Homero Nicolás Manzione vino de Santiago del Estero, de esa Añatuya callada y desvalida, que él llamó Aña-mÃa, y se metió con su espÃritu poblado de versos en un barrio de Boedo mistongo, que se derramaba en cafetines, lustrabotas y mendigos hacia una calle Chiclana amenazada por la inundación. Allà atorranteó atardeceres con Cátulo Castillo, Julián Centeya y el "loco Papa" y allà enfrentó el dilema con que lo desafiaba el paÃs semicolonial: buscar como tantos la gloria oficial, el buen pasar, la fama que difunden los medios de comunicación en poder de la clase dominante o jugarse entero por su verdad, a la intemperie, corriendo el riesgo del silenciamiento, de la discriminación, en fin, recibir la maldición del sistema.
Homero Nicolás Manzione no dudó. Se jugó en la resistencia irigoyenista contra la dictadura del Gral. Uriburu y contra el gobierno usurpador del Gral. Justo. Conspiró, fabricó bombas caseras, conoció cárceles. Su casa de la calle Garay y Danel se convirtió en centro clandestino de lucha popular y desde allà desarrolló, con Arturo Jaureche, Luis Dellepiane y tantos otros, no sólo la pelea contra el conservadurismo vacuno sino también contra la claudicación de la dirección alvearista del partido Radical.
En 1935 participó de la fundación de FORJA, bajo el lema "Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre". Junto a sus amigos denunció el Estatuto Legal del Coloniaje. Su voz se levantó en la tribuna esquinera, erguido sobre cajoncitos de cerveza, apostrofando las entregas y latrocinios de la Década Infame. Nos dicen -sostuvo Manzione-, que hay una cosa intocable entre los distintos eslabones de la economÃa: el gran capital, especialmente cuando se trata de accionistas extranjeros, y por eso es necesario crear la mentalidad opuesta, la mentalidad nacional, que frente a ese argumento diga sencillamente esto ¡qué se vayan a la puta que los parió esos accionistas!
Una y otra vez, desde FORJA, denunció el sometimiento del gobierno al imperialismo británico, la complicidad de Alvear con los hombres del régimen, la expoliación que sufrÃa el paÃs, especialmente las provincias como la suya, porque -decÃa Homero - "Santiago del Estero no es un provincia pobre, sino una provincia empobrecida". Una y otra vez reclamó mejores salarios, respeto a los derechos populares, en fin, como decÃa FORJA, las cuatro P: PATRIA, PAN Y PODER AL PUEBLO.
El sistema lo silenció, lo condenó como a Jauretche y Scalabrini Ortìz al sótano de la calle Lavalle al 1700 donde tenÃa su sede FORJA. Expulsado de la Facultad de Derecho, exonerado como Profesor de Literatura, silenciado como poeta, discriminado en el radicalismo por rebelde y antimperialista, Homero Manzione fue convertido en "maldito", pero el poeta que habÃa dentro de él le jugó una mala pasada al sistema. Si por sus ideas le cerraban el camino a ser hombre de letras, él se dedicó a hacer letras para los hombres, y se transformó de Homero Nicolás Manzione en HOMERO MANZI.
"Homero se nos fue al mundo de la noche"- señaló Jauretche y allà no pudieron con él. Sus versos recrearon los barrios de tango con el farol balanceando en la barrera y el codillo llenando el almacén, se nutrieron de los compadres del café "Dante" las muchachitas de Alsina, acunaron a la negra MarÃa, consolaron a la mulata abandonada, convocaron al papá Baltazar de los chicos pobres y a Malena con su "voz de sombra" en el paisaje indeleble de un "Sur, paredón y después", con las "chatas entrando al corralón", chapaleando barro bajo el cielo de Pompeya, herido de lonjas rojas, con sus gorriones y fabriqueras, con el eco de un bandoneón, "mariposa de alas negras", brotando del último organito de una ciudad entristecida.
AsÃ, el Manzi poeta violó la censura oligárquica por el camino abierto del cancionero popular. El otro, el Homero Manzione polÃtico, condenado al olvido, no mencionado en ninguna historia polÃtica, permaneció "maldito", pero siempre en alto su bandera popular. Ese Homero Manzione declaró en 1947: "Perón es el reconductor de la obra inconclusa de Yrigoyen. Mientras siga siendo asÃ, nosotros continuaremos creyéndole, seremos solidarios con la causa de su revolución que es esencialmente nuestra propia causa. Nosotros no somos ni oficialistas ni opositores: somos revolucionarios".
Cuatro años después, un triste 3 de Mayo de 1951, la muerte le pungueó el corazón y él se despidió "lleno de luces y colores que integran mi cortejo final de despedida".
HabÃa sido un "maldito". Sin embargo, aún hoy, cuando en la radio de un tallercito del suburbio o en la disqueria de Corrientes, florecen otra vez sus versos, "con un perfume de yuyos y de alfalfa que nos llena de nuevo el corazón, parece como si Homero", indoblegable, se pasease todavÃa entre nosotros con su cara redonda y sus ojos limpÃsimos de niño, esos por donde "su frente triste de pensar la vida, tiraba madrugadas", según dijera Cátulo Castillo, para mantener viva la canción y encendernos de nuevo la esperanza.
Recupero de dos textos de Manzi
Homero Manzione, Homero Manzi, para el mundo de la canción popular luchó siempre con entusiasmo y tosudez por la consolidación de una cultura nacional de raigambre latinoamericana. Merecen recordarse en este sentido fragmentos de reflexiones expuestas en dos ocasiones, la primera hacia 1940, cuando presentó en Buenos Aires, un espectáculo musical a cargo de Andrés Chazarreta y donde Manzi, santiagueño como el músico, vibró hondamente reivindicando nuestro arte popular.
"El folklore argentino -dijo Manzi- es un tesoro desparramado por los campos, despreciado por las clases cultas del litoral, pero acunado con amoroso acento por las gentes humildes de la campaña.
Mientras Buenos Aires, abriendo cada dÃa más su puerta a la entrada del alma ajena, desoÃa las voces de la tierra, mientras la pericia de la ciencia oficial creaba un gusto extranjero y arbitrario, mientras los puertos recogÃan las voces confusas que llegaban de ultramar, pocos eran los espÃritus que en lo musical, pegaban el oÃdo a la tierra con reconcentrada actitud de rastreadores.
La música de la ciudad estaba trazada sobre el pentagrama oscuro de las pasiones humanas. En cambio, la música de nuestro campo estaba conformada sobre la naturaleza. Con excepción de la vidala, canción cuya universalidad habrá de consumarse un dÃa, todas las expresiones musicales del folklore norteño trasuntan las formas del paisaje y animan sus movimientos en la fuerza de la naturaleza. La música del campo es objetiva, la de la ciudad subjetiva.
En la ciudad, los bandoneones lloran a cuenta de la pena del hombre. En el campo, las arpas y violines rústicos hablan con la voz del viento, trinan con los pájaros y mueven sus ritmos con el rudo compás de las bestias en galope o con la hamacada euritmia de los pastos castigados en el vaivén de los vientos.
El santiagueño ama en primera instancia a su tierra, tiene una patria chica para ubicar su corazón. Conoce su cielo, abierto y celeste durante el dÃa cuando apenas lo transitan el sol y las majaditas de nubes blancas, oscuro y profundo en la noche, cuando los tachonan los tucu-tucu inmóviles de las estrellas.
Conoce sus rÃos madres que traen el pan en las entrañas, conoce sus montes, intrincados, misteriosos, aguerridos, conoce la tremenda ansiedad de sus sequÃas, ejemplo bÃblico que le afirma la sobriedad y conoce el terror de sus tormentas calientes, cuando bravan los huracanes del sur y del norte cargando, sobre los lomos enfurecidos, nubes negras que desparraman la bendición del agua. Por eso la voz del folclore santiagueño tiene la sinceridad del testimonio cultivado en largo trance de amor.
Buenos Aires vive sorda a la belleza que destila este polo mediterráneo en la silenciosa colmena de su vida espiritual. La gran ciudad del Plata, enceguecida de orgullo por las caricias de la gloria material, no sabe que lejos de ella, hay argentinos que aparentan las majadas de la leyenda".
Pero Manzi está convencido del triunfo de la cultura nacional sobre la colonización cultural que pretende someternos. Las canciones de la tierra -dice- volverán a nutrirnos de savia auténtica y en la voz de las vidalas reconoceremos el arrullo de la urpila, despenadora impenitente de las tardes, cuando se abren en colores pálidos las flores del cardón y reconoceremos en cada danza, en cada ritmo, un pedacito del paisaje agrestre donde ponen adornos los algarrobos, donde adelantan cuchillos de espinas los vinales, donde corren y revientan los rÃos para secarse luego, donde cantan las hachas mordiendo las carnes duras del quebracho, donde pastan las majadas, donde se clavan las puntas del arado, donde galopan los caballitos criollos, donde ladran perros inverosÃmiles, donde se sufre, se trabaja, se ama, se baila y se canta".
Años después el 6 de mayo de 1948, Homero Manzi ratifica, en una hermosa página, esa concepción de la cultura "LO POPULAR". Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién entonces poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
Esta pobre América que tenÃa su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado fracaso, su propia historia y a la que de pronto iluminados almirantes, reyes ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados catequistas, ordenaron:
¡Cambia tu piel!
¡Viste esa ropa!
¡Ama a este Dios!
¡Danza esta música!
¡Vive esta historia!.
Nuestra pobre América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas y cargando 15 siglos de desventaja, nuestra pobre América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de manos afiebradas por el arte y por la fe, habÃan perfeccionado la tarea en experiencias luminosas, nuestra pobre América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos, y cuando los evangelios habÃan escrito su mensaje, cuando Homero habÃa enhebrado su largo rosario de versos y cuando el Dante habÃa cumplido su divino viaje.
Nuestra pobre América que comenzó su nueva industria, cuando los toneles de Europa estaban traspasados de olorosos y antiguos alcoholes, cuando los telares estaban consagrados por las tramas sutiles y asombrosas, cuando la orfebrerÃa podrÃa enorgullecer su pasado con nombres de excepción, cuando verdaderos magos, seleccionando maderas con cavidades y barnices, sabÃan armar instrumentos de maravillosa sonoridad, cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma llena de mÃsticos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de artistas y la ciencia llena de sabios.
Nuestra pobre América, a la que parecÃa no corresponderle otro destino que el de la imitación. Todo estaba bien hecho, todo estaba insuperablemente terminado ¿para qué nuestra música? ¿para qué nuestros dioses? ¿para qué nuestras telas? ¿para qué nuestra ciencia? ¿para qué nuestro vino?. Todo lo que cruzaba el mar, era mejor, y cuando no tenÃamos salvación apareció lo popular para salvarnos, creación de pueblo, tenacidad de pueblo.
Lo popular no comparó lo malo con lo bueno, hacÃa lo malo y cuando lo hacÃa creaba el gusto necesario para no rechazar su propia factura y ciegamente, inconscientemente, estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgÃa de sà mismo y su repudio heroico a lo que venÃa desde lejos.
Mientras tanto, lo antipopular, es decir, lo oculto, es decir lo perfecto, rechazando todo lo propio y aceptando todo lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino triunfador de América.
Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre Argentino, me he impuesto a la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, de amar todo lo que llega al pueblo, de amar todo lo que escucha el pueblo.


