Naturaleza de la revolución de mayo, en la antesala del segundo centenario, en respuesta a Roberto A. Ferraro

 

NATURALEZA DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO,
EN LA ANTESALA DEL SEGUNDO CENTENARIO
NORBERTO GALASSO EN RESPUESTA A ROBERTO A. FERRERO

(SU MENSAJE ELECTRÓNICO DEL 4 de noviembre de 2005)

Con motivo de una polémica que sostuve semanas atrás con el profesor Jorge Sulé, el ensayista e historiador Roberto Ferrero ha cursado un correo electrónico, desde Córdoba. Se trata del autor de libros muy valiosos –que merecería ser mucho más reconocido en Buenos Aires- entre los cuales recuerdo: Del fraude a la soberanía popular, Sabattini y la decadencia del yrigoyenismo, Marxismo y sionismo, Saúl Taborda, Ecología e imperialismo y La colonización agraria en el sur de Córdoba.

En dicho correo, hace referencia a la confusión reinante acerca de la naturaleza de la Revolución de Mayo, lo cual me lleva a incursionar en el tema. Pero previamente desarrollaré algunas reflexiones acerca de la afirmación de Ferrero de que no coincide conmigo con respecto a la “datación del nacimiento del revisionismo socialista científico” (que denomino corriente historiográfica federal-provinciana, socialista o latinoamericana) y que según Ferrero se inicia con Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de Jorge Abelardo Ramos.

Esa obra de Ramos es importantísima y por supuesto, aconsejo su lectura a los jóvenes, aunque advirtiéndoles que años después “el colorado” tomó rumbos lamentables. Pero lo interesante es que Ferrero le otorga a Ramos una especie de exclusividad en tanto quienes escribieron antes de Ramos, como el grupo Frente Obrero, son sólo “precursores” y quienes escribieron después, sólo “discípulos”. Además, señala que la “posterior capitulación de Ramos ante el menemismo” no afecta, pues también Plejanov fue enemigo de la Revolución Rusa y ello no le impidió a Lenin seguir aconsejando la lectura de sus libros, muy valiosos por cierto.

Lo que ocurre es que nadie propicia hacer una fogata con Revolución y contrarrevolución…, ni discriminar a Ramos (en un trabajo colectivo que coordiné recientemente lo reconocemos como uno de “los malditos”, silenciado por cuestionar las ideas dominantes). Como se comprende, para nosotros –socialistas nacionales- sería absurdo discutir paternidades o individualidades, a la manera como se pelean las chicas de los teatros de revistas para conseguir una posición más destacada en los afiches publicitarios. En lo que a mí respecta, algunas precisiones sobre ese tema me han sido motivadas por dos razones: a) el restablecimiento de la verdad, en tanto los valiosos aportes de Frente Obrero han sido ocultados sistemáticamente y b) porque la circunstancia de que Ramos haya escrito América Latina, un país (1949), y Alem, historia de un caudillo (1951), por ejemplo, así como que haya abjurado del marxismo (1984, revista El Porteño) y finalmente haya “capitulado” al apoyar al menemismo, deteriora su imagen política y afecta lamentablemente –salpicando de oportunismo y quitando seriedad- a Revolución y contrarrevolución

Desde mi punto de vista no es posible avanzar por caminos de verdad y de solidez ideológica, requisitos para el acercamiento de las nuevas promociones, si persistimos en decir las cosas a medias. Esta es una época de definiciones, no de confusiones. Por eso, cuando Ferrero señala que los aportes realizados por los integrantes de Frente Obrero “estuvieron largo tiempo ocultados y/o desatendidos”, yo pregunto: ¿Quién los ocultó? ¿Eran acaso materiales de formación política en el PSIN o en el FIP, como hacía Lenin con Plejanov, considerándolo un precursor? ¿Acaso alguna vez un militante de esas agrupaciones escuchó mencionar a Narvaja? Nadie que militó en esas agrupaciones puede contestar afirmativamente. Por el contrario, la discriminación y el silenciamiento, aplicados por Ramos en tanto orientador ideológico de esas agrupaciones, hundió en el olvido a aquellos que Ferrero considera “precursores”, de la misma manera como a su vez la clase dominante silenció a los hombres de pensamiento nacional.

A este respecto, Ferrero sostiene que “Ramos, por lo demás reconoció generosamente su deuda con Frente Obrero, no sólo en la ocasión que cita N. Galasso…, etc.” Disentimos. En la ocasión a que me referí –prólogo de la primera edición de Revolución y contrarrevolución…- Ramos sólo reconoce que hubo “otras voces” que influyeron en su reinterpretación de la historia argentina permitiéndole corregir sus errores de América Latina un país, pero no menciona de dónde provenían esos aportes, ni de quiénes eran esas voces. Sí, en cambio, es cierto que en 1981 –por primera vez, después de varias décadas- Ramos reconoce, en la página 42 de La era del bonapartismo, la importancia del periódico Frente Obrero y de su único redactor, Aurelio Narvaja. Pero, ¿cuál es la causa de ese reconocimiento tardío? ¿En qué momento político aparece esta información que casi nadie conocía dentro de la militancia de la Izquierda Nacional? En 1981. Es decir, poco tiempo antes de que Ramos declare públicamente su abandono del marxismo, cediendo así gentilmente el mérito marxista de haber comprendido al peronismo a quien le correspondía... Habían transcurrido 36 años, todavía imperaba el terror y este traspaso de mérito marxista resultaba una carga demasiada pesada y peligrosa para el beneficiario.

Algún día se escribirá la historia completa sobre este tema. Ramos ocupará en ella un lugar, al igual que los miembros de Frente Obrero, como Terzaga y tantos otros. Por ahora estimo que tengo el deber de señalar mi opinión acerca de que no se le hace ningún favor a la Izquierda Nacional reivindicando América Latina, un país. No comparto la opinión de Ferrero de que ése es un libro de Izquierda Nacional. Me parece más correcta la opinión de Manuel Gálvez quien, desde su nacionalismo clerical, celebró jubilosamente su aparición y llevó el libro a la biblioteca del Jockey Club para que lo leyeran sus amigos de derecha. Tampoco creo que pueda reivindicarse Alem, historia de un caudillo que es América Latina un país ...no para principiantes –como ahora se estila- sino para radicales alvearizados.

Como introito ya es demasiado. Vamos ahora a la cuestión de la Revolución de Mayo. Ferrero sostiene: “…según la tesis que comparten la Izquierda Nacional historiográfica y el rosismo, la Revolución de la Independencia no fue –valga la contradicción- ‘independentista’ en sus orígenes: no fue separatista ni antihispanista. Esta tesis, que no es de Ramos, ni de Rivera, ni de Sulé, sino de Enrique de Gandía afirma que la guerra de la independencia fue una contienda civil entre liberales y absolutistas, que contó con criollos y españoles en ambos bandos; que al fracasar la revolución liberal en la parte peninsular del imperio español, los habitantes de esta otra parte, americana, habrían declarado su independencia para no quedar bajo las garras del absolutismo”. Al respecto, comenta Ferrero que le “perturba la existencia de ciertos hechos gruesos –y los hechos son porfiados- que encajan mal en esta tesis o hipótesis degandiana”. Entre esos hechos menciona la independencia de Venezuela, el caso de Iturbide en Méjico y el carácter reaccionario de las clases altas peruanas enemigas del liberalismo.

Creo conveniente que aclaremos las posiciones, pues, por mi parte, no coincido con Sulé, ni con Ferrero. Sulé afirma: “El revisionismo histórico ha demostrado que todos los protagonistas de Mayo explicitaron no querer ser súbditos de la nación francesa.” Y agrega luego: “Todos estos grupos conspiraron para evitar el afrancesamiento que una España dominada por Francia proyectaría inevitablemente y estalló cuando fue evidente que las tropas napoleónicas barrían con los últimos vestigios de la resistencia española”. Es decir, para Sulé, Mayo fue un movimiento dirigido a evitar que al triunfar los franceses en España, impusieran las ideas de la revolución del 89 en América. Por eso, concluye afirmando que “Mayo no fue una ruptura, ni mucho menos una expresión antihispanista”, entendiendo por “hispanista”, creo, la España tradicional.

Mi respuesta a Sulé fue la siguiente: “Sobre la revolución de Mayo (los Cuadernos de Indoamérica) la definen como democrática, popular, o juntista, pero no separatista como lo plantea el mitrismo”. Y agregué: “Le comento asimismo que no comparto la interpretación de que Mayo se produjo para evitar la dominación francesa porque en ese caso, derrotado Napoleón (1814), los continuadores de Mayo deberían haber mantenido la unidad con España, y no, como sucedió, que entonces se hicieron independentistas, precisamente porque en España había perdido la causa democrática, ante el giro a la derecha del reinstalado Fernando VII”. Una lectura detenida de ambas posiciones de manera alguna puede llevar a la conclusión de que coincido con Sulé, sino precisamente que no coincido con él.

Como se comprende, el revisionismo rosista, por su rechazo de la Revolución Francesa, quiere ver en Mayo la defensa de la España tradicional (cuando asume esta posición, por ejemplo, Ibarguren cita una carta de Anchorena a Rosas elogiando la época anterior a 1810). Mitre, por su parte, quiso ver en Mayo el repudio a España, por eso habla de separatismo e independencia, centrados en el comercio libre, con lo cual Mayo se convierte en golpe probritánico.

La Izquierda Nacional rechaza ambas interpretaciones: entiende este proceso, de Alberdi en adelante, pasando por Manuel Ugarte, José León Suárez y otros, como la continuidad de la revolución democrática española en el Río de la Plata y en toda América Latina: “La revolución argentina es un detalle de la revolución de América, como ésta es un detalle de la de España, como ésta es un detalle de la revolución francesa y europea” (J. B. Alberdi, en Grandes y pequeños hombres del Plata). Por esta razón, Hispanoamérica se conmueve a través de movimientos antiabsolutistas, se producen los levantamientos al grito de “Juntas como en España” y los revolucionarios juran por el rey Fernando VII (salvo en la de Caracas, como bien apunta Ferrero, que tiene rasgos propios, como ya veremos luego). A su vez, los revolucionarios españoles declaran que los americanos tienen los mismos derechos que los españoles, que América no es colonia sino provincia de España con iguales derechos que las demás provincias y por eso, convocan a los americanos a las Cortes de Cádiz para dictar la nueva constitución. En definitiva, Mitre inventó un Mayo a su gusto, desde su “odio a España”, para dar nacimiento a una patria signada por el comercio libre y el amor a los ingleses.

La posición de Ramos en Revolución y contrarrevolución…” respecto a la Revolución de Mayo es correcta y me sorprende que Ferrero no la comparta. De cualquier modo, como últimamente me han imputado que desde hace cuarenta años no hago más que repetir Revolución y contrarrevolución…” (en vez de escribir a favor del coronel Rico, por ejemplo, como otros) y como el mismo Ferrero nos junta a todos en la misma bolsa como “discípulos” de Abelardo, no voy a recurrir a esa fuente sino precisamente a la polémica sobre Mayo, entre Ramos y Frente Obrero. Luego, me atreveré a agregar algunos datos que corroboran la que considero la posición correcta.

Después de la aparición de América Latina, un país (1949), los integrantes del grupo Frente Obrero publicaron los Cuadernos de Indoamérica y allí se definieron sobre esta cuestión.

En América Latina, un país, Ramos hacía varias referencias al carácter independentista y antihispánico de la revolución de Mayo, como así también al efecto reaccionario provocado por el liberalismo francés en el Río de la Plata. Por ejemplo, en pág. 45 sostenía: “…Se desarrolló una burguesía intelectual, asfixiada por la estrechez de la actividad colonial y por la ausencia de posibilidades profesionales. Abogados, periodistas, literatos y militares criollos buscaban la ruptura”. Luego, en pág. 64, agregaba: “La tradición ideológica de la revolución francesa, fundamental y fecunda para la lucha contra el feudalismo europeo antihistórico, resultó funesta para la evolución latinoamericana”. Después, en pág. 67: “La oligarquía ganadera criolla exigía el comercio libre” y en pág. 73: “Los prohombres de la lucha contra España se habían nutrido del librecambismo británico: Moreno, Belgrano, Rivadavia, Pueyrredón, Alvear, admiraban a los fisiócratas… Su política fue una política antinacional por excelencia”. (Evidentemente, ignoraba que Belgrano, en 1802, condenaba la exportación de materias primas como muy perjudicial, aconsejando su elaboración para exportar después artículos manufacturados).

La respuesta de Frente Obrero, a través de los Cuadernos de Indoamérica, bajo la firma de Enrique Rivera, fue la siguiente: “Ramos, aunque critica la historia oficial, revela que aún no se ha desprendido suficientemente de sus mitos. Acoge como moneda de buena ley la versión que ésta nos proporciona de la revolución de 1810 al asignarle como objetivos el librecambio y la independencia; aprecia que los efectos posteriores de esa revolución han sido desastrosos para América Latina y recurre precipitadamente al procedimiento de negarla de plano: el liberalismo fue reaccionario en nuestro continente, la independencia fue prematura”.

Luego de hacer referencia al cambio de política económica realizado por España respecto a América –entre otras cosas, la apertura de 33 puertos para el comercio entre España y América y luego, el comercio libre, en época de Cisneros- sostienen: “El monopolio mercantil español no debe concebirse de acuerdo con la leyenda inglesa y oficial, que omite por completo la España borbónica y liberal, generalizando indebidamente estas estimaciones que sólo son plenamente válidas para el período de los Austrias. …Tanto la historia oficial como el revisionismo histórico, coinciden en considerar solo la España feudal, el primero para condenarla, el segundo para exaltar a la España eterna. Ramos, al rechazar la leyenda oficial, conserva empero la concepción de la España feudal de ésta, tendiendo así la mano al revisionismo histórico, forzosamente. Porque al ignorar la corriente liberal burguesa dentro del Imperio hispano en su conjunto y al presentar la revolución en América como producto de librecambio versus monopolio español, lo cual sólo podía ser la consigna inglesa, convierte a nuestro liberalismo histórico en simple agente ideológico y político del capital extranjero británico. Es por esto que tanto la historiografía oficial –que eso busca- como el revisionismo histórico –que también busca lo mismo para condenar al liberalismo- coinciden ambos en ignorar por completo a la España liberal, la relación real entre España y América Latina, que era la de una sola entidad nacional.”

Después, señalan: “La invasión napoleónica, dictada por las necesidades de la lucha de Francia contra Inglaterra, corta este proceso (de liberalización impulsado por los borbones) y asistimos entones al levantamiento, guerra y revolución de España …Las Juntas erigidas popularmente en nombre de Fernando VII encaran, no obstante esta invocación, la transformación democrático-burguesa de España y extienden este movimiento revolucionario a América. Cuando ocurrió la revolución de 1810 estaba en trámite en nuestro país la elección de diputados a las cortes constituyentes que reunidas en Cádiz en 1812 declararon, en el artículo lro. de la Constitución, que la nación española estaba formada por los españoles europeos y americanos en un pie absoluto de igualdad. Precedentemente, las colonias habían sido declaradas parte integrante de la nación española (como provincias) y la elección de diputados en las mismas debía efectuarse por un procedimiento enteramente democrático, de origen español. Baste mencionar para ello que en la circular del 18 de julio de 1810, que la Junta dirige a las ciudades del interior, se establecía que las elecciones debían efectuarse de acuerdo a la ordenanza de 1809 de la Junta Suprema Central Revolucionaria de España.”

Seguidamente, Frente Obrero acentúa la crítica a la versión mitrista: “Si la Revolución de Mayo de 1810 tuvo por objeto la independencia y el librecambio con los ingleses, o sea, el realizar la consigna de los ingleses ( si no podemos conquistar América, debemos independizarla, decía Castlereagh), si la clase que hace esa revolución es la oligarquía de importación y exportación, que no puede tener, por su propia índole, política propia, ni menos nacional, sino la del otro, la del capitalismo industrial, en este caso el inglés, debemos concluir forzosamente que nuestra revolución es exclusivamente inglesa. Esto, además de constituir un adefesio téorico, liquida completamente la cuestión, pues la lucha de los ejércitos de nuestros próceres contra el absolutismo español tendría entonces el objetivo de convertirnos en colonia inglesa. Ramos confirma esta conclusión: ‘liberalismo, reaccionario en América Latina, progresivo en Europa’. Aquí no hay verdad concreta ni teórica, sólo el absurdo.”

Después, sostienen: “España, la de la revolución y que en ella está unida con América, es justamente lo que omiten la leyenda oficial, el revisionismo histórico y el autor de ‘América Latina, un país’. Resultado de ignorarlo: o se idealiza a los unitarios (esto lo hace la oligarquía) o se idealiza a Rosas (esto lo hacen ‘los oligárquicos que el régimen desdeñó’). No existían en nuestro país ni en América Latina fuerzas materiales suficientes para desencadenar un revolución democrático-burguesa, aunque sí para apoyarla. El triunfo definitivo de la revolución dependía forzosamente de su victoria en el centro revolucionario. España, que dio el impulso que la desencadenó. La derrota del liberalismo español por obra de las fuerzas coaligadas de Europa, así como por sus propias vacilaciones, hizo estallar prematuramente la revolución, llevó a la separación de América y España y al predominio de la reacción sobre el ideario democrático (el liberalismo decayó en unitarismo).”

Luego se refieren a la invitación de las Juntas españolas para que los americanos se sumen a la revolución: “La Regencia, al enviar a América el decreto correspondiente, lo acompañó de una proclama que, por su contenido, es una incitación mucho más viva a la revolución que todos los manifiestos de la primera junta bonaerense”. Pero, agregan, “recién entonces, cuando España está ocupada casi por completo por las tropas francesas y solo subsisten Cádiz y León, América se decide a formar, por primera vez, juntas revolucionarias, tal como en España, a nombre de Fernando VII y con consignas idénticas. En ninguna parte de América se proclamó la independencia sino el autogobierno por Juntas.”

Luego, avanzan nuevos argumentos: “Preguntemos ahora, ¿por qué si se trata de una revolución nacional, no declaró la independencia (en 1810)? ¿Cuestión de táctica? ¿Qué movimiento va a subordinar a la conveniencia táctica la proclamación de su objetivo central? ¿Cómo una revolución por la independencia no ha de proclamar la independencia? ¿Quién la amenazaba? ¿España, ocupada e impotente? ¿Inglaterra, que no la veía mal? ¿Por qué la revolución asumió la misma forma organizativa que en España (la Jura por Fernndo VII) y en todas partes de América Latina, sin previo acuerdo? La respuesta cae de su peso. Porque la revolución en España y la revolución en América eran una sola y la misma. …Fue el triunfo del absolutismo en España, 1814, primero (de ahí la declaración de la independencia de 1816) y en 1820 y tantos, después, lo que determinó la separación definitiva.” Sostienen luego: “Podemos pues afirmar que nuestra revolución es una parte de la revolución española, como ésta lo era de la europea y admirar la visión de Alberdi que así lo expresó. Toda esta conexión histórica ha sido omitida por los historiadores que han silenciado de manera injustificable todos los documentos de la época, que la gritan. ¿Por qué la historia oficial ha fijado como causas y fines de la revolución de 1810 el librecambio y la independencia? Simplemente porque a la oligarquía le es necesario vincular nuestro liberalismo a Inglaterra y Francia, metrópolis tradicionales de América Latina, así como últimamente han exaltado a Monroe. La influencia de estas grandes naciones democráticas resultaría así la causa de nuestro progreso frente a la España feudal. Es curioso comprobar en este sentido, que la influencia de la Revolución Francesa llegó hasta nosotros no directamente, sino través de España. Los liberales españoles tradujeron, imprimieron e hicieron circular por ese país las obras de los enciclopedistas y Rousseau. La famosa edición del Contrato Social hecha por Mariano Moreno era reedición de una traducción española. Belgrano, Bolívar, San Martín y muchos otros formaron su ideología liberal, como ellos mismos lo han dicho, en España. Belgrano salió de ella empapado con las ideas de Jovellanos, Floridablanca y los Borbones, con el fin de propulsar el desarrollo de la industria, la agricultura y el comercio en América. O sea, el sentido nacional de nuestra revolución, el auténtico, es desvirtuado. La realidad histórica es que nuestro liberalismo es parte del liberalismo de todo el Imperio, que nuestra revolución es parte de la revolución democrática en todo el Imperio y que solo en el conjunto de éste tenía base material suficiente. Al producirse la separación, nuestro liberalismo quedó constreñido a la base material que le proporcionaba la oligarquía porteña y se hizo antinacional, librecambista, portuario. …Nuestra revolución no fue, pues, una revolución nacional contra España, porque no existía una opresión de tipo colonial-nacional, sino de tipo feudal absolutista. …Quienes sufrían opresión colonial eran los indios, pero estaban muy distantes de los estadios características de la lucha nacional establecidos por el marxismo y además, el impulso revolucionario no partió de ellos sino de las capas y clases superiores de la sociedad hispana en América”.

En otra parte de los mismos Cuadernos de Indoamérica, vuelven sobre el tema: “…Para Ramos, un Rivadavia o un Mitre son la consecuencia lógica de un Moreno, de un San Martín, de un Bolívar.”. Más aún, se interrogan: “Si el liberalismo era funesto (según Ramos), ¿qué era lo no funesto? En aquella época, no existía otra cosa que oponer al liberalismo que la ideología feudal. Ramos no lo dice directamente, pero lo da a entender: era mejor que en América persistiese ésta (clericalismo, feudalismo) que aquel (liberalismo de la revolución Francesa)…. ¿Y para que querría Bolívar formar una nación latinoamericana si su objetivo, como ‘terrateniente criollo’, era comerciar con Inglaterra?”

Resulta interesante, por otra parte, que en los Cuadernos… se ocupan precisamente de dos cuestiones sobre las cuales ahora Ferrero manifiesta interés: Enrique de Gandía e Iturbide. Dicen así: “La reacción españolista verificada en el seno de la historia oficial (Levene, Gandía, etc.) refleja el cambio ocurrido en el país, a partir de 1943, pero lo hace exaltando los aspectos reaccionarios de España, presentándolos bajo luz rosa (así Levene va a buscar el origen de la ideología liberal de nuestros próceres en las leyes de Indias, que no son sino un monumento de hipocresía jurídica o en el padre De Las Casas, modelo de hipocresía religiosa; De Gandía llega a considerar el movimiento liberal español de 1808 como una tentativa de restaurar la España de los Habsburgos contra el despotismo borbónico. Ambos combaten la ideología liberal revolucionaria francesa, asimilada por España. Lo mismo hace Ramos. La fuente de todos ellos es bien clara: ‘el nacionalismo’ clerical franquista, que se da con distintos matices según su distinta ubicación política”. Líneas después, agregan: “Hay otros aspectos. En la declaración de independencia mejicana intervino también el odio al liberalismo español. Es el caso de Iturbide, elemento al servicio del clero, que para no estar obligado a adoptar las reformas que el movimiento liberal de Riego imponía en esta materia, lanzó la Independencia y creó el Imperio.”

Concluida ya la reproducción de los aspectos principales de esta polémica Ramos-Frente Obrero en relación al tema de Mayo –en la cual Ramos sólo se limitó a aceptar las posiciones de Frente Obrero incorporándolas a Revolución y contrarrevolución…- corresponde agregar alguna otra información al respecto que puede ser esclarecedora:

1. Ferrero se refiere a “documentos y expresiones verbales de la época que están plagados de sentimientos antiespañoles que no se pueden ignorar.”

Respecto a esta cuestión, en casi todos los casos se trata de críticas formuladas por españoles o hijos de españoles que en modo alguno reniegan de sus raíces sino que abominan del absolutismo español y no evidencian propósito separatista sino de reivindicación democrática. Inclusive en el caso del himno nacional cabría recordar que la música la compuso un catalán –Blas Parera- y que la obra se halla de tal modo enraizada en la tradición hispánica que muchos opinan que se tomó por base El canto de guerra a los astures, de Jovellanos. Otros, en cambio, le encuentran similitud con La Marsellesa. Pero lo que interesa destacar es que la primera Marcha Patriótica, de Esteban De Luca, de noviembre de 1810 tiene un contenido netamente democrático y carece de referencias de tipo separatista; en cambio, estas últimas aparecen en el Himno Nacional, de Vicente López y Planes, que aparece en mayo de 1813. (A medida que transcurre el tiempo y la revolución democrática española no consigue triunfar, entre 1810 y 1814, se percibe como se acentúan las posiciones separatistas en América).

2. No debe descartarse que en algunos casos existiesen, desde 1810, intenciones separatistas (tanta era la presión de los comerciantes ingleses radicados en Buenos Aires para alejarnos de España ). De aquí viene la errónea visión de una España expresión del atraso y la barbarie (sin reparar en las clases sociales que la integran: España es Carlos IV, pero también De Riego; Franco pero también los mineros anarquistas de Asturias ). Sarmiento usa este antihispanismo para enriquecer su “civilización y barbarie”: Europa es la civilización -dirá- pero “viajé a Europa y también a España”.

Pero, de cualquier modo, esas inquietudes separatistas eran absolutamente minoritarias. De otro modo no se explica el juramento de los revolucionarios por Fernando VII (repetido en casi todas las revoluciones producidas en esa época en América), ni la prohibición a Belgrano de levantar bandera propia y menos aún que hasta 1814 flamease, en el Fuerte, la bandera española.

3. El caso de San Martín lleva a conclusiones contundentes. Llevado a España a los 7 años por su familia, regresa al Río de la Plata, a los 34, siendo teniente coronel del ejército español, veterano de guerra con 30 batallas bajo la bandera española. ¿A qué viene? Es un hispanoamericano “que hablaba como un gallego” que desea continuar en América la lucha por “el evangelio de los Derechos del Hombre” (como él llama al liberalismo democrático). Por eso, no reclama independencia hasta que después de 1814, cuando retorna el absolutismo en España, le urge la declaración en cartas a Godoy Cruz. Puede observarse en las proclamas de San Martín que el enemigo siempre es el godo, el sarraceno, el chapetón, el realista, el monárquico, el absolutista, nunca el español. ...si él mismo lo era, en gran medida. Si Mayo fue separatista y antiespañol, como afirma Mitre, entonces tiene razón Juan Bautista Sejean, en su libro San Martín y la tercera invasión inglesa: la única explicación de la venida al Río de la Plata de este veterano de guerra del ejército español (San Martín) obedece a que lo sobornaron en Londres. Y en ese caso, si el Padre de la Patria es un agente inglés, ¿para qué perdemos tiempo en polémicas?

Estas reflexiones no son originales mías –pues, como ya se ha dicho, todos repetimos Revolución y contrarrevolución… desde hace medio siglo- sino de un hombre a quien se silenció su obra sobre San Martín (Augusto Barcia Trelles), de 2600 páginas, porque ella se contraponía, en esta y otras cuestiones, a la biografía del Gran Capitán escrita por Mitre. Por otra parte, San Martín fue claro: “La Revolución de España es de la misma naturaleza que la nuestra: ambas tienen a la libertad por objeto y a la opresión por causa” (8/9/1820, Chile, A los peruanos), “Nuestra lucha no era un guerra de conquista y gloria, sino enteramente de opinión: guerra de principios modernos y liberales contra los prejuicios, el fanatismo y la tiranía” (testimonio de Basilio Hall).

4. La presencia de españoles en Mayo también avala esta interpretación: estaban, y no en segunda fila, españoles como Matheu y Larrea, en la Primera Junta, Alvarez Jonte en el segundo triunvirato, Arenales como brazo derecho de San Martín en la campaña de la sierra del Perú. Asimismo, el resto de revolucionarios era, en su mayoría, hijos de españoles. Además, French y Berutti repartían estampitas con la efigie de Fernando VII en los días de Mayo, según atestiguan las memorias de hombres de esa época, hecho omitido intencionalmente por Mitre para fabricar su mayo “antihispánico”, con cintas celeste y blancas.

5. Asimismo, las figuras más reaccionarias que combatieron a la Revolución en América no fueron españoles, como pudiera pensarse, sino americanos de nacimiento, como el caso de Goyeneche en el Alto Perú y de Olañeta, que dirigió el último ejército absolutista, persistiendo, aún después de Ayacucho, contra las fuerzas de Bolívar.

6. También resulta interesante el manifiesto del Congreso de Tucumán, del 25 de octubre de 1817, donde se señala que, en 1810, “…nosotros establecimos nuestra Junta de gobierno a semejanza de la de España. Su institución fue puramente provisoria y a nombre del cautivo rey Fernando”. Como se comprenderá, resulta absurdo suponer que todavía siete años después se continuara mintiendo con la “máscara de Fernando”. Por otra parte, en el mismo Manifiesto se explica que “el único partido que quedaba” era la independencia, a partir de 1814, dado el giro a la derecha del rey Fernando repuesto por la Santa Alianza, es decir que no hubo proyecto separatista en 1810.

7. En lo que se refiere al independentismo levantado por los venezolanos en 1811, resulta de utilidad el libro de Juan Bosch titulado Bolívar y la guerra social, donde demuestra que el pueblo no estaba con ese movimiento sino con jefes españoles (democráticos) como Monteverde y luego, Boves. Sostiene Bosch: “Para la gran masa el problema no estaba planteado en términos de colonia o independencia, sino en términos de gobierno del rey o gobierno de los mantuanos (oligarquía caraqueña) y la gran masa prefería el gobierno del rey porque la monarquía (borbónica) con medidas procedentes de Madrid, pero sobre todo a traves de sus funcionarios destacados en Venezuela, había probado ser más benévola con ella que los grandes señores criollos” (Bosch, Bolívar y la guerra social, pág. 64). Solo tiempo más tarde Bolívar entra plenamente al proceso revolucionario, con apoyo popular.

8. En un libro sobre la Revolución de Mayo que publiqué en 1994 reproduzco la siguiente opinión de Manuel Ugarte referida a los sucesos de 1810: “Españoles fueron los habitantes de los primeros virreinatos y españoles siguieron siendo los que se lanzaron a la revuelta. Si al calor de la lucha surgieron nuevos proyectos, si las quejas se transformaron en intimaciones, si el movimiento cobró un empuje definitivo y radical fue a causa de la inflexibilidad de la metropoli. Pero en ningún caso se puede decir que América se emancipó de España. Se emancipó del estancamiento y las ideas retrógradas que impedían el libre desarrollo de su vitalidad… ¿Cómo iban a atacar a España los que, al arrojar del Río de la Plata a los doce mil hombres del general Whitelocke, habían firmado con su sangre el compromiso de mantener la lengua, las costumbres y la civilización de sus antepasados? …Si el movimiento de protesta contra los virreyes cobró tan colosal empuje fue porque la mayoría de los americanos ansiaba obtener las libertades económicas, políticas religiosas y sociales que un gobierno profundamente conservador negaba a todos, no sólo a las colonias, sino a la misma España. …No nos levantamos contra España sino en favor de ella y contra el grupo retardatario que en uno y en otro hemisferio nos impedía vivir” (Manuel Ugarte, Mi campaña hispanoamericana, Barcelona, Edit. Cervantes, 1922, pág. 23)

9. José León Suárez en Carácter de la revolución americana (1917) y Enrique Del Valle Iberlucea en Las Cortes de Cádiz. La revolución de España. La democracia en América (1912) también retomaron la interpretación de Alberdi pero encontraron el mismo obstáculo: el predominio de la historia mitrista, por lo cual sus libros fueron silenciados.

10. Sin embargo, la situación se ha tornado hoy muy interesante pues la Historia Social, que desde su aparición en 1956, con José Luis Romero y Halperín Donghi viene aceptando la versión mitrista que ellos, según propia confesión, intentan remozar, se encuentra en figurillas para mantener la interpretación de Mayo dada por Mitre. Enfrentados al grave problema de disentir con don Bartolo, los principales historiadores de esa corriente están replegando gradualmente para sacar las manos de la trampa y seguramente, dentro de unos años, van a sostener que ellos descubrieron que Alberdi, Ugarte y Suárez tenían razón al decir que Mayo era democrático y no separatista.

Por ahora, Luis Alberto Romero afirma: “Hace tiempo que los historiadores profesionales, los historiadores en serio, vienen criticando esta explicación (la versión mitrista de Mayo). Coinciden en que los sucesos de Mayo de 1810 no fueron el fruto de un plan previo sino la imprevista consecuencia de un evento lejano …Un grupo de vecinos se hizo cargo del gobierno, de manera provisoria, sin saber bien para quién ni contra quién …(Los historiadores) estamos lejos de lo que se enseña en la escuela y también del sentido común. Sin duda hay una brecha que debe ser cerrada pues en Historia, tanto como en Física o Matemática, no puede admitirse tal distancia entre el saber científico y el escolar. Pero hay que hacerlo con cuidado. Este relato mítico (sobre Mayo) es hoy uno de los escasos soportes de la comunidad nacional” (Clarín 24/5/2002). (En verdad es soporte de una conciencia colonial, no nacional, una de las tantas “zonceras” de que hablaba Jauretche que, el mismo Romero reconoce, “inventó” Mitre). Otro historiador, Raúl Fradkin, admite ahora que “los ejércitos que respondieron al llamado bando realista no fueron, en su gran mayoría, ejército de operación extranjera reclutados en la península ibérica, sino que la mayor parte de estas tropas y muchos de sus oficiales fueron reclutados en América. En tal sentido, las guerras de independencia fueron también guerras civiles…” (Clarín 17/8/2005). Más contundente aún, otro historiador de la misma corriente –Juan Carlos Chiaramonte- sostiene: “Había un relato escolar, que creo que ya no se cuenta más, según el cual todos los criollos querían ser independientes, pero en 1810 los realmente independentistas eran una absoluta minoría. La mayoría aspiraba a un status de mayor autonomía dentro de la monarquía …Lo que hay en 1810 es el intento de constituir un órgano de gobierno que dos días después del 25 de mayo se declara representante de la soberanía del monarca preso. No se forma una junta de gobierno independiente, sino una junta de gobierno que reasume la soberanía porque el trono está vacante y que la va a conservar para cuando el trono esté nuevamente cubierto. Esto fue interpretado como una simulación, pero creo que en la mayoría de la gente de la época no fue una simulación …La historia inventa un pasado que a veces no es el pasado que realmente hubo, en función de las necesidades del presente” (Clarín, 24/5/2004)

Sin embargo, Chiaramonte es muy optimista respecto a la revisión de nuestra historia, pues el Departamento de Historia del Colegio Nacional Buenos Aires, hasta hace muy poco tiempo, continuaba sosteniendo la tesis de la “máscara de Fernando VII”: “…La instalación, el 25 de mayo, de la Junta Provisonal Gubernativa, se hizo a nombre de Fernando VII. La ‘máscara de la monarquía’ constituiría, todavía por algún tiempo, un recurso indispensable para entenderse con el Viejo continente.” (Fasc. 13, Historia Argentina, desde la prehistoria hasta la actualidad, dirección, Profesora Aurora Ravina)

Esta cuestión me lleva al interrogante: ¿Festejaremos en el 2010, una vez más, una fábula probritánica o daremos la polémica profunda para encontrar nuestra identidad nacional, para saber quiénes somos, condición fundamental para avanzar con las transformaciones que nos urgen y a las cuales nos convoca ya la historia latinoamericana y especialmente, el reclamo de los pueblos que constituyen la Patria Grande?

Norberto Galasso
Buenos Aires, diciembre 12 de 2005

Nota: Se pueden encontrar las cartas intercambiadas por Jorge Sulé y Norberto Galasso en este mismo sitio web. Las dos primeras. Las dos segundas.

 

 

 

 

 

 

PERDONEN, VOY A TERCIAR
Mensaje electrónico enviado por Roberto A. Ferrero

Y digo que voy a terciar en la polémica Sulé-Galasso porque solamente quiero dar una tercera opinión respecto a temas que no han sido tratado o lo han sido insuficientemente por los contendores. Lejos de mí la insolente pretensión de hacer de juez y decir cuál de ellos tiene razón. No he de ser yo quien lo haga. No tengo la autoridad ni el deseo. Pero sí quisiera aportar mi modesto punto de vista respecto a algunos aspectos.

I

Para comenzar desde el principio: sobre los respectivos orígenes del revisionismo rosista y del revisionismo federal, del interior y latinoamericano (o "Revisionismo Científico" como le llamo yo para resumir todas estas determinaciones) Ni uno ni otro ha nacido por la curiosidad investigativa de algunos historiadores o pensadores. Han surgido de diferentes proyectos sociopolíticos y son por tanto radicalmente distintos y no matices de una misma corriente. El mismo Sulé nos pone en la pista cuando escribe que "El Revisionismo Histórico nació por la necesidad de efectuar una revalorización sobre la figura y trayectoria de Rosas." Pero ¿porqué hacer una revalorización del Ilustre Restaurador y no de los jefes de la "democracia ecuestre" -como la llamó Mitre en uno de sus raros aciertos- vale decir: Estanislao López, Facundo Quiroga, Varela, Artigas o Peñaloza? ¿Porqué no revalorizar aquella democracia bárbara donde -como dice Del Mazo- una lanza equivalía a un voto? La respuesta ya ha sido dada: porque cuando los cultores del revisionismo rosista coagulan en una corriente más o menos definida, por los años '30, ha comenzado en la Argentina una crisis del sistema agroexportador dependiente y de su democracia liberal representativa, abriéndose así la posibilidad de sistemas alternativos, como el Fascismo o el Socialismo. Nuestros revisionistas rosistas, admiradores de las teorías aristocráticas de Maurras, Barré, Maulnier y cia., necesitaban encontrar un modelo "endógeno" para legitimar - como antecedente y ejemplo- su proyecto político de instaurar una república aristocrática, autoritaria y jerárquica, de ribetes mussolinianos. Lo encontraron en Rosas. No lo podían encontrar en ninguno de los caudillos democráticos del Interior o del Litoral. No les servía Artigas, que decía a los auténticos representantes de los pueblos reunidos en el Congreso de Paysandú: "Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana". Era mucho más pertinente y funcional al proyecto autoritario don Juan Manuel de Rosas, patrón de estancia que había abrevado en el pensamiento político de Gaspard de Real, teórico francés del poder absoluto.

En cambio el Revisionismo Histórico Socialista (o "Científico") surge de un proyecto totalmente distinto, por no decir antagónico a aquél: el de la reestructuración socialista de la sociedad argentina y latinoamericana a partir de una profundización de la Revolución Nacional.

No es posible establecer que, por el hecho de que tanto en Galasso y el Revisionismo Socialista como en el Revisionismo rosista esté presente la detección de los tres factores que enumera Jorge Sulé (y que podríamos traducir como el Imperialismo, el Movimiento Nacional y la minoría oligárquica) ambas corrientes historiográficas se encuentran instaladas en una misma matriz. Quien así las presenta, con más claridad que Sulé, es nada menos que el denostado Tulio Halperín Donghi. Este profesor, efectivamente, en su breve estudio sobre "El Revisionismo Histórico Argentino" (Ed. Siglo XXI, Bs. As. 1971) mete a todos los revisionistas en la misma bolsa: Julio Irazusta y Jorge Abelardo Ramos, Ernesto Palacios y Rodolfo Puiggrós, Pepe Rosa y Ortega Peña... Postula, como dice más académicamente Fernando Devoto, "la unicidad de su objeto de estudio". (De paso sea dicho: este Devoto presenta al Revisionismo Científico como una simple operación de piratería: "el grupo de intelectuales vinculados a Jorge Abelardo Ramos y el Partido Socialista de la Izquierda Nacional...", escribe, consideró "conveniente apoderarse de él (del revisionismo. RAF) agregándole algún aditamento, por ejemplo el de socialista." ¿Será del caso la aplicación de aquel famoso dicho popular que afirma que el ladrón cree que los demás son de su condición?) De hecho, se trata de dos escuelas distintas, porque además de haber percibido los "tres factores" sulianos, el Revisionismo Científico aplica -al menos trata de aplicar a través de sus cultores concretos- otras tres categorías, que son precisamente las que le dan cientificidad a su producción intelectual: el materialismo social, laoposición dialéctica y la totalidad interrelacionada. Obviamente, la postulación del uso de estas herramientas no garantiza por sí solo el resultado final, porque él depende también del sujeto de carne y hueso que las maneja: lo que natura non da, el marxismo non presta. De allí los lamentables resultados que obtuvieron de sus investigaciones los historiadores del PCA y algunos pseudo-trotskistas como Milcíades Peña...

Por otra parte, si el sentido de pertenencia es hasta cierto punto constitutivo de unacorriente de opinión, no hay duda que él interviene en la homogenización del Revisionismo socialista, pero no existe en relación a los cultores del nacionalismo y la historiografía rosista. Son dos puntos de vista distintos, dos cosmovisiones diferentes que los académicos asépticos no alcanzan a percibir. Y lo mismo puede decirse del rosismo en relación a los hombres de FORJA que, como muy bien recuerda Galasso, no sentían que pertenecieran a la misma tendencia y sentían justo resentimiento hacia los intelectuales nacionalistas que habían promovido y aplaudido el derrocamiento de Hipólito Irigoyen, numen inspirador del forjismo.

Eso no impide, naturalmente, que todos estemos juntos en la misma "lista" de los que sirven a la Patria y al Pueblo según su leal saber y entender.

Y que no se diga que por brotar de una necesidadpragmática como la que reconocemos arriba, el enfoque del Revisionismo Socialista tiene que haber sido parcial o deformante del pasado. Por el contrario: en la medida que Narvaja, Rivera, Ramos o Spilimbergo jugaban a ese proyecto todas sus expectativas y acaso toda su existencia, tenían que procurar que fuese lo más racional y exacto posible para que fuera viable. Y sólo lo sería si se ajustaba a los hechos y al sentido en que venía direccionada nuestra historia. De ahí la necesidad de conocer ésta en su más exacta verdad. Desde que la historia -o sea la serie orgánica de los hechos precedentes- es un continuum que llega hasta el tiempo presente y se eleva hacia el futuro, sólo se puede conocer en profundidad ese presente si se conocen sus raíces en las etapas anteriores del devenir. Una foto instantánea del presente, como la que nos puede presentar el peor de los estructuralismos a-historicistas, nos dará una descripción de la realidad coetánea, pero no una comprensión de ella, que es lo que hace falta para organizar un futuro posible.

Ramos siempre lo entendió así: el Socialismo revolucionario "explicó científicamente la realidad argentina y aspira a transformarla", había escrito en la Introducción a su libro "DeOctubre a Septiembre" (págs. 8/9) Una necesidad política pragmática lleva entonces, no a una reconstrucción arbitraria o mitológica del pasado, sino a su conocimiento científico.

II

Coincido entonces con Norberto Galasso en distinguir el Revisionismo rosista del Revisionismo Socialista Científico, pero no en la datación del nacimiento de este último y la identidad de sus creadores.

Dice Galasso que "éste tiene sus orígenes hacia 1952" e indica su progenitor: el Grupo "Frente Obrero" y Aurelio Narvaja, responsables de los "Cuadernos de Indoamérica" donde se realizó la crítica del libro de Jorge Abelardo Ramos "América Latina: un país" de 1949: "Con este trabajo, tres cuadernillos a mimeógrafo, nace el revisionismo socialista...", precisa el autor de "La Larga Lucha de los Argentinos". En éste y otros trabajos del mismo hay una acentuada reivindicación de Narvaja y su pequeño grupo. Es un acto de justicia, indudablemente, porque los aportes de "Frente Obrero estuvieron largo tiempo ocultados y/o desatendidos. Pero Galasso hace oscilar ahora el péndulo al otro extremo: se eleva la estatura histórica de Narvaja, Sylvester, Etkin y Rivera y se rebaja el perfil de Jorge Abelardo Ramos, que queda reducido a poco más que un talentoso difundidor de los hallazgos históricos originales del grupo "Frente Obrero". La cronología parece abonar esta tesis, ya que todos los libros de Ramos -excepto "América Latina: un país"- son todos posteriores a los trabajos de los pensadores de "Frente Obrero" ya sean los "Cuadernos..." o los libros de la Editorial Indoamérica, editados en 1954-55 por el grupo de Narvaja.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Por un lado, porque en la colección de Indoamérica, Biblioteca de la Nueva Generación, publicaba Jorge Eneas Spilimbergo que era hombre del grupo abelardistay no de "Frente Obrero". Spilimbergo, efectivamente, publicó a través de la editorial narvajista dos trabajos: el N° 2 de crítica histórica-artística titulado "Diego Rivera y el arte de la Revolución Mexicana" (15/8/1954) y otro, más ajustado al tema en discusión en el que, bajo el seudónimo de "Lucía Tristán" exponía breve pero agudamente la historia crítica del radicalismo, y que se titulaba "Hipólito Irigoyen y la Intransigencia radical" (7-9-1955). Estaba anunciada por entonces también la aparición de "Leopoldo Lugones y su época" de Alfredo Terzaga, cordobés, amigo estrecho de Ramos y él también pensador original. (la concepción abelardista sobre Roca, cambió después de 1950 no sólo por obra y gracia de la crítica frenteobrerista, sino por la influencia directa de Terzaga, bebida en cartas personales y en charlas tete a tete aquí en Córdoba). Su hijo Fredy tiene en preparación un tomo con lo mejor de esta correspondencia.

Y por el otro lado, porque para atribuir la primogenitura del Revisionismo Socialista a "Frente Obrero" (y dejo de lado la cuestión formal de si se llamó así por primera vez o no en la antología de "El Revisionismo Histórico Socialista", prologado por Blas Alberti en 1974) es necesario descalificar a "América Latina: un país" y recategorizarlo como un libro "no-revisionista socialista" debido a sus gruesos errores. ¿Es exacta esta apreciación? Creo que no, porque, más allá de sus desvíos "nacional-rosistas" -que existen tal como lo señala acertadamente Galasso- el núcleo del libro es sustancialmente una concepción histórica marxista socialista nacional. Basta leerlo desapasionadamente para llegar a esta conclusión. Es un libro con errores, es cierto, pero no se puede pretender que el Revisionismo Histórico Socialista naciera impecable e impoluto, de una sola vez y de una sola cabeza. Eso no sucede nunca o sólo sucede excepcionalmente, aun en las creaciones más novedosas.

Habría que ignorar, además, los artículos que escribió Ramos en "Democracia" a partir de Enero de 1952 -precisamente la fecha en que habría surgido el Revisionismo Socialista porvirtud de "Frente Obrero"- que aunque no eran estrictamente de carácter histórico contenían siempre una interpretaciónhistóricay los datos que la respaldaban.

Además: si Galasso considera que el Revisionismo rosista se estructura como tal alrededor del '30 y Saldías, Quesada y Peña quedan reducidos -con razón- a la categoría de "precursores" ¿por qué no aplicar esta misma escala de juicio para apreciar el nacimiento del Revisionismo Científico? Si así lo hacemos, queda claro que la fecha de aparición de ésta, nuestra corriente, es la del año 1957, año de aparición del extraordinario libro de Jorge Abelardo Ramos "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina". Reducido todo a sus debidas proporciones, tengo claro para mí que Ramos es, en cierto sentido que ya explicaré, el creador de la corriente historiográfica del Revisionismo Histórico Socialista y Narvaja, Rivera y Sylvester sus ilustres precursores.

Con esta precisión no quiero simplemente dar vuelta el guante y decir que Ramos sea el demiurgo, único creador del Revisionismo Socialista, pero tampoco acepto- por no responder a la realidad fáctica- que el "Colorado" fuera, como dije antes, un mero divulgador de una doctrina ya creada a la que él no aportó nada más que su brillante pluma.Aun aceptando que el esquema general de nuestra historia pertenezca nomás a Narvaja/Rivera (Etkin escribió más bien sobre la cuestión judía y Sylvester sobre Stalin y puntualmente sobre Lisandro de la Torre), Ramos hizo aportes originales muy importantes que no están en los pensadores de "Frente Obrero". Por ejemplo: la crítica histórico- política a la literatura ("Crisis y Resurrección de la Literatura Argentina"); una nueva visión de la historia del Ejército, de sus dos tradiciones y de su rol en un país semicolonial ("Historia Política del Ejército Argentino"); el tratamiento de los Movimientos Nacionales y Populares de América Latina; la teoría de la Revolución latinoamericana; el develamiemto pormenorizado del papel contrarrevolucionario del PC como partido sedicentemente revolucionario; sus estudios sobre Perú y Bolivia y su movimiento obrero, que actualizan la exposición sí básica de Narvaja/"Ramón Peñaloza" sobre "Trotsky ante la RevoluciónNacional Latinoamericana"; la crónica y el análisis teórico de las circunstancias del 17 de Octubre, que por razones de conveniencia política puso bajo la firma de Ángel Perelman, etc.

Conocí y traté a Aurelio Narvaja en su refugio veraniego de "Cañada del Sauce", en el departamento Calamuchita de esta provincia, y si bien él se enorgullecía de haber contribuido de modo fundamental a la conformación de la Izquierda Nacional comopensamiento político revolucionario, jamás se proclamó creador de alguna corriente historiográfica particular; su colaboración en este sentido es más bien reducida: el estudio sobre Bolívar como prólogo al "Simón Bolívar" de Carlos Marx, y su similar sobre el General Paz -firmado como"Montenegro"- para las "Memorias Póstumas" del vencedor de La Tablada que librara al público la Editorial "Almanueva" en 1954. Mayor es el aporte de Enrique Rivera, aunque éste escribió siempre bajo la inspiración del gran pensador santafesino que fue Narvaja, expresando no un sesgo propio sino una elaboración de todosbajo la guía de éste. Ernesto Cevallos, su amigo y discípulo cordobés, aseguraba tajantemente, en un prólogo a los artículos de Narvaja publicados por Ramos enEdiciones del Mar Dulce("Cuarenta años de Peronismo", Bs. As, 1985), que"Aurelio Narvaja no es un descubridor del pasado, sino un lúcido intérprete de su tiempo" (pág.10). O sea: no un historiador, sino un pensador político.

Ramos, por lo demás, reconoció generosamente su deuda con "Frente Obrero", no sólo enla ocasión que cita Norberto Galasso, sino también en su libro "La Era del Bonapartismo" (Ediciones del Mar Dulce, Bs. As, 1981), donde a la página 42 dice, refiriéndose a "Frente Obrero", que "este periódico, redactado por Aurelio Narvaja, es el primero que caracteriza lúcidamente el caótico proceso que la historia conocerá bajo el nombre de peronismo, desde el punto de vista del socialismo revolucionario". Para más, Ramos debería haberse "tirado al piso", como dicen los adolescentes...

En realidad, el Revisionismo Socialista es una creación colectiva, pero no colectiva solamente al interior de "Frente Obrero", sino en la interacción compleja de "Frente Obrero" y "Octubre", dada la relación de colaboración/rivalidad entre ambos grupos; en la relación de Terzaga con Ramos; las conversaciones del riocuartense con Hernández Arregui y Esteban Rey cuando éstos vivían en Córdoba; la temprana influencia de Saúl Taborda, presentado por Horacio Sanguinetti como "precursor de la Izquierda Nacional", y los trabajos que cité de Spilimbergo para la Editorial Indoamérica. Y estoy seguro que me olvido injustamente de algunos pensadores más modestos que escapan al recuerdo. El hecho es que hay una cantidad de análisis, de discusiones, de libros y de artículos, que aportan a distintas facetas de la realidad histórica, pero que recién se transforman en una nueva calidad(el Revisionismo.Científico) cuando Ramos reúne todos esos hilos, todos esos aportes, los sintetiza, los compatibiliza y los reelabora creadoramente en sudeslumbrante gran libro de 1957: "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina", al que seguirá después -1968- "Historia de la Nación Latinoamericana". Todas las demás obras de esta corriente que le siguieron, son tributarias -quiérase o no- de uno o de los dos grandes libros de Jorge Abelardo Ramos. Todos: los de Galasso, Maceyra, Honorio Díaz, Calello, Luis Alberto Rodríguez, Belloni, Carpani, Guerberoff o Acerbi en Buenos Aires; Roberto Salazar y Carlos Díaz en el Chaco, Claudio Maíz en Mendoza, Raúl Dargoltz en Santiago del Estero, Daniel Campi en Tucumán, Chin Cabral en Corrientes, el primer Gregorio Caro Figueroa en Salta y Denis Conles y Roberto A. Ferrero en Córdoba. (Santa Fe y Entre Ríos- patrias de Busaniche, de Sylvester, de Cervera, de Vázquez- son los grandes ausentes en nuestra producción historiográfica.¡ Extraño caso éste!) Hay sólo un par de excepciones: Alfredo Terzaga, por lo que dijimos, y Spilimbergo en algunos aspectos, principalmente en su ópera magna: "La Cuestión Nacional en Marx", pero también "La Guerra Civil en los Estados Unidos y el subdesarrollo" y "De los Habsburgos a Hitler", porque sus demás trabajos -sobre elnacionalismo oligárquico (1958) y el socialismo cipayo (1960)- ya tenían adelantados la casi totalidad de sus argumentos en los artículos de Ramos en el diario "Democracia de 1951/55 y en "Revolución y Contrarrevolución", de 1957. Dejamos de lado la original contribución de Blas Alberti, porque ella se hizo más que nada en el terreno de la crítica a la Sociología académica. Ernesto Laclau exploró también otros terrenos, pero como han demostrado con bibliografía en mano Martín Bergel et al en "El Joven Laclau", la tesis sobre la importancia de la renta agraria diferencial en la constitución social e histórica de la Argentina "sólo en su tránsito por el PSINpudo ser incorporada por Laclau" (pág. 9).

Esto es así y la posterior capitulación de Ramos ante el menemismo proimperialista no disminuye en nada sus grandes méritos. Dice el refrán: "Lo que la pluma ha escrito, no lo borra el hacha". Ni la capitulación, podemos agregar. Su caso es semejante al de Jorge Plejanov, que predicó por décadas la revolución socialista para Rusia, y cuando ella al fin se produjo, la desconoció y enfrentó acerbamente al gobierno leninista. Y sin embargo, Leninsiguió recomendando la lecturade sus libros a quienes quisieran aprender marxismo y el Estado soviético reeditó muchas veces sus Obras Escogidas.

Nosotros debemos seguir leyendo al Ramos pre-menemista, porque todavía tiene mucho que darnos. Y al Spilimbergo de sus trabajos clásicos. Y a Rivera y a Narvaja/Peñaloza, obviamente.

III

Finalmente, quiero "meter cuchara" en dos temas también tratados por los polemistas.

Uno es el del carácter de la Independencia latinoamericana, que siempre me ha martirizado. Según la tesis que comparten la Izquierda Nacional historiográfica y el rosismo, la Revolución de la Independencia no fue -valga la contradicción- "independentista" en sus orígenes; no fue ni separatista ni antihispanista. Esta tesis - que no es de Ramos, de Rivera ni de Sulé, sino de Enrique de Gandía- afirma que la Guerra de la Independencia fue una contienda civil entre liberales y absolutistas, que contó con criollos y españoles en ambos bandos; que -prosigue- al fracasar la revolución liberal en la parte peninsular del imperio español, los habitantes de esta otra parte, americana, habrían declarado su independencia para no quedar bajo las garras del absolutismo.

Bien. No es que yo quiera impugnar esta hipótesis, porque no soy historiador profesional y aún no he investigado el tema en profundidad, pero me perturba la existencia de ciertos hechos gruesos -y los hechos son porfiados- que encajan mal en esa tesis o hipótesis degandiana.

Estos son algunos de esos hechos "contestatarios": a) Venezuela declaró su independencia formalmente antes del triunfo del absolutismo en España, en pleno período de sesiones de las Cortes liberales de Cádiz que en octubre de 1810 declararon la igualdad de derechos entre españoles y americanos. No obstante esta circunstancia -que habría colmado los deseos de nuestros próceres liberales pero no separatista- el Congreso venezolano declaró el 7 de julio de 1811 "que las Provincias Unidas (de Venezuela. RAF) son y deben ser, de hecho y de derecho, estados libres, soberanos e independientes;que son absueltas de toda dependencia de la corona española o de quienes se llamen sus agentes o representantes"; b) En Méjico, el general Agustín de Iturbide separó a su país de España en 1821, no para evitar caer bajo el control de los absolutistas (ya que él también lo era) sino, por el contrario, para no quedar bajo el dominio de la democracia española, que había inaugurado el Trienio Liberal (1820- 1823); c) En el Perú, es harto sabido que sus clases dominantes, después del susto que les había dado Tupac Amaru, no tenían ningún interés en la independencia, y menos bajo un régimen liberal que diese algunas libertades a los naturales del país.

Podría argüirse que la tesis degandiana es válida para el Río de la Plata. Pero, entonces, ¿en qué queda la naturaleza hispanoamericana de la Revolución? ¿No estaremos en presencia de una generalización abusiva de la hipótesis del "no separatismo original"? Pero incluso aquí en estas tierras del sur, ¿porqué un partícipe principal de los sucesos de Mayo, el general Manuel Belgrano no habla para nada en sus breves Memorias de un plan de democratización o de liberalismo imperial sino que alude solamente a "el deseo de la libertad e independencia de mi patria..."? En cuanto al "no-hispanismo", los documentos y expresiones verbales de la época están plagados de sentimientos antiespañoles que no se pueden ignorar. ¿Y qué más antihispanista que la letra del Himno Nacional de Vicente López y Planes, tanto que décadas después, al establecerse relaciones diplomáticas con la Madre Patria, tuvo que ser aligerado de sus estrofas más ofensivas para España? Pero repito, no impugno, sólo introduzco algunas dudas y cuestionamientos.

El otro tema es el del marxismo, que Sulé toca medio de paso. Comparte, casi al final de su Carta, la crítica a la historiografía "marxista". Correcto. Pero en afán de precisiones, debería decir la historiografía "stalinista" (Leonardo Paso), "mitromarxista" (Antonio Solari, Rondanina, Américo Ghioldi) o ultraizquierdoza (Milcíades Peña), porque el método marxista bien aplicado da origen a libros magníficos y veraces como"Revolución y Contrarrevolución en la Argentina". Más adelante, afirma que los marxistas "ven individuos movidos por apetitos". Doble error: en primer lugar, esa concepción es propia más bien de la sociología atomística ultraliberal, pero no del marxismo, que si por algo se caracteriza es por atribuir el protagonismo históricoa las masas y a las clases, y en segundo lugar porque el marxismo ve a los apetitos (de lucro, de sexo, de poder, de figuración?) como uno más de los motivos que movilizan la conducta humana, al lado de los ideales, las aspiraciones, las ilusiones, los rencores o los prejuicios, por nombrar algunos motores del alma. Seguramente la familia Rockefeller se mueve por afán o apetitos económicos, pero la Madre Teresa de Calcuta lo hacía por amor al prójimo. El marxismo se limita a explicar estos motores por el clima social e histórico en que surgen y se desarrollan, clima que, a su vez, tiene su explicación de última instancia en las condiciones de vida material (los modos de producción). Si el Medioevo, fundado en el modo feudal, nos da el amor caballeresco y el fervor religioso, el capitalismo en su etapa ascendente nos dará los ideales de la Revolución Francesa y en su crisis el Facismo y ahora el fundamentalismo homicida de Bush, claro que mezclado con convenientes dosis de "apetitos" para hacer negocios con el petróleo de Irak y la reconstrucción de Nueva Orléans. Pero todo esto Sulé lo sabe, porque ha leído el "Manifiesto Comunista"...

Los saludo a ambos muy respetuosamente.

Córdoba, 04 de Noviembre de 2005
Roberto A. Ferrero

 

Norberto Galasso en la UBA

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