¿Es un error argentino? (*)
1.- Un libro testimonial
Ultimamente, Eduardo Bakchellian, creador y actual dueño de la empresa Gatic, ha lanzado un libro muy interesante. Lo ha titulado “El error de ser argentino”, apuntando a que “la Argentina es un país al revés” y por tanto, en vez de organizarse para el progreso y crecimiento de quienes apuestan a ella con sus inversiones, funciona de tal modo que los convierte en víctimas, “tercos soñadores, tontos o tarados”. El subtítulo del libro es “Vida, pasión y desventuras de un industrial. La historia de Gatic S.A.” y en verdad, constituye un análisis descarnado de las vicisitudes sufridas por un empresario, desde sus orígenes, su notable ascenso que lo lleva a “tener 19 plantas de producción” y ser “el mayor fabricante de calzado y ropa del país”, hasta su estado actual de convocatoria, como consecuencia de la política económica aperturista. Subtitula también “La historia de un país”, muy acertadamente pues se trata, en verdad, de un relato que pone al desnudo de qué manera se quiebra todo intento de desarrollo industrial en la Argentina y en este sentido, se constituye en manual indispensable para quien desee conocer en profundidad nuestra historia.
Hay que agradecerle a Bakchellian esta exposición de su calvario, efectuada con insólita valentía. No omite nombres de coimeros, ni vacila en calificar de “estafadora” a la gente de Bunge y Born -quienes crearon “un simulacro de fábrica para eludir impuestos”- al tiempo que acusa a la empresa rival “Alpargatas” de ejercer influencia para que un economista amigo, directivo de la Dirección General Impositiva, lanzara una inspección contra Gatic, como parte de la guerra por el mercado. Asimismo, denuncia la “apretada” del ex embajador yanqui Mr. Cheek quien le exige que ceda terreno o le va a “pegar con el Fondo Monetario” o desnuda la estrategia de empresas multinacionales como Adidas, capaz de pelearle el mercado a su licenciataria Gatic. Por supuesto, también hay que agradecerle a Bakchellian su condena violentísima a la apertura económica, que lo ha puesto hoy contra las cuerdas. Como se imagina el lector, estas cosas que dice Bakchellian son justamente las que no se le enseñan a los estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas, las que no están en las profusas bibliografías dirigidas a fabricar “economistas fundamentalistas de mercado”, como certeramente los llama el autor, para que después de barnizarse en Harvard se ocupen, desde el Ministerio de Economía, de defender los intereses de los grandes consorcios internacionales en perjuicio de la industria nacional.
Por estas razones -así también por el juicio equilibrado y hasta de simpatía que Bakchellian dispensa a los guerrilleros del 70 que lo secuestraron- uno debería felicitar al autor y agradecerle, no sólo su lucha de tantos años (y su reconocimiento a los colaboradores de la empresa que lucharon junto a él), sino también este testimonio sin igual acerca de la industria nacional de hoy y de ayer. Pero, sin embargo, lamentablemente, la que podría haber sido una clase magistral sobre el tema, va acompañada de una incomprensión sobre el aspecto fundamental de la cuestión: la relación entre el progreso de su industria y los planes económicos aplicados en la Argentina. Nos sorprende, entonces, que este hombre que ha estado –y está– heroicamente en medio de la batalla, no comprenda todavía quién es el enemigo.
Es como si la Historia argentina nos dijera: -Aquí les muestro a un industrial golpeado, sacrificado, acorralado, para que les cuente su desventura, pero en él mismo están las huellas del modelo económico que lo golpeó, lo sacrificó y lo acorraló, sin que él pudiera advertir de donde venía el golpe, la cruz y el corral.
Pero mejor digámoslo como si estuviéramos con Don Eduardo en plática suelta, de mesa de café. Probablemente, él, que es hombre inteligente, capte lo fundamental de nuestra reflexión, lo cual sería bueno, pero, en definitiva, nuestro objetivo va más allá: que quienes lean este libro imprescindible le saquen el mayor jugo posible, para las luchas por venir.
2.- ¿ Alguien que escribe en prosa sin saberlo?
Usted dice muy bien, Eduardo: “la salida está en crecer hacia adentro” (pág. 201). Aquí está la cuestión: un país joven, que carece de siglos de historia industrial como los países altamente desarrollados tiene enormes dificultades para competir en el mercado internacional (dada la diferente productividad por hombre, nivel tecnológico, etc.) por lo cual debe mirar fundamentalmente hacia el mercado interno. Allí encuentra la posibilidad de vender, reinvertir, ampliar la producción, volver a vender, etc. , lo que usted sabe. Pero, si se aplica una política económica aperturista, que deja ingresar libremente a toda la competencia del mundo -con un tipo de cambio sobrevaluado que facilita la importación- tanto la altamente desarrollada como también la que produce con salarios muy bajos, las empresas nacionales se funden. En la Argentina, donde enseñan a adorar al dios Mercado, decía no hace mucho un economista, la empresa nacional no puede exportar ni puede vender adentro, es decir, carece de mercado.
Por eso usted dice bien: “Los de afuera nos devoran con una impunidad alentada por economistas de escritorio que desconocen hasta el elemental olor de la realidad” (pág.195). Es cierto, aunque no lo último: esos economistas no son tontos, Eduardo, no se confunda. Son demasiado vivos. Saben qué intereses están defendiendo y por eso el mundo capitalista desarrollado les tiene confianza. También con razón usted asemeja la apertura al genocidio al referirse a las ocho plantas que tuvo que cerrar “por culpa de una apertura que solo sirvió para estrangular, para cerrar. A los genocidios ahora se los disimula con la careta de otros nombres. La apertura indiscriminada es una de esas criminales caretas utilizadas para aniquilar la vida de miles de personas, de trabajadores capacitados” (pág.199). En otra parte, también señala: “Casi 25 marcas ingresaron con la brutal apertura y fueron derecho al canal de distribución que nosotros habíamos creado y que liderábamos” (pág.252). En definitiva, Eduardo, usted, según la experiencia vivida, necesita un razonable grado de protección aduanera y una fuerte demanda interna para crecer hacia adentro, y si puede encontrar algún nicho favorable, exportar el excedente.
¿Estamos de acuerdo? ¿Entiende usted que como empresario nacional necesita esas dos columnas para el “circulo virtuoso” del crecimiento y no el “circulo vicioso” de la recesión y la ruina? Ahora, por favor explíqueme cómo usted no entiende cuando existió esa política económica en la Argentina, trazada premeditadamente para ese desarrollo y cuando dejó de existir, también premeditadamente, para hundirlo a usted, a Gatic y a las mayorías populares en esta depresión sin destino.
Usted mismo lo reconoce a través de su libro cuando describe la realidad y en cambio, lo desconoce cuando acepta los mitos que impuso la vieja oligarquía agropecuaria justamente para que no se desarrollase la industria. Se lo voy a demostrar. Pero, antes, quiero advertirle que en esta argumentación no hay propósito partidista alguno. La reivindicación de esa política económica nacional, hacia adentro, aplicada desde 1945 -como la única ensayada en la Argentina, aunque con los inevitables errores de toda obra humana– la hacía don Arturo Jauretche que era un peronista heterodoxo y la comparto yo, que no soy peronista, sino un hombre de izquierda nacional.
Usted lo describe, Eduardo, magistralmente: “Villa Piaggio era una villa fantástica, cada tres o cuatro casas se escuchaba el ruido de los telares o de tornos (Partido de San Martín, entre 1952 y 1953) ...De un lado estaba todo lo que era la General Motors; muy cerca, la Vermouth Martini. No lejos se veían los barrilones, la descarga del Ferrocarril Mitre. Villa Piaggio era como una gran familia, todos se conocían. Bullía por el trabajo. Era música ...Me despertaba y no me podía dormir cuando cesaba el ruido de los telares los sábados por la noche” (pág.109). ”Era tanta la demanda”, dice usted, en 1954. ¿Lo recuerda, Eduardo? “Entregábamos las zapatillas recién salidas de los moldes, calientes y la chica que rebarbaba no daba abasto. Les decíamos a los clientes que si no querían esperar les dieran una mano a nuestra operaria. Les dábamos tijeras y ellos mismos refilaban y hasta nos ayudaban a guardarlas en las cajas. Impresionante” (pág.116). Efectivamente, Eduardo: impresionante. Y lo dejo seguir hablando, porque usted es sabio cuando describe, pero no parece serlo cuando saca conclusiones, como se verá: “En esos tiempos la industria del calzado era fuertísima en la Argentina. Había fábricas de 4.000 a 5.000 pares de plantillados por día...Era tan floreciente esa industria” (pág.117) “...Entonces, todo se solucionaba por correo (los pagos). Nunca había problemas de plata. Era la Argentina pagadora ésa. Año 1954” (pág.118). ”Fueron años en que realmente hubo una buena evolución industrial. Había un mercado que era importante...” (pág.121). “...La industria funcionaba, íbamos creciendo” (1955) (pag.123). Y ahora, Eduardo, ¿cómo está Villa Piaggio? Usted lo sabe y lo dice con todas las letras: “Como el país: desolada, tristísima. En lugares como Villa Piaggio o Villa Lynch no se escucha más el ruido de los telares o de los talleres. Es tremendo ...Fueron cerrando por cientos, por miles. Ahora es el silencio ...el silencio de la desocupación, un silencio parecido al de los cementerios” (pág. 109). Exacto, Eduardo, ¡usted lo ha dicho!
¿Qué es lo que ha ocurrido entre esos años? No se trata, por supuesto, de que se haya reemplazado la carismática sonrisa de Perón, del 45, por la farandulesca imagen de Menem o el bostezo abismal de De la Rúa sino, y usted lo sabe mejor que nadie, porque se eliminó la protección aduanera y el Banco Industrial con créditos baratos en épocas de inflación (que financiaba a los industriales), se acabó el pleno empleo y por consiguiente se redujo notablemente la demanda. Son dos políticas económicas antagónicas.
3.- ¿Cuándo hubo para el pueblo una “Gran Argentina”?
Por eso yerra usted cuando habla de la gran Argentina anterior al 45 (pág. 19). No la hubo, Eduardo. Hubo una granja semicolonial organizada para producirle carne barata a los ingleses y consumirle sus manufacturas. Usted, porque es industrial nacional y porque es inteligente, no puede compartir el mensaje oligárquico antiindustrial de esos economistas que hablan de “populismo” y de “demagogia” (pág. 73), usted no puede exaltar “la moneda quieta, la moneda dura, una de las más sólidas de Occidente. Y eso fue hasta 1945, después vino el desbarranque” (pág.19). Esa moneda dura es ésta, Eduardo, la de hoy, la que llevó a Gatic a la convocatoria. Si a usted le gusta, entonces, ¡escupa al cielo y aguante las consecuencias!
Tampoco usted puede sostener que “el primer acto de demagogia (del gobierno del 43) fue bajar los alquileres y congelarlos por años” (pág. 23) porque esa, precisamente, constituye una política antirentística, antiparasitaria, industrialista, para que los capitales no vayan, como usted muy bien critica a los invertidos en Punta del Este, a la inversión inmobiliaria sino a las industrias en desarrollo.
Fíjese el contrasentido, Eduardo, yo que soy socialista lo tengo que convencer a usted que es un empresario nacional, de los beneficios de una política económica nacional, donde, por ahora, debemos coincidir en un gran frente, aunque después vamos a disentir cuando usted pretenda que sea en beneficio de la empresa privada y nosotros, en cambio, de formas colectivas de producción, desde las cooperativas hasta la empresa estatal. Fíjese la paradoja: como decía el viejo Jauretche, “hemos llegado a un punto en que los hijos tienen que enseñarle a los padres, cómo se hacen los hijos”.
Le insisto en esto: no me mueve la reivindicación del peronismo, sino la de una experiencia de política económica nacional. Y esta es su propia historia: ni usted ni su padre habrían tenido los 24 telares del IAPI en la Gran Argentina de que usted habla, en los años veinte o en el Centenario. Los tuvieron en el 1948 y usted se hizo técnico textil en esa época. Si hubiera nacido treinta años antes, igual recién se habría hecho técnico textil en 1949, porque antes de 1935 (cuando empieza a operar el proteccionismo natural de la crisis y luego de la guerra) se le hubieran reído en la cara, mientras le mostraban el casimir inglés importado.
Solo le pido que analicemos nuestras experiencias y desventuras y saquemos conclusiones valederas para el futuro. Usted señala muy bien: “extranjerización casi total de la economía, desocupación con la consiguiente marginación social, precarización de salarios, destrucción de los sectores productivos, acumulación absolutamente desigual en ambos extremos; en uno, muy poco beneficiados y en el otro, la enorme mayoría eliminados o expulsados. Qué otra cosa puede provocarle la globalización a un país que está con su moneda en una especie de cepo de 1 a 1, paralizado en todos sus sectores productivos menos el financiero y el de los servicios, por supuesto que estos últimos en manos extranjeras. Hablando en criollo: ¡Viva la globalización!, ¡Muera la Argentina! (pág.238) ¡Excelente, Eduardo, excelente! ...Pero dos líneas más abajo, no lamente la renuncia de Cavallo que fue el factotum de esta política. Esto lo hizo Cavallo, Eduardo, el mismo Cavallo que cuando usted le planteó que Gatic se iba a la quiebra por la apertura, le habló de una “ley preventiva que nunca salió” (pág. 180) y no me diga “tal vez la habría sacado de no haber renunciado” (pág. 180). Tiempo más tarde, también Cavallo le dijo que lo iba a defender ante la agresión comercial de Adidas: ”No lo vamos a tolerar. Vamos a sacar una ley” (pág. 263) y tampoco sacó nada y sin embargo, usted persiste en negarse a creer que Cavallo tuviese alguna relación con “una empresa dedicada a importación y distribución de la marca Reebok, según publicó la revista Noticias” (pág. 275), que competía con sus productos, con esa misma buena voluntad que usted manifiesta respecto a Bernardo Neustadt, en pág. 2l3, otro de los directos responsables de la política instalada por Martínez de Hoz y profundizada por los gobiernos que le siguieron.
4.- No es un error ser argentino.
Disculpe, Eduardo, si alguna crítica fue demasiado incisiva, pero le confieso que usted por momentos, mientras leía el libro, me sacaba de las casillas. Yo lo veía avanzar en reflexiones correctas -“crecer hacia adentro”, “condenar la deformación económica que llevó a la Cabeza de Goliat”- y usted me defraudaba recurriendo a Martínez Estrada en vez de ir en busca de Scalabrini Ortiz. Sin embargo, a pesar de todas nuestras diferencias, creo que usted y tantos otros empresarios de capital nacional, a quienes les interesa el mercado interno, cabalgarán junto a los trabajadores en el próximo frente nacional que habremos de constituir para enfrentar a este modelo de destrucción y vasallaje. Participaremos de la misma caravana pero teniendo en claro el enemigo común (sólo dos veces, mi estimado Eduardo, menciona usted en su libro al FMI) e incluso sabiendo que nuestros objetivos estratégicos son distintos. Pero, habremos de abrir un camino nuevo, seguramente.
Por esta razón, porque daremos lucha y porque crearemos caminos nuevos, no es un error ser argentino.
Centro Cultural "Enrique Santos Discépolo"
Buenos Aires, enero 2001.
(*) En referencia al libro "El error de ser argentino. Vida, pasión y desventuras de un industrial. La historia de Gatic S.A.” de Eduardo Bakchellian


