candidatura Gorostiaga", cosa que ni el mismo candidato cree.
La razón de la impotencia de "La Nación" es su falta de tino práctico; su manía de ir contra los hechos, su vanidoso amor por las fórmulas vacías, sus utopías cambiantes, sus principios de ocasión que cambian con el viento del día, su imprevisión, en una palabra: Sí, su imprevisión.
Esta palabra debería figurar en la casa, en el templo, quisimos decir, de "La Nación", como un epitafio.
Don Bartolo es la víctima.
No ha previsto que los partidos para vivir necesitan renovar su oleaje.
No ha previsto que los jóvenes iban a ser hombres, y que los hombres iban a ser viejos.
No ha previsto ni las revoluciones que ha hecho su partido.
Un buen día se le presentaban unos cuantos, y le decían con el mayor respeto:
-Señor, venimos a rogaros que aceptéis la imposición que os hacemos de poneros al frente de una revolución que acabamos de fraguar.
-Pero hombre -contestaba-, si yo acabo de decir que el peor de los gobiernos es mejor que la mejor de las revoluciones.
-No importa -le objetaban- esas son frases, la revolución os espera.
Y allá iba don Bartolo a la Colonia, al Tuyú y a la Verde, seguido de nuestro buen amigo Elizalde con una tremenda espada!
Otro día, en lo mejor de la actitud de protesta y después de haber vapuleado de lo lindo a Tejedor, le dicen:
Señor, es necesario sostener a Buenos Aires y a Tejedor contra el gobierno nacional.
Pero si Tejedor es localista, y la bandera de nuestro partido es nacionalista.
No importa, le contestaban; esas son frases.
Y allá va D. Bartolo a construir zanjas y trincheras que el único daño que hicieron al enemigo fue servir de sepultura al honorable señor D. Víctor Belaustegui.
"La Nación" sería un diario de verdadera importancia si tuviera principios, lógica, consecuencia, previsión y amor bien entendido por su partido.
Así como está, solo es una empresa comercial en la que Balbín hace de las suyas, Morel reforma su gramática y los cajistas, noticieros y cronistas ven pasar los años envejeciéndose en el santo temor de Dios.
INDUSTRIAS ARGENTINAS
10 de junio de 1882
Ahora que toda la República se halla preocupada de la Exposición Continental, donde ha podido apreciarse la fuerza productora del país, creemos oportuno hacer algunas indicaciones sobre temas ligados a los resultados de ese acto llevado a cabo con el concurso de todos los pueblos de la República.
En la Exposición se han presentado como testigos del trabajo nacional diversos artículos que muestran el grado de desarrollo que tienen las diversas industrias que han preparado esos artículos.
Allí vemos productos que nos muestran las industrias nacientes, las que ya tienen alguna vida y las que han alcanzado un desarrollo completo.
Unas son debidas exclusivamente al trabajo individual, sin apoyo de los gobiernos, otras más o menos directamente protegidas por la acción de los poderes públicos, y las más que esperan para desenvolver una acción decidida.
Las industrias son como los niños: nacen débiles en general, incapaces de conducirse por sí mismos, y necesitando la fuerza paternal para salvar las primeras dificultades.
Un gobierno debe ser para ellos como un padre para sus hijos.
Debe acordarles en los primeros tiempos todo su cuidado; debe educarlos, darles fuerza y no abandonarlos a sus propios esfuerzos sino cuando tienen medios de ocurrir a sus necesidades.
Examinemos cualquiera de las industrias que ya tienen vida propia en el país y nos convenceremos de la verdad que encierra la idea apuntada.
La industria azucarera, por ejemplo, nació pobremente, necesitó al principio de todo el apoyo del Gobierno y lo tuvo.
¡Cuánta protección fue necesaria allí para fomentar las plantaciones de caña! ¡Cuánto esfuerzo de algunos gobiernos y de muchos particulares capitalistas!
Bajo tales auspicios, la industria azucarera progresó allí y hoy puede prescindir de toda protección, bastándose a sí misma y enriqueciendo al país y a los que de ella se ocupan.
Un ejemplo análogo puede encontrarse en !o que se refiere a la producción de trigo en algunos pueblos de la República.
Estamos todavía en la infancia en materia de industria, preciso es confesarlo, pero ciego será el que no vea que ya nos preparamos a salir de ella, y saldremos tanto más pronto cuanto más atinada y más decidida sea la protección que el gobierno acuerde a toda tentativa destinada a suprimir la importación y aumentar la producción de los artículos que pueden obtenerse en el país.
No pretendemos ser manufactureros ni eximirnos de pagar nuestra contribución a los países extranjeros, pero sostenemos que esa contribución puede disminuirse mucho, aplicando con criterio nuestros recursos al desenvolvimiento de !o que podemos producir.
Felizmente el país parece que tiende a olvidarse algo de la política, aplicando su actividad al trabajo productor.
Ya no se habla tanto de salvajes unitarios, de mazorqueros, de federales, de conservadores y liberales, ni de porteños y provincianos.
Se aproxima pues el día en que los partidos tomarán otros nombres y otros fines y no desesperemos de ver levantarse uno de estos días banderas que lleven escrito como lema, en vez de aquellos apodos en cuyo nombre se degollaba y se perseguía, estos más conformes con los fines de la humanidad:
"LIBRECAMBISTAS"
"PROTECCIONISTAS"
Nosotros seguiremos la última de estas banderas.
Tiempo perdido (1878)
Prometeo y Cía. (1899)
Por mares y tierras (1899)
Aguas abajo, póstumo, publicado en 1914.
A su muerte se publicaron sus Obras Completas en diecinueve volúmenes.
Bibliografía: "Eduardo Wilde" de Norberto Acerbi.


