Globalización: ¿ De qué estamos hablando?
“Globalización” es una de las palabritas en boga en los últimos años, repetida a menudo, pero generadora de confusiones. Por ello, parece oportuno aclarar su significado, pues de otro modo, puede incurrirse en errores políticos demasiado graves.
Puede entenderse por globalización el proceso desatado en los últimos años, especialmente en el terreno de la informática y consiguientemente aplicado al área financiera, que provoca una mayor intensidad en las comunicaciones, achicando distancias y tendiendo a conformar, con todo el planeta, una “aldea” global. Este indiscutible avance forma parte de la revolución científico-técnica y significa un notable progreso en las posibilidades del conocimiento y de la información, aunque también, en el mundo de las “bolsas”, una tendencia peligrosísima hacia una “timba” global donde se mueven valores que multiplican varias veces la riqueza producida por los terráqueos. Pero, más allá de virtudes y defectos, se trata de un proceso indetenible, resultado del desarrollo del capitalismo, de la ciencia y de la técnica.
Pero, por otro lado, también se entiende por “globalización” la eliminación de toda frontera económica y política, especialmente de los pequeños países respecto a los países capitalistas altamente desarrollados. En este caso, hay “globalizadores” y “globalizados”. Unos usufructúan la globalización y otros, la sufren. En nombre de la globalización, los países centrales reclaman a los periféricos que apliquen una apertura económica indiscriminada para mercaderías y capitales, una libertad total para el giro de utilidades y los juegos bursátiles y más aún, les señalan que también la “globalización” ha concluido con las soberanías, porque, en un mundo “globalizado”, todos somos hermanos. Ocurre, sin embargo, que quienes impulsan este discurso otorgan subsidios a sus producciones, arancelan determinadas importaciones, reglamentan los ingresos al pasar sus fronteras y, ¡oh, sorpresa!, practican una política internacional no sólo nacionalista sino expansionistas colocando sus intereses, “míseros intereses nacionales”, por encima de los intereses de la humanidad (así bombardean pueblos como en Irak o Yugoslavia, bloquean países como Cuba, etc.). Este modo de entender la “globalización” implica sostener “el pensamiento único”, que es el “fin de las ideologías” para todos, menos para quien propicia la globalización. Todos seríamos iguales, hermanos, pero algunos más “iguales” que otros. Desde esta perspectiva, “globalización” equivale a una palabra que no aparece en “los medios” y que algunos intelectuales combativos de otrora ya no osan pronunciar: imperialismo.
De modo tal que, en el primer caso, no nos oponemos a que el mundo avance con el progreso científico-técnico, no sólo porque sería un esfuerzo vano, sino porque ese avance implica –como dijo alguien que conocía estas cosas– que los notables desarrollos de las fuerzas productivas quiebran a las viejas relaciones de producción, ya anacrónicas, que deberán ser reemplazadas por otras.
En cambio, la “globalización” –como se entiende en su segunda concepción– debe ser denunciada como el manto tras el cual se esconde la expoliación de los pueblos, la misma que se efectuó años atrás bajo el nombre de colonialismo y luego, de imperialismo.
Lo que está ocurriendo en la Argentina muestra irrefutablemente los efectos de la política globalizadora, colonial, destructiva del hombre argentino lanzado a la desocupación y la miseria. Ni que hablar de la situación de la cultura y la educación. Todos conocemos el verdadero rostro siniestro que se oculta tras esta palabreja tan llevada y traída. De ahí la necesidad de aunar esfuerzos para combatir en todos los terrenos, esta nueva estrategia expoliadora.
Centro Cultural "Enrique Santos Discépolo"
Buenos Aires, marzo 2001.


