Elías Castelnuovo

Las pocas antologías que se dignan recordarlo a regañadientes afirman que nació el 6 de agosto de 1893 en el barrio Palermo de Montevideo, y falleció el 11 de octubre de 1982 en Buenos Aires, que publicó varios libros de cuentos y ensayos sobre diversos temas, fue autor de varias obras de teatro y fundador del teatro Proletario que dirigió periódicos políticos y fundó con Roberto Arlt la Unión de Escritores Proletarios.

Quienes lo conocimos, sabemos que su vida estaba marcada por dos pasiones, la clase trabajadora y la literatura social, a los obreros los acompañó siempre pleno de solidaridad y sensibilidad social, obrero el mismo en las mas diversas tareas pintor, albañil, tipógrafo, maestro, ayudante de cirugía, trabajador de la madera, y con ellos con los obreros buscó en sucesivas experiencias la organización política que los expresara y fuese capaz de concretar sus reivindicaciones. A la literatura social la llevó en el alma desde sus cuentos descarnados y estremecedores dela época de Boedo enfrentando a los exquisitos y europeizados literatos del grupo Florida, hasta sus latigazos de caña fístula en periódicos de combate y sus memorias excelente reconstrucción de una vida plena.

Apenas un puñado de compañeros estuvimos en el cementerio aquel 10 de octubre de 1982, aquel día de su último viaje y alguien comentó: "como no vamos a ser pocos si Elías tenía encima todas las lepras; fue anarquista, después comunista, después peronista y finalmente de izquierda nacional. Efectivamente a causa de esas lepras, fue un maldito, pero esta vez prefiero no reconstruir los como y los porque de su vida, deseo en cambio que ellos broten naturalmente de una nota que redacté después de su muerte y que titulé "Adiós a un compañero". Un compañero como era él, con el cual se compartía el pan, quizás en ella falten algunos datos, pero sobra emoción y él la hubiese preferido así, seguramente.

Mi viejo y querido Elías, desando el tiempo para encontrarte una tarde de la primavera del 79 sentado en un sillón en la modesta salita de tu casa del Rastreador 404, con tu increíble flacura y tus piernas cruzadas interminables, enfundado en un pullover y un pantalón grises desgranando en enfáticos agudos tu protesta de sempiterno revolucionario; decía a mi me anda bien el hígado, el estómago el cerebro, todo, lo que me anda mal es el país A dónde nos quieren llevar, vas a la feria y cada 2metros te encontrás con un vecino a quien ya no le alcanza para vivir, yo le digo la verdad aunque sea tremenda, quieren robarnos la vida y a mi que pueden hacerme, a los 86años apenas pueden adelantar un poco lo que lamentablemente me va a suceder, pero ya le dije a Inés: Si ellos llegan alguna madrugada, vos los entretenés y yo me deslizo desde el primer piso por el caño que da al patio hasta la casa de al lado y me pierdo entre estos pasajes.

Y uno salía de tu casa mi viejo Elías, impregnado de una sabia nueva como quien acaba de remojarse en el agua pura y fresca de un arroyo con la esperanza reanimada al contagio de tu espíritu desbordante de juventud, esa tu alma incontaminada de las pequeñas miserias de todos los días, insólitamente fraterna en un mundo de áspera pelea y egoísmo desenfrenado, te evoco ahora en un frío atardecer del 81, tu cara flaca tallada a golpes de cincel, tu indócil melena blanca, el gesto peleador con un rictus de severidad en los labios que se desmorona luego en una mirada infantil, tremendamente transparente, de quien tiene una incapacidad visceral para el mal y de nuevo tu voz por momentos lenta intentando ser didáctica y de pronto encendida, entusiasta, vibrante, al reclamar contra la injusticia, entonces tu historia contada con naturalidad, con esa sencillez tan tuya de quien ha hecho solamente lo que debía hacer porque no pensó siquiera que podía hacerse otra cosa. Tu historia es rectilínea que tuvo un solo destinatario: los trabajadores.

Allá en 1919 entre las corridas la sangre y el olor a pólvora de la semana trágica, sin aflojar un tranco tu ideal anarquista, promoviendo un mundo fraterno sin patrones ni cosacos. Después en Boedo puliendo trabajosamente esa sintaxis recibida de una escuela primaria que te agarró apenas y que como a Nicolás Olivari no llegó a hacerte mella, obsesionado por los escritores rusos metiendo de prepo el dolor y los desamparados en el mundo decente de nuestra literatura con tus malditos, tus larvas y tus tinieblas. Más tarde adhiriendo al partido comunista de la Argentina al regreso del viaje a la URSS, buscando aún en sendas extraviadas a tus hermanos trabajadores, perseguido entonces Elías por aquel siniestro comisario Kusel que te la tenía jurada, te acordás, el fiscal me endilgaba los epítetos de enemigo de la patria y extranjero vil "Yo le retruqué diciendo que la enemiga de la patria era la cancillería inglesa, pues con sus maniobras había separado el Uruguay donde nací, de sus hermanos argentinos.

Cuando el fiscal me acusaba de ser un enemigo de la familia yo a mi vez lo acusaba de que él quería destruir mi familia, después el 17 de octubre, entonces que valor para quebrar compromisos con el estalinismo y descabezar sus ardiles ideológicos para sumarte a la caravana que venía a redimir la patria para iniciar al mismo tiempo su propia redención.

Yo renuncié contaba Elías, renuncié al partido comunista fundando mi renuncia en un pensamiento de Lenin "prefiero estar equivocado con las masas, que estar solo con la verdad, en contra de las masas"... qué es lo hice entonces, me fui de nuevo con las masas.

Así apoyaste el proceso de la revolución nacional, desde tu propia perspectiva, de izquierda nacional para continuar luego en los años malos del 55 tu lucha de siempre contra los poderosos desde revistas y semanarios de combate, sin darle jamás un respiro, fueron estas últimas décadas cuando publicaste Calvario y Jesucristo montonero de Judea, que te dejaron solo mi querido Elías, y ahí te estabas en tu barriecito de casas baratas, en compañía de tu Inés Delfino, insuperable compañera, visitado de tanto en tanto por los que te quisimos mucho y te valoramos como artista y te admiramos como ser humano. Un día te fueron a buscar en 1973, y te dieron el título deDr. Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, y no lo podías creer!, ... a mí que no tengo 4to. Grado..., dijiste entonces desde tu singular humildad, con esa frescura espiritual, envidiable de aceta, esa misma que emerge inconfundible en tu libro de memorias, libro sabio como dijera el P. Hernán Benítez, libro con sabiduría al alcance de todos, porque su saber va empapado de vida, libro humilde con humildad de quien sabe que no necesita engorar el gaznate para decir bellezas literarias, porque se siente en posesión de la verdad y la verdad es asiento de la auténtica belleza.

Esa fue la última pedrada a la vidriera exquisita de los monstruos literarios del sistema, después de la cual el hondero indominable se retiró dejando vagar su silueta flaca y larga sobre el horizonte, como la del quijote y también como él, pletórico de sueños.

No te pudieron Elías, ni con la tentación de los salones dorados, ni con gloriola de los suplementos literarios de los domingos, ni con las condecoraciones municipales, ni con la represión, no te pudieron, tampoco el silencio, el aislamiento, porque sabían que el pueblo daría su veredicto final y definitivo.

Y te fuiste como debías irte, cuando se te dio la gana, sin fanfarreas reaccionarias ni homenajes oficiales, no te importó por eso que un vespertino anunciara tu muerte confundiéndote con Alvaro Yunqui, tampoco, lo sé, te habrás entristecido cuando fuimos unos pocos los que acompañamos hacia la quietud definitiva, porque vos, viejo Elías, denunciabas en la transparencia de tu mirada, esa certeza íntima de que habías recorrido el camino bueno y que tu desaparición física era sólo una anécdota en ese devenir donde tus libros y tu conducta ejemplar trababan huellas indelebles capaz de retorcerle el cuello al tiempo, adiós, cristiano viejo, echále ahora a la parca aquél latigazo de tu hermano León Felipe, -eh tu muerte, yo soy el último que habla- y confundite gozoso en el universo con la alegría de los días por venir, porque el triunfo es nuestro compañero!.

Norberto Galasso en la UBA

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