Un balance riguroso de lo acontecido desde 2003 a la actualidad nos permite señalar que las presidencias de los Kirchner han sido lo mejor que gobernó al paÃs desde el punto de vista de los sectores populares, desde la muerte de Perón. PodrÃamos calificarlo como «la primavera kirchnerista» que interrumpió los sucesivos inviernos de frustraciones y claudicaciones que cubren ese lapso de tres décadas.
Durante el mismo, el Partido Justicialista –ya fuese Isabel o
Menem- asà como el Partido Radical –más allá de diferencias
entre AlfonsÃn y De La Rúaextranjerizaron y endeudaron al
paÃs, lo vaciaron ideológicamente y lo hundieron socialmente.
Sólo una polÃtica de Liberación Nacional podÃa recuperarnos de
ese desastre.
El kirchnerismo no llegó a desarrollarla plenamente, pero abrió el camino en ese sentido: repudio al ALCA, convergencia latinoamericana, liberación de condicionamientos del FMI, plena vigencia de derechos humanos, reemplazo del modelo EConómico especulativo por otro productivo, recuperación de los aportes previsionales de los trabajadores controlados por el poder financiero, recupero del rol del Estado en diversas áreas, reconquista de derechos laborales mutilados,incorporación masiva de trabajadores a los beneficios de la jubilación y otras... Estas medidas recibieron el apoyo de la mayorÃa de la población que
pareció comprender que si eran muchas las asignaturas pendientes, ello residÃa en que se carecÃa de fuerzas para acometerlas.
Sin embargo, bastó con que el gobierno intentara avanzar en la
redistribución del ingreso, afectando los privilegios del sector agroexportador, para que se produjese el punto de inflexión que culmina, ahora, en el resultado electoral desfavorable del 28 de junio. Esa fatÃdica resolución 125
fue el inicio del derrumbe.
El gobierno tenÃa varias razones para apropiarse de una porción de la alta renta agraria diferencial: desacople entre los precios internos y externos, cerrar el camino a la sojización que hundirÃa al resto de la producción agropecuaria, participar al pueblo de las utilidades escandalosas obtenidas por una minorÃa concentrada de productores, proveniente no de su ingenio y trabajo, sino de las condiciones especÃficas del suelo, el clima y cercanÃa del puerto, ventajas de las cuales debe gozar el paÃs
todo. Sin embargo, cometió errores de implementación que le
resultaron fatales: no explicó previamente sus razones, no midió la correlación de fuerzas con respecto a la Sociedad Rural ni tampoco advirtió que ella arrastrarÃa en su favor no sólo a otras organizaciones agropecuarias sino incluso a los sectores de clase media urbana que se vieron conmovidos por el conflicto y apostaron contra él.
Ante una general oposición, el gobierno se enredó en sus propias piolas: subieron los precios pero creyó que bastaba con disimular la inflación ajustando los datos del INDEC con lo cual acentuó su desencuentro con los sectores medios, para los cuales sobraron los periodistas que les dijeron que estaban siendo engañados, mendacidad que también imputaba una polÃtica experta en desafortunadas profecÃas para la
cual las retenciones eran la gran caja de la familia gobernante.
Asà nació la entente antikichnerista que últimamente
se expresó en las urnas: grandes terratenientes y sojeros
arrastrando tras de sà a las clases medias urbanas y rurales, intereses monopólicos y transnacionales ligados al agro, grandes cadenas comunicacionales, partidos polÃticos degradados desde la derecha hasta la extrema izquierda, periodistas, intelectuales y hasta el sindicato
de trabajadores rurales. Lo demás no es necesario relatarlo:
desabastecimiento, escraches, cortes de rutas, desequilibrio de precios, traiciones polÃticas,redescubrimiento de zonceras
como «la Gran Argentina Agropecuaria», «todos vivimos
del campo», etc. Todo ello resumible en una palabra:
regorilización de amplios sectores sociales, pues «el peronismo -como enseñó Borges- es incorregible
» y osaba ahora avanzar sobre la propiedad.
Muchos se habÃan preguntado hasta ese momento de donde
venÃa el peronismo de los Kirchner, especialmente porque
no lo enarbolaban sino que pretendÃan acumular a través de la
transversalidad. Pero, en ese momento, se comprobó que su
origen era el setentismo y desde diversos lugares le apuntaron
crÃticamente: soberbia, capricho, prepotencia, decisiones en el pequeño cÃrculo, deficiente comunicación, renuencia al diálogo.
«La primavera kirchnerista» ofrecÃa cierta semejanza con aquellos 49 dÃas del 73 que dieron en llamarse «la primavera
camporista». Ello permitió que a la «gorilización» se sumase el peronismo de derecha que habÃa dado pruebas de
proimperialismo en su ejercicio del gobierno.
Los grandes medios de comunicación inventaron entonces que
lo más grave del gobierno no era «el modelo», sino «los modales», es decir, el kirchnerismo no cumplÃa con los rituales propios de un gobierno sensato: reuniones
de gabinete, concesiones a la oposición, conferencias de prensa, discursos mesurados empleando la vieja retórica
politiquera, en fin, todo aquello que el liberalismo reaccionario de los radicales denomina «el respeto
a las instituciones» y a «las formas de la República», es decir,justamente aquello que Yrigoyen habÃa estigmatizado, en
el pasado, como «el régimen falaz y descreÃdo»: cultos caballeros que debatÃan con altura y respeto,con impecable sumisión a las formas, mientras preservaban los privilegios de las minorÃas.
Por supuesto, la Sociedad Rural -que alabó a la dictadura
genocida de los 70- usó el argumento de «los modales» para
apuntar decididamente contra «el modelo», que le imponÃa retenciones y gradualmente iba recuperando el rol del Estado y
hasta podrÃa decidirse a convocar a la movilización de masas.
Pero amplios sectores de la clase media -vÃctimas del vaciamiento ideológico de tres décadas- asumieron como propia esa crÃtica a «los modales»: el kirchnerismo significaba
desprolijidad, insensatez, más aún: confrontación y discursos
exasperados (como si se pudiera cambiar algo en cualquier paÃs
del mundo sin confrontar y exasperarse); el kirchnerismo, en ese camino, podrÃa concluir en Chávez con su histrionismo
caribeño que lo conducÃa a cantar por televisión (por supuesto,tamaña invalidación de la república no la hubiese cometido jamás De La Rúa); el kirchnerismo tenÃa, además, apoyaturas estremecedoras como ese D’ElÃa que preconizaba odiar al enemigo cuando es sabido que en la República sólo hay «adversarios » para «dialogar y enriquecer asà a toda la familia argentina » y también se sustentaba en el apoyo de la CGT, cuyo resonar de bombos traÃa el recuerdo de aquel insoportable protagonismo obrero del 45.
Para amplios sectores medios lo cuestionable no era «el modelo» sino la discusión de cuestiones banales, si Cristina cambia de cartera, llega tarde a los actos o «baja lÃnea» en sus discursos o si Néstor actúa como un joven desprejuiciado o tacha de mentiroso a un periódico. Se pusieron entonces muy
irascibles, convertidos en crÃticos implacables, fenómeno
que pudo advertirse inclusive en algunos dirigentes de la vieja izquierda peronista. En esos sectores medios ganó la irritabilidad.
Ese televidente que todavÃa cree en Nelson Castro
o en Morales Solá, en su supuesta seriedad y conocimiento
cientÃfico, porque son «gente como uno», acentuó su rechazo
a los Kirchner, cultores de otro idioma y otras maneras. «No
los soporto», machacó una y vez otra, dando con el puño sobre la mesa ese pequeño burgués, que bien pudo ser el de aquella pelÃcula «Un burgués pequeño pequeño». Y dió batalla al
kirchnerismo en el café, en la tertulia hogareña, en la reunión de amigos. Fue tal su indignación -alimentada hora tras hora por «la caja boba»- que asumió como su heroica misión concluir con los Kirchner, no importándole demasiado si para ello debÃa votar por De Narváez, por Pino, por Macri o por Mongo.
Asà se nutrió el frente antikichnerista: con aquellos que
estaban contra «el modelo» que los perjudicaba y los que estaban contra «los modales» de un «modelo» que, en gran parte, los beneficiaba. La derecha reaccionaria galvanizó sus fuerzas hasta crear lo que se llamó «un clima destituyente» y sólo por las rivalidades entre los polÃticos más retrógrados no pudo ir más allá. Grondona y Biolcatti confesaron impúdicamente, relamiéndose, sus intenciones golpistas, conjugando su desprecio al pueblo con las campañas de moralina boba de la Carrió y la orquestación mediática de
corporaciones proimperialistas como ClarÃn y La Nación.
Ahora, pasadas las elecciones, en algunos sectores de clase
media comienza a cundir cierto temor, porque ven avanzar en el
escenario a personajes horrorosos a los cuales también detestan -en este caso, con motivos fundados- como Barrionuevo, Puerta, Ruckauff, Duhalde, Cecilia Pando, Macri y hasta Menem .Hay quienes empiezan a sospechar que su pregonado «progresismo» ha cumplido la función de revivir a lo peor de laderecha. Algunos de ellos, en lo
Ãntimo, piensan: ojalá el castigo que le dimos, le permita a
Kirchner corregir sus errores para salvarnos de la mafia que
avanza sobre nosotros... El gobierno, a su vez, ha quedado
duramente golpeado y su único camino es aquel del tablón
futbolero: no hay mejor defensa que un buen ataque. O si se lo
prefiere, en términos de mayor nivel intelectual, como decÃa
Manuel Ugarte: «Nada hay más peligroso que los cambios a medias ». Porque el enemigo percibe que están yendo por sus privilegios y reacciona más rápidamente que los amigos que serán beneficiados por el cambio. De ahà que la profundización de las medidas transformadoras resulte
imprescindible. Y para ello es preciso construir el gran Frente de Liberación Nacional sustentado fundamentalmente en los trabajadores, pero no sólo en sus votos, sino en su presencia en las calles, en la movilización popular, como asà también la elevación del debate ideológico que destruya
las falsedades y mitos de toda clase difundidos por la propaganda mediática, como asimismo plantar un proyecto claro y contundente apelando a los mejores cuadros del campo nacional. Sólo asà lograremos recuperar a los sectores medios, hoy entregados a las corporaciones agroexportadoras y a ese imperialismo norteamericano que celebra, en sus periódicos, un resultado electoral que le sirve para intentar detener el avance de América Latina hacia su unificación
y liberación. Un tropezón no es caÃda, dicen sabiamente las viejas del barrio. Pero para tener el derecho a condenar a los reaccionarios y a los «azonzados», es necesaria una autocrÃtica profunda. El gobierno provocó inquina por sus
aciertos cuando enfrentó al privilegio, pero dejó un flanco sin protección con sus errores. De ahà la necesidad -como enseñó Jauretche- de «barajar y dar de nuevo».
SEÑALES POPULARES NRO. 9 - EDITORIAL
Ingresado el 19 Julio 2009 por discepolo
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