MEDIDAS ECONÓMICAS: ¿DESDE QUÉ LADO Y PARA QUIÉNES?
En esta época, cuando muchos argentinos se sumergen en profundos replanteos, parece importante reflexionar acerca del modo más correcto de abordar las cuestiones económicas. Por ejemplo, se nos ha inculcado que la situación económica difícil por la que atravesamos únicamente puede ser resuelta por una sola teoría económica –la liberal- y que ella apunta a beneficiarnos a todos los argentinos: “Primero, agrandemos la torta; después distribuiremos”; “Llenemos la copa, después comenzará el derrame” Parece, pues, importante, recalcar que en economía –como en toda disciplina político-social- resulta fundamental conocer, como diría el poeta, “el color del cristal con que se mira”.
En lugar de reflexionar abstractamente, recurramos a un ejemplo de días pasados. Un matutino anunció, en titulares de tapa, con desbordante júbilo: “El superávit comercial es record histórico... Fue de 16.358 millones de dólares para el 2002”. En cambio, otro matutino tituló, en tapa, el mismo día: “El dolor de ya no ser. Argentina cada vez más pobre: llegó a niveles record... La pobreza pasó del 53 al 57,5 por ciento: casi 21 millones de personas. La indigencia alcanza al 27,5%, casi diez millones”.
¿En qué quedamos? El lector se encuentra incitado a saltar de alegría leyendo el primer matutino, así como a hundirse en la desesperación, leyendo el segundo. Ambos se refieren a la misma realidad, a dos record, el mismo día.
Ninguno falsea la información, correspondiente a la misma verdad, sólo que el miraje resulta antagónico. Es decir, la información es apreciada desde diversos ángulos. Y eso es lo que necesitamos tener en cuenta: desde dónde y con qué propósito se aplican las medidas, así como desde dónde se analizan y evalúan los resultados.
Le cuento dos anécdotas, que vienen al caso. La primera cuando, una vez comenté, en mi casa, lo que me habían enseñado en el Colegio: que la Argentina, en 1910, era un país muy rico, elogiado por su progreso en todas partes del mundo. Uno de mis tíos, que era obrero, me contestó de manera contundente: Sí, un país rico con un pueblo enfermo, de toros gordos y peones flacos, de pata al suelo. Como se imagina, yo era estudiante y no podía sospechar que de la boca de un trabajador pudiese salir una verdad capaz de refutar lo que me decían los maestros y las letras de molde de los libros. Pero, años después, cuando estaba a punto de egresar de la Facultad de Ciencias Económicas, me ocurrió la segunda anécdota. Era el verano de 1961 y Arturo Jauretche levantaba su vozarrón en las esquinas de Buenos Aires, peleando una senaduría por la Capital. Quien escribe estas líneas era, por entonces, un petulante que creía haber mamado la ciencia económica en la Universidad, pero quedé perplejo cuando escuché estos argumentos: “Todos dicen que en este país llueve riqueza, pero resulta que estamos todos “secos”. Así me decía mi amigo Manuel Ortiz Pereyra, en la época de FORJA. Y él mismo explicaba las razones de esta aparente contradicción. Lo que ocurre es que el país está techado y por eso, no nos mojamos. Esa lluvia de riqueza cae sobre el techo y se derrama sobre inmensas canaletas que la conducen a Londres y Nueva York. Ese techo se llama imperialismo y por eso, el pueblo argentino no se moja. Yo agrego ahora- decía Jauretche- que la experiencia del 46 al 55 fue muy importante porque se aplicaron instrumentos que modificaron esa situación (como el IAPI, la nacionalización de depósitos bancarios, la no incorporación al FMI, la nacionalización de empresas, servicios, etc.) Y concluía: “El peronismo no pudo arrancar el techo, pero eso sí: le hizo un agujero enorme y empezamos a mojarnos”.
En ambos casos, el de la información periodística actual y el de las anécdotas del pasado encontramos idénticas experiencias. Los “éxitos” de la macroeconomía pueden ser compatibles con el desastre de la economía del ciudadano común. Un record del comercio exterior no siempre es producto de lo que llaman “saldos exportables”, porque sólo se puede hablar de “saldos” cuando las necesidades del pueblo argentino están satisfechas. Si no lo están, no son “saldos”. Por el contrario, es riqueza que se exporta sencillamente porque los argentinos no la consumimos. De esta manera el éxito de las exportaciones tan festejado tiene otra cara siniestra: la falta de la carne y el pan en las mesas de los trabajadores y los desocupados. De esta manera, una sola realidad puede ser abordada, como en las noticias comentadas, desde dos ópticas distintas: una que alegra a algunos, otra, que entristece e indigna a muchos.
En definitiva, todo depende de qué lado uno se ubica en esta puja pues, existiendo intereses contrapuestos, cuando unos festejan, otros se encuentran perjudicados. Y lo que indigna es que desde hace muchos años, los que sufren las medidas económicas son las mayorías populares, mientras los que las gozan son las minorías nativas y extranjeras.
Esta es la primera y gran verdad sencilla en el terreno de la economía, más allá de los tecnicismos, las estadísticas y los gráficos, conque a menudo se nos abruma. Los poderosos –de adentro y de afuera- aplican los programas que los torna aún más poderosos, por supuesto, en nombre de “los grandes principios económicos”. Si les damos razón, procedemos como señalaba Jauretche: “Vamos a comprar al almacén, guiados por el Manual del Comprador escrito por el mismo almacenero...” y así nos va. Hay que escribir, pues, un nuevo Manual, desde la óptica de las mayorías populares y armados de ese proyecto económico alternativo, forjar la herramienta política con la cual aplicarlo.
Buenos Aires, febrero de 2003
Norberto Galasso
Centro Cultural "E. S. Discépolo"

