Comprar a “el argentinazo” por lo que vale y no por lo que se dice que vale

“algunas personas creen que terminó,
ahora que abrimos nuestras alas.
Pero nosotros sabemos mejor” (John Lennon)

Los hechos que produjeron la salida de Cavallo y del Gobierno De la Rúa por su carácter histórico merecen una cuidadosa lectura. Lo más fundamental es que valorizándolos correctamente sirvan por lo que son: valiosísimos puntos de partida para un cambio importante de rumbo para la Argentina.

Pero hay que tener cuidado de un importante peligro: para quienes, en definitiva, no quieren ningún cambio de rumbo – porque están satisfechos como están las cosas – pero que, a la vez, no pueden soslayar la importancia de los mismos, el “argentinazo” tiene que ser un punto final. Para eso, procurarán sobrevalorarlo.

En los últimos tiempos, la Argentina tuvo varios puntos de partida valiosos para procurar un cambio de rumbo; pero tomados erróneamente como más que eso, terminaron agotándose en la inocua reiteración. Para que esto no suceda con el “argentinazo”, éste debe ser rigurosamente analizado.

En primer lugar, del “argentinazo” surge una conclusión fundamental: “la política” le afecta a todo el mundo; por ende, no puede ser una postura de superado desinteresarse por ella o meramente burlarse de “los políticos”. Por eso, si tanto programas son defensores de “la gente”, lo serán mucho más fructíferamente si reemplazaran tanta jocosidad por análisis serios.

En segundo lugar, “la política” y “la economía” no son dos esferas aisladas. Por lo tanto, si se acepta, como se vino haciendo desde 1989, que “la política” se subordine a “la economía”, entonces las protestas deben pasar de los personajes políticos a los economistas mediáticos. Por otra parte, esta subordinación a las determinaciones de “la economía” fue extensamente difundida por la vulgarizada imagen de esperar a “un mejor piloto de tormenta”. Pero si hay una conclusión que surge de la renuncia de Cavallo, quien más fue identificado como “mejor piloto” a punto tal de haber podido exigir “superpoderes”, es que alguien puede ser “mejor piloto” si y sólo si el conjunto de la sociedad acepta, consciente o inconscientemente, ser “mejor pasajero” : es decir, si se comporta exactamente como lo requiere la medida adoptada. Por ejemplo, si se hubiese aceptado las medidas restrictivas a los retiro de depósitos, Cavallo aún sería Ministro de Economía.

Pero en contrapartida, si “el argentinazo” echó a Cavallo por no aceptar sus medidas económicas, esto mismo quiere decir que hasta entonces la ausencia de cualquier “argentinazo” lo mantuvo. Esto es fundamental porque las razones económicas que fueron las que terminaron conduciendo a “el argentinazo” son anteriores a la llegada del Gobierno De la Rúa. Desde que asumió, sólo se ha acentuado las manifestaciones que vienen desde 1995. Tienen que ver con un modelo de sociedad. Un cambio de rumbo implica, por ende, un cambio de sociedad. No de nombres o de plan económico meramente.

Así, la cuestión pasa a ser cuáles deben ser los fundamentos de una nueva sociedad. O dicho de otra manera: ¿cómo debe ser el debate político? Para este modelo, lo ideal es que no lo haya. Que, en definitiva, los únicos que se interesen en “la política” sean los economistas, al demandar constantemente leyes. Y si se mantiene algún interés, que sólo sea para burlarse o agredir a “los políticos”. Pero “el argentinazo” es una manifestación de interés en los temas políticos – como debe ser -; por lo que ninguna de esas formas de “interés” en temas políticos es adecuada. Esto implica que no es correcto tomar como bandera de “el argentinazo” dejar de lado “la política”. O si sólo como punto de partida para que surjan nuevos políticos. Pero esto es imposible bajo una postura de desinterés por la misma política.

Si “el argentinazo” se mantiene tal cual como método de protesta, sin programa alguno, sin núcleo hacia el cual conducir los reclamos, sin un canal concreto que permita encauzar las energías en un trayecto común que evite un desgaste por falta de definición de un rumbo, sin que pueda definir legítimos portavoces, en fin, sin que el predominante aspecto de rechazo pueda transformarse en propuestas de políticas aceptadas como sociedad, lo más probable que “el argentinazo” se agote en sí mismo al menos como posibilidad de cambio hacia una mejor sociedad.

Un gran problema para esto es que uno de los principales reclamos detrás de “el argentinazo” es la negación respecto a la representatividad de “los políticos”. ¿Cómo se sale de este dilema de no reconocimiento a los políticos como representantes con la necesidad de encauzar las protestas hacia un programa político que permita satisfacer las demandas por una sociedad mejor?

En primer lugar, obviamente, como se dijo, hacer un reconocimiento de la necesidad de la actividad y del interés por la política. Luego, distinguir diferentes formas de practicar la actividad política. Está claro que uno confía en sí mismo; por eso, la metodología política a valorizar es la que es didáctica. La que procure elevar el nivel de discusión política – y no rebajarlo como viene sucediendo en la última década. La forma de hacer política que no se reduzca a frases hechas, sino que justifique sus posturas con argumentos lógicos. La práctica política que exija pensar a los votantes.

Durante “el argentinazo” las personas que tuvieron la posibilidad de expresarse por los medios de comunicación constantemente hicieron referencia que quienes se estaba manifestando era “el pueblo”. En los días siguiente, para gran parte de los medios, “el pueblo” se transformó en “la gente”. Consciente o inconscientemente dicho, hay una gran diferencia. “La gente” es un conjunto de individuos, sin lazos en común. La manifestación de “la gente” es la manifestación de un conjunto grande de individuos aislados que se expresa por razones meramente individuales. Sin procurar ningún romanticismo, por “pueblo” se entiende que esas personas no son sólo individuos, sino un conjunto con un lazo en común: un mismo destino. “La gente”, como expresión de individuos, sin el elemento en común entre ellos no le puede interesar la política. “El pueblo” como expresa un destino en común no puede dejar de interesarse en la política. “La gente”, por ende, sólo puede participar pasivamente mediante reclamos. “El pueblo”, por ende, debe participar activamente para construir ese destino en común. La concreción del camino hacia ese destino común es un programa político.

Sin ese programa político, las protestas no tendrán definidos los pasos siguientes, lo cual puede conducir a una frustración que degenere en una violencia innecesaria y dañina a los propios reclamos ya que darán la falsa impresión de que no es posible transformar la sociedad. Sin ese programa político, los reclamos quedarán como demandas genéricas y abstractas (“no queremos a ningún político”) y por esa causa serán inviables.

En concreto, sin la procura de ese programa político, “el argentinazo” podrá ser tomado como una manifestación de “la gente” y no de “el pueblo”. Como “la gente”, no hay rumbo a seguir porque no se lo ha procurado y no entiende la participación individual para su concreción si lo hubiera. Por lo tanto, no puede cambiar el rumbo. A no ser para peor.

Así, “el argentinazo” fue una manifestación política. De interés por temas políticos. No tomarlo así, es comprarlo no por lo que vale, sino por lo que dicen que vale.

“Bueno, lo vamos hacer; si lo vamos hacer bien esta vez,
“lo vamos hacer; realmente si lo vamos hacer, levantarlo hasta el cielo.
Estamos listos para perdonar algunos errores, pero empecemos,
Formemos un partido, ¿no saben cuánto tiempo tarda?”
(Paul McCartney)

Febrero 2002

 

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