NAZARENO... CRUZ... Y EL LOBO
Desde “allá lejos y hace tiempo”, circula por nuestros campos la leyenda de Nazareno Cruz, un séptimo hijo varón que se transforma en lobo en las noches de plenilunio, leyenda que el talentoso Leonardo Favio convirtió en película inolvidable.
Pero los tiempos han cambiado y ahora el relato se cuchichea -modificado- de secretaría en secretaría, en los pasillos de Tribunales. Sucede que hoy Nazareno ya no espera las noches de luna llena para convertirse en lobo, sino que cuando no está en la luna es porque está atendiendo a algún “lobby”. Arguyen los graves jurisconsultos, los beneméritos jueces y hasta los circunspectos bedeles que Nazareno se transformó totalmente hacia los “lobbies” cuando se asoció a un político inescrupuloso que terminó, desde el poder, rifando a la Argentina y sumiendo al pueblo en las peores desgracias. Dicen también que ha perdido su apellido Cruz, pues se lo han privatizado porque como enseñó Jauretche, en esta Argentina semicolonial, Cruz ya no es el sargento que se rebeló contra la partida para ayudar al gaucho Martín Fierro, sino “Crush”, la empresa norteamericana del jugo de naranjas. También corre la versión de que se ha agregado dos nombres: Julio y Salvador. “Julio”, probablemente como expresión de invierno, de frío, de “fresco” y Salvador, para ratificar su vocación por salvarlo a Macri en el juicio por contrabando o adjudicarle a Meller S.A. unos cuatrocientos millones de dólares que pagaría el sufrido pueblo argentino.
Las malas lenguas agregan que estas transformaciones se produjeron al ritmo de la globalización y que, en fin, todo ha sido una brujería del Diablo, al cual Favio, en su película, llama “El Poderoso”. Explican, entonces, que Nazareno, infectado por las multinacionales, habría dejado de ser el que era en su origen -“hombre de Nazareth, es decir, enviado de Dios- para convertirse en enviado del Diablo. Y cualquiera sabe, que en América Latina, el Diablo es el imperialismo yanqui.
Por eso ya nadie lo quiere a Nazareno. Él, que pudo expresar un supremo porte de justicia, ha concluido presidiendo la corte de la injusticia. Antes, cuando la maldición lo convertía en lobo, daba pena. Ahora, cuando pena cediendo a la presión de los “lobbies” provoca maldición. Antes, cuando lo injuriaban los pastores porque saqueaba sus rebaños, provocaba lástima porque era inevitable en su naturaleza de lobo. Ahora, en cambio, genera bronca porque ha elegido legitimar a los saqueadores.
¡Que triste final! Ya nadie lo quiere a Nazareno. Aquí y allá circula ahora esta nueva versión de la leyenda lobizona que nació, según dicen, en algún juzgado y empezó a expandirse, a crecer con clamor, desde el fondo de la tierra nuestra, para que Nazareno se vaya, con su Crush y con su lobby, lejos, muy lejos y algunas voces acentúan escandalosamente ese destino lejano. Se trata, dicen, de que se vaya Nazareno –y otros Nazarenos que hay por allí- pero también los lobbies, así como las leyes del pasado, expresión de un mundo de privilegios ya perimidos, para que un viento nuevo oxigene los juzgados y asimismo, se lance indetenible por los caminos de la patria, arrasando, por fin, con tantas nieblas y cerrazones que padecemos hace ya demasiado tiempo.
Buenos Aires, junio de 2003
Norberto Galasso
Centro Cultural "E. S. Discépolo"

