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Norberto Galasso a Jorge Sulé, en respuesta a la segunda carta abierta que le dirigió Sulé en noviembre 2005

NORBERTO GALASSO A JORGE SULÉ
EN RESPUESTA A LA SEGUNDA CARTA ABIERTA PUBLICADA en:
"Pensamiento Nacional", noviembre 2005

Buenos Aires, 10 de diciembre de 2005

Estimado Sulé:

He recibido su segunda carta abierta, que paso a contestar. En ella, usted reitera que “Rosas es la llave de bóveda para la interpretación de la historia argentina del siglo XIX”. Además, frente a mi afirmación de que para usted la cuestión reside en Rosas y “no en San Martín, ni en Yrigoyen, ni en Perón”, responde acertadamente que “Yrigoyen y Perón dieron su máximo testimonio político en el siglo XX”. Por supuesto, lo sabía pero ocurre que es tal la insistencia del revisionismo rosista, tal la centralidad en Rosas que otorgan a toda discusión, tal la concentración de esfuerzos en la defensa del Restaurador, que esa actitud me llevó a suponer que el revisionismo rosista pretendía centrar en Rosas no sólo el siglo XIX sino también el siglo XX y por eso, hice referencia a Yrigoyen y a Perón. Sin embargo, y ahora con respecto al siglo XIX, observo que ni siquiera se le ocurre que San Martín podría disputarle a Rosas ese lugar clave que usted le otorga exclusivamente. Más aún, afirma que “San Martín está lo suficientemente esclarecido como para reiterarlo”.

Lamento disentir, profesor Sulé y esto agrava nuestras disidencias. San Martín ha sido vaciado por Mitre (ni proyecto unificador, ni opositor a Rivadavia, etc., etc.) y ello ha permitido que hace unos años haya sido imputado como agente inglés, en el libro “San Martín y la tercera invasión inglesa”, por el doctor Juan Bautista Sejean (Editorial Biblos, Bs. As., 2000, varias ediciones). Sejean sostiene que al Gran Capitán lo sobornaron en Londres, en 1811, pues ésta sería la única explicación de que un hombre modelado por España desde los seis años, después de 30 batallas como militar del ejército español y siendo teniente coronel de caballería de dicho ejército, haya decidido venir al Río de la Plata a combatir ... ¡contra el ejército español!. Según esta tesis de Sejean, los argentinos tendríamos un “padre de la Patria” que era agente británico, opinión que se sustenta en la errónea caracterización que ha prevalecido hasta ahora sobre la Revolución de Mayo.

Mitre sostiene que la revolución de Mayo fue “por odio a España”; ustedes, los revisionistas rosistas, afirman se realizó para no caer bajo la dominación francesa para el caso de que Napoleón lograse dominar totalmente la península. Como le dije en mi anterior, esta interpretación no me convence porque si hubiera sido así, al ser derrotado Napoleón, los continuadores de Mayo debieron entregar las armas y volver al seno de la España tradicional, con Fernando VII restituyendo la Inquisición y persiguiendo a los democráticos. No fue así, en cambio, sino que se planteó justamente la urgencia de la independencia, a partir de 1814, al concluir la amenaza francesa por la reinstalación del rey Fernando VII, sostenido por la Santa Alianza.

Ni la interpretación mitrista ni la interpretación rosista permiten explicar el regreso de San Martín en 1812. Por supuesto, descarto la versión infantil de que una tarde, en Cádiz, San Martín percibió el “llamado de la selva misionera”, o tuvo nostalgias de los gorjeos de pájaros escuchados en su infancia o lo tomaron “las fuerzas telúricas” o se acordó, de pronto, que era hijo de india, en cuyo caso habría servido más de dos décadas (1789-1811) a los verdugos de sus antepasados.

La explicación la da Juan B. Alberdi –y luego la ratifican Manuel Ugarte y José León Suárez, entre otros- al caracterizar a la Revolución de Mayo “como un detalle de la revolución americana, y a ésta como un detalle de la revolución española de 1808 y de la francesa de 1789”. Es decir, Mayo fue un movimiento democrático, popular –“el evangelio de los derechos del hombre”, como afirmaba San Martín- dirigido a reemplazar al virrey, expresión del absolutismo, por una Junta Popular, semejante a las de España. No se originó en “el odio a España”, ni en propósitos separatistas o independentistas. Por esta razón, San Martín no fue un agente inglés sino que vino a continuar en América la lucha que venía dando en España, porque era una misma y única revolución (contra el absolutismo aquí y allá, por las Juntas Populares aquí y allá). Pero, para sostener esta tesis es preciso cuestionar a Mitre, en sus biografías de Belgrano y San Martín, y si se cae Mitre, se cae Grosso, se cae Groussac, se caen Levene, Astolfi e Ibañez y ¡entonces se caen las estatuas y los letreros de las calles! Fíjese si resulta importante ubicar a San Martín como corresponde: hijo de la Revolución Francesa y de la Revolución Española, hispanoamericano, libertador y con programa unificador de la Patria Grande, expropiador de fincas y ganados en Mendoza, jefe de un ejército latinoamericano en Operaciones independiente de todo gobierno (acta de Rancagua), defensor de la política nacional de Rosas ante las agresiones extranjeras, admirador de Bolívar, cuyo retrato tenía frente a su cama en el destierro europeo.

Como usted ve, los dos somos revisionistas, pero hay una apreciable distancia entre el revisionismo tradicional y el revisionismo federal provinciano. No sólo respecto a San Martín, sino que para nosotros la cuestión nacional recorre toda la historia argentina y por tanto nos preocupamos de defender a los caudillos federales difamados por el mitrismo, pero también al irigoyenismo difamado por los conservadores, así como al peronismo, derrocado en 1955 por la acción conjunta de quienes provenían de la Unión Democrática y del nacionalismo clerical.

Pero esta cuestión nacional es la del país todo y la de América Latina en su conjunto, en tanto ella es una nación a reconstruir, fragmentada por las políticas imperialistas, con la complicidad de las oligarquías entreguistas. Hoy, los estados desunidos de América Latina van en camino de recomponer la Patria Grande y desde esta perspectiva, “la llave de bóveda” en el siglo XIX (y en siglo XXI) reside en mayor medida en San Martín, quien quiso recuperar la Patria Grande, que en Rosas quien practicó un correcto y fervoroso nacionalismo territorial frente a las agresiones extranjeras –lo que aplaudimos- pero no desarrolló una política de unidad nacional que necesariamente pasaba por dictar la Constitución, nacionalizar la aduana y abandonar la exclusividad del puerto de Buenos Aires.

Fíjese, estimado Sulé, la enorme diferencia entre lo ocurrido con Rosas y lo ocurrido con Perón, si hablamos de “llave de bóveda”. Rosas se exila y sus hombres se dispersan, unos se suman al mitrismo (como Lorenzo Torres, Elizalde y Anchorena, por ejemplo) y otros al urquicismo (como Tomás Guido y los caudillos que van al acuerdo de San Nicolás y luego acompañan en la Constitución del 53). El federalismo rosista se acaba en 1852, precisamente porque carecía de raigambre a nivel nacional. Era un nacionalismo bonaerense, con apoyo popular en la provincia de Buenos Aires y en la clase alta, como bien lo aclara Gálvez al mencionar a “los amigos y funcionarios de Rosas”: los Arana, Anchorena, Beláustegui, Unzué, Paz, Terrero, Elizalde, Pinedo, Pacheco, Ezcurra, Villegas, Oyuela, Riglos, Oromí, González Moreno, Senillosa, Escalada, Argerich, Ortiz Basualdo, Pereira, Vela, Lezica, Sáenz Peña, Lahitte, Pereda, Cárdenas, Vivot y muchos más” (“Vida de Don Juan Manuel de Rosas”, edición TOR, pág. 378).

Considero que Rosas era mejor que todos ellos –indudablemente, integrantes de la oligarquía ganadera que pacta luego con los ingleses- pero ellos se quedaron con las tierras de la pampa húmeda y el propio Rosas lo reconoce, en carta a Terrero: “Entré y seguí por ellos (los Anchorena) y por servirlos en la vida pública. Durante ella, los serví con notoria preferencia en todo cuanto me pidieron y en todo cuanto me necesitaron. Esas tierras que tienen, en tan grande escala, por mí se hicieron de ellas, comprándolas a precios muy moderados. Hoy valen muchos millones lo que entonces compraron por unos pocos miles” (Carta de Rosas a Terrero, 2/11/63). Estos Anchorena -que en tiempos de Rosas vendían tasajo a los mercados esclavistas de Cuba, Brasil y Estados Unidos- podían ser patriarcales, tradicionalistas y ostentar un nacionalismo defensivo ante una agresión británica, pero, luego, a medida que se extienden las líneas férreas inglesas, se establecen los frigoríficos y mejoran la calidad de sus ganados, se asociarán al imperialismo, en la división internacional del trabajo, que nos somete a ser “Granja de su Graciosa Majestad”, productora de carnes baratas y se olvidarán de Rosas, a quienes se negarán a pagarle sus servicios como administrador de sus estancias, que éste les reclama.. Organizado el país como semicolonia agroexportadora se le opondrán las montoneras del noroeste y las bases de Urquiza, insurre
ccionadas por López Jordán. Por eso no hay continuidad del rosismo, como movimiento político-social, después del exilio de Don Juan Manuel.

Con el peronismo ocurre todo lo contrario: los trabajadores van a “la resistencia”, al voto en blanco, a la insurrección. Proscripciones, torturas y fusilamientos jalonan la lucha de 18 años hasta el retorno del líder. Hoy, a 50 años de la caída de Perón, el peronismo –a pesar de los esfuerzos para hundirlo por parte de la mayoría de sus dirigentes- es la fuerza mayoritaria en el país. De aquí la diferencia entre Perón y Rosas, y asimismo entre San Martín, hoy más vigente que nunca, y Rosas, expresión de un nacionalismo circuns
cripto a la época en que se podía ser nacionalista y al mismo tiempo defender el orden consagrado, situación que desaparece cuando nos domina el imperialismo pues entonces la defensa de la nación inevitablemente conduce a cuestionar el orden agroexportador, es decir, el nacionalismo solo puede subsistir si se hace revolucionario.

Pero, de cualquier modo, Sulé, no se trata –como usted parece señalar- de que yo pretenda negarles el derecho a ser revisionistas: solamente dije y sigo diciendo –lo que originó la polémica- que hay diversas corrientes historiográficas, cada una con su perfil, su historia, sus hombres y digo también que las diferencias son tan importantes que no es posible continuar insistiendo en que hay un solo revisionismo. A mí, por ejemplo, me gusta mucho encontrar analogía entre la lucha de San Martín y la lucha del Che, enfrentando ambos a los reaccionarios de su tiempo, cada uno con su táctica, su ideología ligada a la época en que actuaron, etc. y ambos integrando esa larga lista de patriotas latinoamericanos que bregaron por independizar a nuestros pueblos de la opresión imperialistas y unificarlos, como decía Martí, para que “el Vecino no la desdeñe ... y saque de ella las manos”. En cambio, a usted no le gusta la comparación y la descalifica como producto de “caribeñas imaginaciones ideológicas”. El común amigo Fermín Chávez parece no estar de acuerdo con usted en esta cuestión ... Pero, bueno, cada uno tiene derecho a pensar como quiera y a alinearse en la vereda que desee. Lo que no estoy de acuerdo –le reitero- es meter en la misma bolsa a Ibarguren con Hernández Arregui, a Irazusta con “Frente Obrero”, a Oliver con Terzaga.

Como usted seguramente ya comprendió, desde mi óptica es tan respetable un caudillo de la provincia de Buenos Aires, como uno de Entre Ríos, como otro de la Banda Oriental y la Mesopotamia. Y son respetables no por sus discursos, ni las batallas ganadas, sino porque expresan a los pueblos de cada una de esas provincias, es decir, a los oprimidos que a través de esos caudillos buscan su liberación. Estoy convencido de que la Historia la hacen los pueblos –las clases sociales, para ser más preciso- y no los grandes hombres. Por eso, cuando me dicen que Urquiza es el jefe del ejército de la Confederación que se vendió al Brasil por unos patacones, no comparto esa interpretación porque considero que de haber sido así el pueblo entrerriano no lo hubiera seguido, ni tampoco el resto de los caudillos, es decir de los pueblos del interior, lo hubiese acompañado en el Acuerdo de San Nicolás. Por eso, estoy convencido de que Urquiza fue un traidor, pero no en Caseros – a pesar de la alianza con Brasil y con los unitarios que, como usted sabe, duró muy poco- porque de haberlo sido habría perdido, en ese momento, su base social de sustento, como sí la empezó a perder cuando se sumó a la guerra contra el Paraguay y la gente se le desbandó en Basualdo y Toledo. Y tan traidor que no sólo sus hombres se le sublevaron sino que murió en una insurrección de su propia gente y ajusticiado, como correspondía, por un chachista como Simón Luengo. Sobre su muerte cayeron los juicios de dos hombres que lo apoyaron en la década del cincuenta: José Hernández: “Su muerte (la de Urquiza), mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él ...” y Alberdi: “Representó (antes) el nacionalismo argentino; hoy es el brazo zurdo del localismo de Buenos Aires contra la República Argentina”.

Por eso, desde mi análisis materialista histórico, tiene más fundamento la explicación de que toda la provincia de Entre Ríos estaba perjudicada por la política del puerto único sostenida por Rosas, como así todo el país estaba afectado por el control exclusivo de las rentas aduaneras por la provincia de Buenos Aires. Si Rosas hubiera desarrollado una política que contemplase los intereses de lo que en aquel tiempo ya podía llamarse pueblo argentino, ni López Jordán, ni José Hernández, ni Urquiza, ni El Chacho, ni Felipe Varela, se hubieran definido antirrosistas. En ese caso, seguramente, su exilio hubiera sido seguido por sublevaciones y luchas populares- como las ocurridas cuando se exila Perón, un siglo después- y seguramente Rosas hubiera regresado triunfalmente sostenido por una marea social tan impresionante como la que trajo a Perón en 1972.

El revisionismo rosista no repara en estos argumentos porque, en última instancia, no confía en los pueblos (recuerde que Anzoategui fue rosista porque Rosas era blanco y no tenía una gota de sangre negra o india) sino en los grandes hombres. Esto me lo demuestra usted mismo cuando se refiere compasivamente al Chacho y a Felipe Varela, apoyados por el pueblo del noroeste, como dos tontos que creyeron en Urquiza, o cuando, según sus consideraciones, el pueblo paraguayo se hizo matar sin razón, citando a su amigo Juan Pablo Oliver quien descalifica los avances realizados por los gobiernos de los López, a quienes el pueblo paraguayo seguía probablemente porque, como decían los gorilas respecto a Perón, tenían sonrisa carismática y discursos demagógicos que engañaban a los incautos. Por otra parte, una linda “manito” le dio Oliver al mitrismo con esos argumentos que usted reproduce, semejante a la que le da Julio Irazusta a Don Bartolo, en su “Balance de siglo y medio”, juzgándolo defensor de los intereses nacionales, concesión que seguramente le facilitó a don Julio tanto su amistad con Victoria Ocampo, como su ingreso a la Academia.
(Y hablando de Academias, Sulé, me ha llamado la atención que bajo su firma, usted agregue “Académico de Número”, en fin, usted sabrá, pero me parece “poco peronista”, demasiado respetuoso del prestigio del sistema, porque usted sabe que -para la militancia- “academia” sólo tiene signo futbolero, “de tablón” y ahí tampoco acordaríamos porque un “cuervo” como yo, nada que ver con Racing).

Volviendo a la seriedad: el ensayo paraguayo es, para nosotros, el antecedente del crecimiento autocentrado, de la desconexión respecto al imperialismo y ahora resulta que usted se complace en que Oliver se haya dedicado a “desalentar las extravagancias de no pocos charlatanes que hablan del adelanto y el progreso del Paraguay”. Le reitero: el mitrismo agradecido.

Por otra parte, Sulé, usted brinda información acerca de las relaciones de Urquiza con el Brasil o con algunos negociantes, que las hubo y muy intensas (aunque omite por ejemplo señalar las “sesiones de junio”, la oposición frontal de Mitre respecto a Urquiza y el golpe del 11 de setiembre de 1852, típicamente oligárquico, así como que Sarmiento se desterró a 20 días de Caseros traicionado, a su entender, por Urquiza, a quien juzga un Rosas entrerriano). Asimismo, usted afirma que no existió nacionalización de la aduana y ahí tampoco coincidimos. La Constitución de 1853 convirtió a Buenos Aires en la Capital Federal y por lo tanto, los ingresos aduaneros correspondían a la totalidad de la Nación y debían ser distribuidos, pero la reforma de 1860, impulsada por Buenos Aires, dejó sin efecto esa disposición, que se restablece después, en 1880.

Lo cierto, mi estimado Sulé, es que esta polémica se está convirtiendo en diálogo de sordos como consecuencia de la distinta óptica con que enfocamos los acontecimientos, lo cual, en definitiva, me otorga razón en el sentido de que existen diversas expresiones de revisionismo histórico que responden a distintas concepciones ideológico-políticas, a su vez, provenientes de los diversos lugares de la sociedad donde cada uno se ubica. Por ello, juzgo que el intercambio entre nosotros va llegando a su fin pues aquellos sucesos que para usted son trascendentales, no lo son para mí y a la inversa. Discutiendo hechos aislados, sacados de sus contextos históricos, seguirían eternamente nuestras divergencias para concluir, al final, en que usted es un hombre del nacionalismo-peronista y yo, de la izquierda nacional, es decir, lo que ya sabíamos.

Tomando “hechos aislados”, podría decirle que no puede ser “llave de bóveda“, un hombre como Rosas que, cuando es derrotado, recurre al cónsul inglés, se exila en Southampton, cultiva relación con políticos del Imperio Británico al extremo de designar su albacea a Lord Palmerston. Y asimismo, recordar aquel testimonio del magistrado chileno Ramón Guerrero, que Rosas no rectificó y José L. Busaniche da por bueno: “Yo también he querido a la Inglaterra- dijo Rosas- y creo que es la única nación con quien deben estrechar sus relaciones las repúblicas sudamericanas y tener confianza en ella” (Busaniche, “Rosas visto por sus contemporáneos”, pág. 202)

(No creo necesario abundar en datos respecto a las opiniones favorables de los comerciantes británicos de Bs As, que no fueron molestados por Rosas en sus negocios, ni en aquel testimonio de Lucio Mansilla acerca de la época del gobierno de su tío Juan Manuel: “Ser inglés, verbigracia, ¡qué pichincha entonces!”
(Mansilla, Mis memorias, Edit. El Ateneo, Bs. As., 1978, pág. 66)

Probablemente, usted me conteste con los argumentos que dio al respecto nuestro común amigo don Pepe Rosa: “Estar en guerra contra extranjeros, no significa odiarlos: los ingleses eran patriotas que combatían por el engrandecimiento de su patria y Rosas era un patriota que luchaba en defensa de la suya ... Los imperialistas combaten a los nacionalistas con todas las armas posibles, pero íntimamente los respetan y admiran. Es comprensible que así sea. Tampoco un nacionalista odia a un imperialista: luchará contra él hasta dar o quitar la vida en defensa de la patria chica, pero no tiene motivos personales para malquerer a quien sirve con toda buena fe el mayor engrandecimiento de la suya ... Por eso Rosas vivió sus últimos años en Inglaterra. Lo rodeaban gentes que sabían lo que era el sentimiento de patria y admiraban al jefe de aquella pequeña nación americana que los venciera en desigual guerra” (“El revisionismo responde”, págs. 181 y 182). (Sería interesante conocer la opinión que esta argumentación les provocaría a Lumumba, Sandino y a tantos otros asesinados por los “nacionalistas imperialistas”.)

No, de ninguna manera, Sulé. Esos nacionalistas ingleses o yanquis quieren engrandecer a sus patrias esclavizando a las nuestras. Ello no sólo nos perjudica sino que inclusive aumenta la injusticia en el mundo, acrecentando las desigualdades y degradando al ser humano. En cambio, nuestra lucha contra los imperios no sólo nos libera sino que crea las condiciones de un mundo más solidario y una vida digna de ser vivida. Bush puede ser todo lo nacionalista que quiera, pero no vamos a coincidir con él, ni admirarlo. Porque el nacionalismo de él es nacionalismo imperialista, expansivo, opresor y el antiimperialismo nuestro es defensivo, liberador, nacido precisamente de la opresión del nacionalismo de Bush. Confundir el nacionalismo del país opresor con el nacionalismo o antiimperialismo del país sometido es error grave y proviene justamente de no identificar a la posición nacional con el pueblo y con su progreso histórico, porque no sólo es cuestión de defender el territorio sino de transformar la sociedad. Como ya señalé, se comprende que ese nacionalismo de los ganaderos de mediados del siglo XIX frente a la agresión armada extranjera fuese, al mismo tiempo, defensor del orden. Pero esto ya no es posible cuando el agresor no sólo está afuera, sino también adentro, con sus inversiones y entonces, la soberanía nacional y el progreso popular cuestionan el orden inevitablemente.

Pero lo más grave es que cuando usted distingue entre conciencia nacional y conciencia ideológica, transita un camino similar. Si la conciencia nacional consiste sólo en defender lo nuestro y lo nuestro es un orden injusto, de pobreza y de sometimiento, evidentemente no alcanza. Es necesario que lo nacional sea revolucionario para impugnar ese orden, es decir, debe cargarse de un proyecto de sociedad y entonces se hace ideológico. No abstracto, en el sentido de copiar fórmulas intelectuales de otros países y de otras épocas, sino antiimperialista, un proyecto claro de liberación nacional, donde hay que saber qué vamos a hacer con el comercio exterior, con los cambios, con el petróleo, con la industria y especialmente, con la distribución del ingreso. Es decir, en vez de oponer el nacionalismo y la ideología hay que nutrir con ideas al nacionalismo para que sepamos si el proyecto es desarrollar un capitalismo nacional autónomo o es un proyecto de liberación y unificación latinoamericano en camino al socialismo. Como ve, a medida que nos conocemos más y que estamos dando un ejemplo de polémica bastante inusual en la Argentina
-a la que, por mi parte, daría punto final para no cansar a los lectores- nos alejamos más.

Asimismo, usted se preocupa para explicar que el revisionismo rosista no nació en base a ideas provenientes de Europa, sino que es una “creación vernácula” y creyendo lanzarme una estocada agrega: “Usted no debe desgarrarse las vestiduras por esos europeístas de brazo en alto porque en última instancia Carlitos Marx que yo sepa, no nació en Santiago del Estero”. Creo que se equivoca, Sulé. A mí no me agrada, por supuesto, la admiración de Ibarguren por Mussolini o la adoración de Hitler por López Rega, pero lo que más me preocupa es la posición reaccionaria, antiobrera y corporativa sostenida en la lucha política de la Argentina, ya sea invención propia o remedo del fascismo europeo (igualmente negativas, aunque la primera sea de origen criollo y la segunda, importada o cipaya). Cooke lo definió precisamente y no resisto la tentación de reproducirlo: “Las ideas no son exóticas ni aborígenes, ni extrañas, ni vernáculas, prácticamente todas las ideas son exóticas si nos atenemos a que no surgieron en nuestro ámbito geográfico. Si bien se mira, las ideas son exóticas en todas partes, desde que el desarrollo de la cultura es un proceso acumulativo de la sociedad, a través de los siglos y de los pueblos. ¿Qué ideas ‘nacionales’ se oponen a las ‘exóticas’ de la revolución auténtica? La ‘economía de mercado’ de Alsogaray es una creación alemana; el librecambio, un principio de la economía clásica europea, sobre todo inglesa; el corporativismo, una modernización de las relaciones feudales. Y el cristianismo, del que trata de valerse el orden constituido, ni siquiera es occidental: lo difundió un judío de Medio Oriente, extremista por añadidura. Tampoco corresponde el calificativo porque contraríe los modos de pensar generalizados ya sentados en la costumbre, porque en tal supuesto, no existiría el progreso social. Las ideologías son síntesis no de verdades abstractas sino de fuerzas sociales y en toda la historia existe competencia entre las ideas cristalizadas del ordenamiento vigente y las ideas que lo niegan y expresan fuerzas contradictorias. Una concepción nacional es aquella capaz de plantear originalmente la revolución sin trasladar mecánicamente conclusiones que fueron válidas en otro cuadro histórico social; a nadie se le ocurre que tenga que ser una construcción hecha con elementos conceptuales surgidos como productos nativos. Lo que hace que una ideología sea foránea, extraña, exótica, antinacional, no es su origen sino su relación con la realidad nacional y sus necesidades. El liberalismo económico era antinacional no porque lo inventaron los ingleses, sino porque nos ponía en manos de ellos. El sistema corporativo fascista es malo no porque haya sido implantado en Alemania o en Italia, sino porque es retrógrado en cualquier parte y doblemente desastroso en un país dependiente. Pero las ideas que sirven para el avance del país y la libertad del pueblo son nacionales, elementos preciosos para el esfuerzo argentino” (Informe a las Bases del Movimiento, 1966)

Paso a contestarle ahora algunos puntos sobre los cuales usted considera que he quedado en falta:

1. Usted afirma: “El revisionismo rosista no nace en 1930 sino a fines del siglo XIX”. Mantengo mi criterio: hubo francotiradores revisionistas –los menciono en mi trabajo- pero, como corriente historiográfica, como grupo de historiadores que crean un instituto, se expresan a través de una revista y llegan luego a tener un local, la datación corresponde a los años treinta. Estos son muchos más coherentes y no ofrecen las contradicciones de un Saldías, por ejemplo, que reivindica a Rosas pero mantiene buenas relaciones con Mitre e impulsa la comisión de homenaje a Rivadavia (1880) o le dedica un libro a su “amigo” Sarmiento (1888).

2. Usted sostiene: “Señalo el grueso error de creer que el revisionismo histórico juzga a Mayo como expresión de la revolución francesa”. Me explico seguidamente. En mi libro “La larga lucha de los argentinos”, pag. 38, escribí: “El revisionismo rosista juzga a Mayo como expresión de la Revolución Francesa en el Río de la Plata. De ahí su disgusto o escaso entusiasmo por ese movimiento al que considera atentatorio respecto al orden colonial, que ese revisionismo idealiza e imbuido de un espíritu jacobino que molesta vivamente a su espíritu reaccionario. Hombres díscolos e ideas foráneas y revolucionarias se oponen a los valores tradicionales ... etc”. Debí decir “algunos” historiadores rosistas” pues efectivamente en Hugo Wast o en Federico Ibarguren existe un fuerte rechazo a Moreno –a quien juzgo la figura clave de 1810- que nace del odio de ambos historiadores a la Revolución francesa, que se lo trasladan al Secretario de la Junta. Para ellos, Mayo ofrece un rostro demoníaco, “marxista anterior a Marx”, diríamos, revolucionario, jacobino, que evidentemente no les resulta simpático. Carlos Ibarguren, en su biografía de Rosas, reproduce complacido una carta de Anchorena a Rosas en que se refiere a “la soberanía popular propugnada por Rousseau y por el famoso señor don Mariano Moreno (que servía) para disolver los pueblos y formarse de ellos grandes conjuntos de locos furiosos y de bribones”(carta del 4/12/1846). Historiadores revisionistas rosistas, con posterioridad, han optado por la interpretación que vincula a Mayo con el propósito de evitar la dominación francesa sobre nuestro país.

3. Usted afirma: “Remarcamos, sin que se demostrare lo contrario, el origen ‘suareciano’ que está en el discurso y argumento en la inflexión institucional de Mayo”. Le cito algunos autores con antecedentes suficientes como para fundamentar la naturaleza ideológica de la revolución, especialmente en Moreno, quien le da impulso en sus primeros ocho meses: “La cartilla en que, en el año 10, el doctor Moreno enseñaba al pueblo argentino a conocer el dogma de la República y de la soberanía –señala Alberdi- es el mismo contrato social con el cual Mirabeau luchó en la tribuna de la constituyente de 1793”. Para Moreno, Rousseau es “el hombre inmortal que formó la admiración de su siglo y será el asombro de todas las edades” (Prólogo a la edición del Contrato Social). La otra gran influencia sobre Moreno es el abate Raynal, a quien cita en “La Gaceta”, al referirse a los pueblos coloniales. Vicente Fidel López señala, a su vez: “Día y noche, Moreno leía a Adam Smith, Quesnay, Tomás Payne, los memoriales de Colbert, los libros españoles y liberales de su tiempo ...”. Otros autores señalan “la influencia de Rousseau y los enciclopedistas, la de Jovellanos y economistas ingleses ...”. Los principales hombres de la revolución –Moreno, Belgrano e inclusive, San Martín, en España- fueron impactados notablemente por la Revolución Francesa y por la revolución española de 1808 y de ahí la influencia de pensadores revolucionarios franceses y españoles. Por supuesto, no se descarta que Suárez haya ejercido alguna influencia, pero no decisiva.

4. Usted afirma: “El revisionismo historico es un lugar de encuentro y ha obtenido y obtendrá la adhesión de distintos pensamientos”. Bueno, esto es el centro de la polémica y he reiterado que es conveniente distinguir entre quienes abominan del liberalismo, para volver al feudalismo y quienes, criticamos al liberalismo porque pretendemos ir hacia el socialismo.

5. Usted insiste: “Tampoco ha podido desmentir nuestra afirmación en el sentido de que el catolicismo es un ingrediente esencial y fundante de la nacionalidad argentina”. Si usted se refiere al cristianismo, como concepción revolucionaria, de donde saldría luego la Teología de la Liberación, constituye un importante aporte a la solidaridad y al igualitarismo y cuenta con mi mayor simpatía. Si se refiere al catolicismo tradicional, el que se opuso a la ley 1420 y al casamiento civil, después al divorcio y ahora, al aborto y a la educación sexual en los colegios, “no me simpatiza”. Si a lo que usted se refiere es a la tradición católica que la conquista española impuso en América, estimo que hay que sacarle mucha punta al lápiz, pues una gran cantidad de argentinos sustentan un catolicismo indiferente, cruzado de influencias filosóficas diversas, mientras otra importante cantidad, en los sectores más populares, busca consuelo a sus desgracias en diversas sectas pentecostales que han crecido a consecuencia de los malos sacerdotes y las posiciones políticas reaccionarias de la cúpula de la Iglesia (punta de lanza contra el peronismo en 1954/55; cómplice de la dictadura genocida del 76, entre otras cosas). En lo que a mí respecta soy ateo, pero siempre he sido amigo de los sacerdotes revolucionarios como el padre Hernán Benítez que exhibía en el comedor de su casita de la calle Blas Parera en Florida, un retrato de Marx, un busto de Evita y un oleo del Che. Y también de Carlos Mugica quien me contó una vez su reconocimiento de la importancia del peronismo en una villa donde, en 1956, vió un cartel que decía: “Sin Perón no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos.”

6. Usted afirma: “Que la revaloración de Rosas fue condición necesaria y previa a la revalorización de los caudillos. Y éstos han sido revalorados por plumas rosistas.” Como comprenderá, aquí se trata de si esa “revalorización” se hizo bien o mal. Varios historiadores rosistas escribieron sobre caudillos federales, como usted dice, pero lo importante es saber si los han mostrado como realmente fueron, si explican por qué razón fueron federales no rosistas. David Peña, que no era rosista, reivindicó a Facundo y a Dorrego, pero lo hizo de manera correcta, como también Denís Conles, desde la izquierda nacional, reivindicó a Bustos, desde la perspectiva que correspondía, así como Gregorio Caro Figueroa reivindicó a Guemes, Roberto Zalazar, al Brigadier Ferré y Salvador Cabral, a Artigas, todos ellos desde el revisionismo federal provinciano. En cambio, Corvalán Mendilaharsu reivindicó al Chacho, pero no lo caracterizó como federal del interior, antirrosista, por lo cual “no lo revaloró”, procediendo de manera incorrecta. Pepe Rosa, como también Duhalde y Ortega Peña reivindicaron a Felipe Varela pero mientras el primero mutila el antirrosismo de la proclama varelista, los otros dejan a Varela como oportunista respecto a Urquiza. Usted procede de la misma manera y los ubica no como federales provincianos, sino como federales ... bobos. O en todo caso, con un rasgo de buen humor, como “seducidos” por Urquiza, aunque imagino el ceño adusto de Varela ante su peligrosa ironía. Por su parte, Hernández reivindica a El Chacho desde la perspectiva federal provinciana. Al conocimiento auténtico de Ramírez y Estanislao López se llega a través del revisionismo federal del interior –que los caracteriza como lugartenientes de Artigas- y traidores, luego, en el pacto del Pilar.

7. Precisamente, con respecto a Artigas, sostuve que el revisionismo histórico tradicional lo ignoró y si mal no recuerdo fue Pepe Rosa quien rompió esa línea al reivindicar al caudillo oriental en un folleto publicado a su regreso de un viaje a Cuba.

8. Usted señala: ”Otra inexactitud es la afirmación de que el revisionismo ‘no prestó atención al período posterior a Caseros y que sólo embestíamos a Sarmiento por su laicismo”. Respecto a esta cuestión usted conoce perfectamente que durante muchos años se arrojaban bombas de alquitrán sobre los bustos de Sarmiento y no sobre los de Mitre y que Mitre fue tratado benignamente por la mayor parte de los historiadores rosistas dando lugar a aquella ironía de Homero Manzi: “Ustedes se meten con todos los próceres, menos con el que se dejó un diario de guardaespaldas.”

9. Finalmente, sostiene: “Su sugerencia de poner en la misma línea a Rivadavia y a Rosas es una maniobra historiográficamente obscena”. No fui yo, Sulé, quien lo puso, sino Olegario Andrade en un opúsculo titulado “Las dos políticas”. Andrade, que vivió y luchó en esa época, y en cuyos artículos fustigó severamente al mitrismo, tenía sobradas razones, como hombre del litoral, para opinar en ese sentido, sin que ello constituya una obscenidad, como usted la califica insólitamente Sobre el final, afirma que “la izquierda, marxista o no, criticó a Perón y lo encasilló como un burgués que iba a arreglar como General que era, con los otros generales y no arregló”. Se equivoca, mi estimado Sulé. La izquierda nacional acompañó ese proceso del retorno de Perón, así como Frente Obrero había acompañado el nacimiento del peronismo en 1945. En lo personal, colaboré como funcionario –Síndico en EUDEBA, en la gestión Jauretche- desde setiembre del 73 hasta el 2/1/74.

Y me despido, Sulé. Demos vuelta la hoja sobre esta polémica en que hemos disentido sin agravios personales. Cuando empezamos a discutir, la casualidad nos sentó a la misma mesa en un acto del Instituto “Jauretche” de Merlo. No va a faltar ocasión para que la situación se repita, solamente que ahora conocemos más en detalle las diferentes ideas que nos separan y quizás algunos lectores opinen que en definitiva hay varios revisionismos y no uno solo, que, como se decía antes en los colegios al finalizar la resolución de un problema, “era lo que quería demostrar”.

Con un abrazo,

Norberto Galasso
Buenos Aires, diciembre 10 de 2005

Nota: La respuesta de Norberto Galasso, octubre 2005, a la primer Carta Abierta de Jorge Sulé se puede visualizar desde aquí.

Naturaleza de la revolución de mayo, en la antesala del segundo centenario, en respuesta a Roberto A. Ferraro

 

NATURALEZA DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO,
EN LA ANTESALA DEL SEGUNDO CENTENARIO
NORBERTO GALASSO EN RESPUESTA A ROBERTO A. FERRERO

(SU MENSAJE ELECTRÓNICO DEL 4 de noviembre de 2005)

Con motivo de una polémica que sostuve semanas atrás con el profesor Jorge Sulé, el ensayista e historiador Roberto Ferrero ha cursado un correo electrónico, desde Córdoba. Se trata del autor de libros muy valiosos –que merecería ser mucho más reconocido en Buenos Aires- entre los cuales recuerdo: Del fraude a la soberanía popular, Sabattini y la decadencia del yrigoyenismo, Marxismo y sionismo, Saúl Taborda, Ecología e imperialismo y La colonización agraria en el sur de Córdoba.

En dicho correo, hace referencia a la confusión reinante acerca de la naturaleza de la Revolución de Mayo, lo cual me lleva a incursionar en el tema. Pero previamente desarrollaré algunas reflexiones acerca de la afirmación de Ferrero de que no coincide conmigo con respecto a la “datación del nacimiento del revisionismo socialista científico” (que denomino corriente historiográfica federal-provinciana, socialista o latinoamericana) y que según Ferrero se inicia con Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de Jorge Abelardo Ramos.

Esa obra de Ramos es importantísima y por supuesto, aconsejo su lectura a los jóvenes, aunque advirtiéndoles que años después “el colorado” tomó rumbos lamentables. Pero lo interesante es que Ferrero le otorga a Ramos una especie de exclusividad en tanto quienes escribieron antes de Ramos, como el grupo Frente Obrero, son sólo “precursores” y quienes escribieron después, sólo “discípulos”. Además, señala que la “posterior capitulación de Ramos ante el menemismo” no afecta, pues también Plejanov fue enemigo de la Revolución Rusa y ello no le impidió a Lenin seguir aconsejando la lectura de sus libros, muy valiosos por cierto.

Lo que ocurre es que nadie propicia hacer una fogata con Revolución y contrarrevolución…, ni discriminar a Ramos (en un trabajo colectivo que coordiné recientemente lo reconocemos como uno de “los malditos”, silenciado por cuestionar las ideas dominantes). Como se comprende, para nosotros –socialistas nacionales- sería absurdo discutir paternidades o individualidades, a la manera como se pelean las chicas de los teatros de revistas para conseguir una posición más destacada en los afiches publicitarios. En lo que a mí respecta, algunas precisiones sobre ese tema me han sido motivadas por dos razones: a) el restablecimiento de la verdad, en tanto los valiosos aportes de Frente Obrero han sido ocultados sistemáticamente y b) porque la circunstancia de que Ramos haya escrito América Latina, un país (1949), y Alem, historia de un caudillo (1951), por ejemplo, así como que haya abjurado del marxismo (1984, revista El Porteño) y finalmente haya “capitulado” al apoyar al menemismo, deteriora su imagen política y afecta lamentablemente –salpicando de oportunismo y quitando seriedad- a Revolución y contrarrevolución

Desde mi punto de vista no es posible avanzar por caminos de verdad y de solidez ideológica, requisitos para el acercamiento de las nuevas promociones, si persistimos en decir las cosas a medias. Esta es una época de definiciones, no de confusiones. Por eso, cuando Ferrero señala que los aportes realizados por los integrantes de Frente Obrero “estuvieron largo tiempo ocultados y/o desatendidos”, yo pregunto: ¿Quién los ocultó? ¿Eran acaso materiales de formación política en el PSIN o en el FIP, como hacía Lenin con Plejanov, considerándolo un precursor? ¿Acaso alguna vez un militante de esas agrupaciones escuchó mencionar a Narvaja? Nadie que militó en esas agrupaciones puede contestar afirmativamente. Por el contrario, la discriminación y el silenciamiento, aplicados por Ramos en tanto orientador ideológico de esas agrupaciones, hundió en el olvido a aquellos que Ferrero considera “precursores”, de la misma manera como a su vez la clase dominante silenció a los hombres de pensamiento nacional.

A este respecto, Ferrero sostiene que “Ramos, por lo demás reconoció generosamente su deuda con Frente Obrero, no sólo en la ocasión que cita N. Galasso…, etc.” Disentimos. En la ocasión a que me referí –prólogo de la primera edición de Revolución y contrarrevolución…- Ramos sólo reconoce que hubo “otras voces” que influyeron en su reinterpretación de la historia argentina permitiéndole corregir sus errores de América Latina un país, pero no menciona de dónde provenían esos aportes, ni de quiénes eran esas voces. Sí, en cambio, es cierto que en 1981 –por primera vez, después de varias décadas- Ramos reconoce, en la página 42 de La era del bonapartismo, la importancia del periódico Frente Obrero y de su único redactor, Aurelio Narvaja. Pero, ¿cuál es la causa de ese reconocimiento tardío? ¿En qué momento político aparece esta información que casi nadie conocía dentro de la militancia de la Izquierda Nacional? En 1981. Es decir, poco tiempo antes de que Ramos declare públicamente su abandono del marxismo, cediendo así gentilmente el mérito marxista de haber comprendido al peronismo a quien le correspondía... Habían transcurrido 36 años, todavía imperaba el terror y este traspaso de mérito marxista resultaba una carga demasiada pesada y peligrosa para el beneficiario.

Algún día se escribirá la historia completa sobre este tema. Ramos ocupará en ella un lugar, al igual que los miembros de Frente Obrero, como Terzaga y tantos otros. Por ahora estimo que tengo el deber de señalar mi opinión acerca de que no se le hace ningún favor a la Izquierda Nacional reivindicando América Latina, un país. No comparto la opinión de Ferrero de que ése es un libro de Izquierda Nacional. Me parece más correcta la opinión de Manuel Gálvez quien, desde su nacionalismo clerical, celebró jubilosamente su aparición y llevó el libro a la biblioteca del Jockey Club para que lo leyeran sus amigos de derecha. Tampoco creo que pueda reivindicarse Alem, historia de un caudillo que es América Latina un país ...no para principiantes –como ahora se estila- sino para radicales alvearizados.

Como introito ya es demasiado. Vamos ahora a la cuestión de la Revolución de Mayo. Ferrero sostiene: “…según la tesis que comparten la Izquierda Nacional historiográfica y el rosismo, la Revolución de la Independencia no fue –valga la contradicción- ‘independentista’ en sus orígenes: no fue separatista ni antihispanista. Esta tesis, que no es de Ramos, ni de Rivera, ni de Sulé, sino de Enrique de Gandía afirma que la guerra de la independencia fue una contienda civil entre liberales y absolutistas, que contó con criollos y españoles en ambos bandos; que al fracasar la revolución liberal en la parte peninsular del imperio español, los habitantes de esta otra parte, americana, habrían declarado su independencia para no quedar bajo las garras del absolutismo”. Al respecto, comenta Ferrero que le “perturba la existencia de ciertos hechos gruesos –y los hechos son porfiados- que encajan mal en esta tesis o hipótesis degandiana”. Entre esos hechos menciona la independencia de Venezuela, el caso de Iturbide en Méjico y el carácter reaccionario de las clases altas peruanas enemigas del liberalismo.

Creo conveniente que aclaremos las posiciones, pues, por mi parte, no coincido con Sulé, ni con Ferrero. Sulé afirma: “El revisionismo histórico ha demostrado que todos los protagonistas de Mayo explicitaron no querer ser súbditos de la nación francesa.” Y agrega luego: “Todos estos grupos conspiraron para evitar el afrancesamiento que una España dominada por Francia proyectaría inevitablemente y estalló cuando fue evidente que las tropas napoleónicas barrían con los últimos vestigios de la resistencia española”. Es decir, para Sulé, Mayo fue un movimiento dirigido a evitar que al triunfar los franceses en España, impusieran las ideas de la revolución del 89 en América. Por eso, concluye afirmando que “Mayo no fue una ruptura, ni mucho menos una expresión antihispanista”, entendiendo por “hispanista”, creo, la España tradicional.

Mi respuesta a Sulé fue la siguiente: “Sobre la revolución de Mayo (los Cuadernos de Indoamérica) la definen como democrática, popular, o juntista, pero no separatista como lo plantea el mitrismo”. Y agregué: “Le comento asimismo que no comparto la interpretación de que Mayo se produjo para evitar la dominación francesa porque en ese caso, derrotado Napoleón (1814), los continuadores de Mayo deberían haber mantenido la unidad con España, y no, como sucedió, que entonces se hicieron independentistas, precisamente porque en España había perdido la causa democrática, ante el giro a la derecha del reinstalado Fernando VII”. Una lectura detenida de ambas posiciones de manera alguna puede llevar a la conclusión de que coincido con Sulé, sino precisamente que no coincido con él.

Como se comprende, el revisionismo rosista, por su rechazo de la Revolución Francesa, quiere ver en Mayo la defensa de la España tradicional (cuando asume esta posición, por ejemplo, Ibarguren cita una carta de Anchorena a Rosas elogiando la época anterior a 1810). Mitre, por su parte, quiso ver en Mayo el repudio a España, por eso habla de separatismo e independencia, centrados en el comercio libre, con lo cual Mayo se convierte en golpe probritánico.

La Izquierda Nacional rechaza ambas interpretaciones: entiende este proceso, de Alberdi en adelante, pasando por Manuel Ugarte, José León Suárez y otros, como la continuidad de la revolución democrática española en el Río de la Plata y en toda América Latina: “La revolución argentina es un detalle de la revolución de América, como ésta es un detalle de la de España, como ésta es un detalle de la revolución francesa y europea” (J. B. Alberdi, en Grandes y pequeños hombres del Plata). Por esta razón, Hispanoamérica se conmueve a través de movimientos antiabsolutistas, se producen los levantamientos al grito de “Juntas como en España” y los revolucionarios juran por el rey Fernando VII (salvo en la de Caracas, como bien apunta Ferrero, que tiene rasgos propios, como ya veremos luego). A su vez, los revolucionarios españoles declaran que los americanos tienen los mismos derechos que los españoles, que América no es colonia sino provincia de España con iguales derechos que las demás provincias y por eso, convocan a los americanos a las Cortes de Cádiz para dictar la nueva constitución. En definitiva, Mitre inventó un Mayo a su gusto, desde su “odio a España”, para dar nacimiento a una patria signada por el comercio libre y el amor a los ingleses.

La posición de Ramos en Revolución y contrarrevolución…” respecto a la Revolución de Mayo es correcta y me sorprende que Ferrero no la comparta. De cualquier modo, como últimamente me han imputado que desde hace cuarenta años no hago más que repetir Revolución y contrarrevolución…” (en vez de escribir a favor del coronel Rico, por ejemplo, como otros) y como el mismo Ferrero nos junta a todos en la misma bolsa como “discípulos” de Abelardo, no voy a recurrir a esa fuente sino precisamente a la polémica sobre Mayo, entre Ramos y Frente Obrero. Luego, me atreveré a agregar algunos datos que corroboran la que considero la posición correcta.

Después de la aparición de América Latina, un país (1949), los integrantes del grupo Frente Obrero publicaron los Cuadernos de Indoamérica y allí se definieron sobre esta cuestión.

En América Latina, un país, Ramos hacía varias referencias al carácter independentista y antihispánico de la revolución de Mayo, como así también al efecto reaccionario provocado por el liberalismo francés en el Río de la Plata. Por ejemplo, en pág. 45 sostenía: “…Se desarrolló una burguesía intelectual, asfixiada por la estrechez de la actividad colonial y por la ausencia de posibilidades profesionales. Abogados, periodistas, literatos y militares criollos buscaban la ruptura”. Luego, en pág. 64, agregaba: “La tradición ideológica de la revolución francesa, fundamental y fecunda para la lucha contra el feudalismo europeo antihistórico, resultó funesta para la evolución latinoamericana”. Después, en pág. 67: “La oligarquía ganadera criolla exigía el comercio libre” y en pág. 73: “Los prohombres de la lucha contra España se habían nutrido del librecambismo británico: Moreno, Belgrano, Rivadavia, Pueyrredón, Alvear, admiraban a los fisiócratas… Su política fue una política antinacional por excelencia”. (Evidentemente, ignoraba que Belgrano, en 1802, condenaba la exportación de materias primas como muy perjudicial, aconsejando su elaboración para exportar después artículos manufacturados).

La respuesta de Frente Obrero, a través de los Cuadernos de Indoamérica, bajo la firma de Enrique Rivera, fue la siguiente: “Ramos, aunque critica la historia oficial, revela que aún no se ha desprendido suficientemente de sus mitos. Acoge como moneda de buena ley la versión que ésta nos proporciona de la revolución de 1810 al asignarle como objetivos el librecambio y la independencia; aprecia que los efectos posteriores de esa revolución han sido desastrosos para América Latina y recurre precipitadamente al procedimiento de negarla de plano: el liberalismo fue reaccionario en nuestro continente, la independencia fue prematura”.

Luego de hacer referencia al cambio de política económica realizado por España respecto a América –entre otras cosas, la apertura de 33 puertos para el comercio entre España y América y luego, el comercio libre, en época de Cisneros- sostienen: “El monopolio mercantil español no debe concebirse de acuerdo con la leyenda inglesa y oficial, que omite por completo la España borbónica y liberal, generalizando indebidamente estas estimaciones que sólo son plenamente válidas para el período de los Austrias. …Tanto la historia oficial como el revisionismo histórico, coinciden en considerar solo la España feudal, el primero para condenarla, el segundo para exaltar a la España eterna. Ramos, al rechazar la leyenda oficial, conserva empero la concepción de la España feudal de ésta, tendiendo así la mano al revisionismo histórico, forzosamente. Porque al ignorar la corriente liberal burguesa dentro del Imperio hispano en su conjunto y al presentar la revolución en América como producto de librecambio versus monopolio español, lo cual sólo podía ser la consigna inglesa, convierte a nuestro liberalismo histórico en simple agente ideológico y político del capital extranjero británico. Es por esto que tanto la historiografía oficial –que eso busca- como el revisionismo histórico –que también busca lo mismo para condenar al liberalismo- coinciden ambos en ignorar por completo a la España liberal, la relación real entre España y América Latina, que era la de una sola entidad nacional.”

Después, señalan: “La invasión napoleónica, dictada por las necesidades de la lucha de Francia contra Inglaterra, corta este proceso (de liberalización impulsado por los borbones) y asistimos entones al levantamiento, guerra y revolución de España …Las Juntas erigidas popularmente en nombre de Fernando VII encaran, no obstante esta invocación, la transformación democrático-burguesa de España y extienden este movimiento revolucionario a América. Cuando ocurrió la revolución de 1810 estaba en trámite en nuestro país la elección de diputados a las cortes constituyentes que reunidas en Cádiz en 1812 declararon, en el artículo lro. de la Constitución, que la nación española estaba formada por los españoles europeos y americanos en un pie absoluto de igualdad. Precedentemente, las colonias habían sido declaradas parte integrante de la nación española (como provincias) y la elección de diputados en las mismas debía efectuarse por un procedimiento enteramente democrático, de origen español. Baste mencionar para ello que en la circular del 18 de julio de 1810, que la Junta dirige a las ciudades del interior, se establecía que las elecciones debían efectuarse de acuerdo a la ordenanza de 1809 de la Junta Suprema Central Revolucionaria de España.”

Seguidamente, Frente Obrero acentúa la crítica a la versión mitrista: “Si la Revolución de Mayo de 1810 tuvo por objeto la independencia y el librecambio con los ingleses, o sea, el realizar la consigna de los ingleses ( si no podemos conquistar América, debemos independizarla, decía Castlereagh), si la clase que hace esa revolución es la oligarquía de importación y exportación, que no puede tener, por su propia índole, política propia, ni menos nacional, sino la del otro, la del capitalismo industrial, en este caso el inglés, debemos concluir forzosamente que nuestra revolución es exclusivamente inglesa. Esto, además de constituir un adefesio téorico, liquida completamente la cuestión, pues la lucha de los ejércitos de nuestros próceres contra el absolutismo español tendría entonces el objetivo de convertirnos en colonia inglesa. Ramos confirma esta conclusión: ‘liberalismo, reaccionario en América Latina, progresivo en Europa’. Aquí no hay verdad concreta ni teórica, sólo el absurdo.”

Después, sostienen: “España, la de la revolución y que en ella está unida con América, es justamente lo que omiten la leyenda oficial, el revisionismo histórico y el autor de ‘América Latina, un país’. Resultado de ignorarlo: o se idealiza a los unitarios (esto lo hace la oligarquía) o se idealiza a Rosas (esto lo hacen ‘los oligárquicos que el régimen desdeñó’). No existían en nuestro país ni en América Latina fuerzas materiales suficientes para desencadenar un revolución democrático-burguesa, aunque sí para apoyarla. El triunfo definitivo de la revolución dependía forzosamente de su victoria en el centro revolucionario. España, que dio el impulso que la desencadenó. La derrota del liberalismo español por obra de las fuerzas coaligadas de Europa, así como por sus propias vacilaciones, hizo estallar prematuramente la revolución, llevó a la separación de América y España y al predominio de la reacción sobre el ideario democrático (el liberalismo decayó en unitarismo).”

Luego se refieren a la invitación de las Juntas españolas para que los americanos se sumen a la revolución: “La Regencia, al enviar a América el decreto correspondiente, lo acompañó de una proclama que, por su contenido, es una incitación mucho más viva a la revolución que todos los manifiestos de la primera junta bonaerense”. Pero, agregan, “recién entonces, cuando España está ocupada casi por completo por las tropas francesas y solo subsisten Cádiz y León, América se decide a formar, por primera vez, juntas revolucionarias, tal como en España, a nombre de Fernando VII y con consignas idénticas. En ninguna parte de América se proclamó la independencia sino el autogobierno por Juntas.”

Luego, avanzan nuevos argumentos: “Preguntemos ahora, ¿por qué si se trata de una revolución nacional, no declaró la independencia (en 1810)? ¿Cuestión de táctica? ¿Qué movimiento va a subordinar a la conveniencia táctica la proclamación de su objetivo central? ¿Cómo una revolución por la independencia no ha de proclamar la independencia? ¿Quién la amenazaba? ¿España, ocupada e impotente? ¿Inglaterra, que no la veía mal? ¿Por qué la revolución asumió la misma forma organizativa que en España (la Jura por Fernndo VII) y en todas partes de América Latina, sin previo acuerdo? La respuesta cae de su peso. Porque la revolución en España y la revolución en América eran una sola y la misma. …Fue el triunfo del absolutismo en España, 1814, primero (de ahí la declaración de la independencia de 1816) y en 1820 y tantos, después, lo que determinó la separación definitiva.” Sostienen luego: “Podemos pues afirmar que nuestra revolución es una parte de la revolución española, como ésta lo era de la europea y admirar la visión de Alberdi que así lo expresó. Toda esta conexión histórica ha sido omitida por los historiadores que han silenciado de manera injustificable todos los documentos de la época, que la gritan. ¿Por qué la historia oficial ha fijado como causas y fines de la revolución de 1810 el librecambio y la independencia? Simplemente porque a la oligarquía le es necesario vincular nuestro liberalismo a Inglaterra y Francia, metrópolis tradicionales de América Latina, así como últimamente han exaltado a Monroe. La influencia de estas grandes naciones democráticas resultaría así la causa de nuestro progreso frente a la España feudal. Es curioso comprobar en este sentido, que la influencia de la Revolución Francesa llegó hasta nosotros no directamente, sino través de España. Los liberales españoles tradujeron, imprimieron e hicieron circular por ese país las obras de los enciclopedistas y Rousseau. La famosa edición del Contrato Social hecha por Mariano Moreno era reedición de una traducción española. Belgrano, Bolívar, San Martín y muchos otros formaron su ideología liberal, como ellos mismos lo han dicho, en España. Belgrano salió de ella empapado con las ideas de Jovellanos, Floridablanca y los Borbones, con el fin de propulsar el desarrollo de la industria, la agricultura y el comercio en América. O sea, el sentido nacional de nuestra revolución, el auténtico, es desvirtuado. La realidad histórica es que nuestro liberalismo es parte del liberalismo de todo el Imperio, que nuestra revolución es parte de la revolución democrática en todo el Imperio y que solo en el conjunto de éste tenía base material suficiente. Al producirse la separación, nuestro liberalismo quedó constreñido a la base material que le proporcionaba la oligarquía porteña y se hizo antinacional, librecambista, portuario. …Nuestra revolución no fue, pues, una revolución nacional contra España, porque no existía una opresión de tipo colonial-nacional, sino de tipo feudal absolutista. …Quienes sufrían opresión colonial eran los indios, pero estaban muy distantes de los estadios características de la lucha nacional establecidos por el marxismo y además, el impulso revolucionario no partió de ellos sino de las capas y clases superiores de la sociedad hispana en América”.

En otra parte de los mismos Cuadernos de Indoamérica, vuelven sobre el tema: “…Para Ramos, un Rivadavia o un Mitre son la consecuencia lógica de un Moreno, de un San Martín, de un Bolívar.”. Más aún, se interrogan: “Si el liberalismo era funesto (según Ramos), ¿qué era lo no funesto? En aquella época, no existía otra cosa que oponer al liberalismo que la ideología feudal. Ramos no lo dice directamente, pero lo da a entender: era mejor que en América persistiese ésta (clericalismo, feudalismo) que aquel (liberalismo de la revolución Francesa)…. ¿Y para que querría Bolívar formar una nación latinoamericana si su objetivo, como ‘terrateniente criollo’, era comerciar con Inglaterra?”

Resulta interesante, por otra parte, que en los Cuadernos… se ocupan precisamente de dos cuestiones sobre las cuales ahora Ferrero manifiesta interés: Enrique de Gandía e Iturbide. Dicen así: “La reacción españolista verificada en el seno de la historia oficial (Levene, Gandía, etc.) refleja el cambio ocurrido en el país, a partir de 1943, pero lo hace exaltando los aspectos reaccionarios de España, presentándolos bajo luz rosa (así Levene va a buscar el origen de la ideología liberal de nuestros próceres en las leyes de Indias, que no son sino un monumento de hipocresía jurídica o en el padre De Las Casas, modelo de hipocresía religiosa; De Gandía llega a considerar el movimiento liberal español de 1808 como una tentativa de restaurar la España de los Habsburgos contra el despotismo borbónico. Ambos combaten la ideología liberal revolucionaria francesa, asimilada por España. Lo mismo hace Ramos. La fuente de todos ellos es bien clara: ‘el nacionalismo’ clerical franquista, que se da con distintos matices según su distinta ubicación política”. Líneas después, agregan: “Hay otros aspectos. En la declaración de independencia mejicana intervino también el odio al liberalismo español. Es el caso de Iturbide, elemento al servicio del clero, que para no estar obligado a adoptar las reformas que el movimiento liberal de Riego imponía en esta materia, lanzó la Independencia y creó el Imperio.”

Concluida ya la reproducción de los aspectos principales de esta polémica Ramos-Frente Obrero en relación al tema de Mayo –en la cual Ramos sólo se limitó a aceptar las posiciones de Frente Obrero incorporándolas a Revolución y contrarrevolución…- corresponde agregar alguna otra información al respecto que puede ser esclarecedora:

1. Ferrero se refiere a “documentos y expresiones verbales de la época que están plagados de sentimientos antiespañoles que no se pueden ignorar.”

Respecto a esta cuestión, en casi todos los casos se trata de críticas formuladas por españoles o hijos de españoles que en modo alguno reniegan de sus raíces sino que abominan del absolutismo español y no evidencian propósito separatista sino de reivindicación democrática. Inclusive en el caso del himno nacional cabría recordar que la música la compuso un catalán –Blas Parera- y que la obra se halla de tal modo enraizada en la tradición hispánica que muchos opinan que se tomó por base El canto de guerra a los astures, de Jovellanos. Otros, en cambio, le encuentran similitud con La Marsellesa. Pero lo que interesa destacar es que la primera Marcha Patriótica, de Esteban De Luca, de noviembre de 1810 tiene un contenido netamente democrático y carece de referencias de tipo separatista; en cambio, estas últimas aparecen en el Himno Nacional, de Vicente López y Planes, que aparece en mayo de 1813. (A medida que transcurre el tiempo y la revolución democrática española no consigue triunfar, entre 1810 y 1814, se percibe como se acentúan las posiciones separatistas en América).

2. No debe descartarse que en algunos casos existiesen, desde 1810, intenciones separatistas (tanta era la presión de los comerciantes ingleses radicados en Buenos Aires para alejarnos de España ). De aquí viene la errónea visión de una España expresión del atraso y la barbarie (sin reparar en las clases sociales que la integran: España es Carlos IV, pero también De Riego; Franco pero también los mineros anarquistas de Asturias ). Sarmiento usa este antihispanismo para enriquecer su “civilización y barbarie”: Europa es la civilización -dirá- pero “viajé a Europa y también a España”.

Pero, de cualquier modo, esas inquietudes separatistas eran absolutamente minoritarias. De otro modo no se explica el juramento de los revolucionarios por Fernando VII (repetido en casi todas las revoluciones producidas en esa época en América), ni la prohibición a Belgrano de levantar bandera propia y menos aún que hasta 1814 flamease, en el Fuerte, la bandera española.

3. El caso de San Martín lleva a conclusiones contundentes. Llevado a España a los 7 años por su familia, regresa al Río de la Plata, a los 34, siendo teniente coronel del ejército español, veterano de guerra con 30 batallas bajo la bandera española. ¿A qué viene? Es un hispanoamericano “que hablaba como un gallego” que desea continuar en América la lucha por “el evangelio de los Derechos del Hombre” (como él llama al liberalismo democrático). Por eso, no reclama independencia hasta que después de 1814, cuando retorna el absolutismo en España, le urge la declaración en cartas a Godoy Cruz. Puede observarse en las proclamas de San Martín que el enemigo siempre es el godo, el sarraceno, el chapetón, el realista, el monárquico, el absolutista, nunca el español. ...si él mismo lo era, en gran medida. Si Mayo fue separatista y antiespañol, como afirma Mitre, entonces tiene razón Juan Bautista Sejean, en su libro San Martín y la tercera invasión inglesa: la única explicación de la venida al Río de la Plata de este veterano de guerra del ejército español (San Martín) obedece a que lo sobornaron en Londres. Y en ese caso, si el Padre de la Patria es un agente inglés, ¿para qué perdemos tiempo en polémicas?

Estas reflexiones no son originales mías –pues, como ya se ha dicho, todos repetimos Revolución y contrarrevolución… desde hace medio siglo- sino de un hombre a quien se silenció su obra sobre San Martín (Augusto Barcia Trelles), de 2600 páginas, porque ella se contraponía, en esta y otras cuestiones, a la biografía del Gran Capitán escrita por Mitre. Por otra parte, San Martín fue claro: “La Revolución de España es de la misma naturaleza que la nuestra: ambas tienen a la libertad por objeto y a la opresión por causa” (8/9/1820, Chile, A los peruanos), “Nuestra lucha no era un guerra de conquista y gloria, sino enteramente de opinión: guerra de principios modernos y liberales contra los prejuicios, el fanatismo y la tiranía” (testimonio de Basilio Hall).

4. La presencia de españoles en Mayo también avala esta interpretación: estaban, y no en segunda fila, españoles como Matheu y Larrea, en la Primera Junta, Alvarez Jonte en el segundo triunvirato, Arenales como brazo derecho de San Martín en la campaña de la sierra del Perú. Asimismo, el resto de revolucionarios era, en su mayoría, hijos de españoles. Además, French y Berutti repartían estampitas con la efigie de Fernando VII en los días de Mayo, según atestiguan las memorias de hombres de esa época, hecho omitido intencionalmente por Mitre para fabricar su mayo “antihispánico”, con cintas celeste y blancas.

5. Asimismo, las figuras más reaccionarias que combatieron a la Revolución en América no fueron españoles, como pudiera pensarse, sino americanos de nacimiento, como el caso de Goyeneche en el Alto Perú y de Olañeta, que dirigió el último ejército absolutista, persistiendo, aún después de Ayacucho, contra las fuerzas de Bolívar.

6. También resulta interesante el manifiesto del Congreso de Tucumán, del 25 de octubre de 1817, donde se señala que, en 1810, “…nosotros establecimos nuestra Junta de gobierno a semejanza de la de España. Su institución fue puramente provisoria y a nombre del cautivo rey Fernando”. Como se comprenderá, resulta absurdo suponer que todavía siete años después se continuara mintiendo con la “máscara de Fernando”. Por otra parte, en el mismo Manifiesto se explica que “el único partido que quedaba” era la independencia, a partir de 1814, dado el giro a la derecha del rey Fernando repuesto por la Santa Alianza, es decir que no hubo proyecto separatista en 1810.

7. En lo que se refiere al independentismo levantado por los venezolanos en 1811, resulta de utilidad el libro de Juan Bosch titulado Bolívar y la guerra social, donde demuestra que el pueblo no estaba con ese movimiento sino con jefes españoles (democráticos) como Monteverde y luego, Boves. Sostiene Bosch: “Para la gran masa el problema no estaba planteado en términos de colonia o independencia, sino en términos de gobierno del rey o gobierno de los mantuanos (oligarquía caraqueña) y la gran masa prefería el gobierno del rey porque la monarquía (borbónica) con medidas procedentes de Madrid, pero sobre todo a traves de sus funcionarios destacados en Venezuela, había probado ser más benévola con ella que los grandes señores criollos” (Bosch, Bolívar y la guerra social, pág. 64). Solo tiempo más tarde Bolívar entra plenamente al proceso revolucionario, con apoyo popular.

8. En un libro sobre la Revolución de Mayo que publiqué en 1994 reproduzco la siguiente opinión de Manuel Ugarte referida a los sucesos de 1810: “Españoles fueron los habitantes de los primeros virreinatos y españoles siguieron siendo los que se lanzaron a la revuelta. Si al calor de la lucha surgieron nuevos proyectos, si las quejas se transformaron en intimaciones, si el movimiento cobró un empuje definitivo y radical fue a causa de la inflexibilidad de la metropoli. Pero en ningún caso se puede decir que América se emancipó de España. Se emancipó del estancamiento y las ideas retrógradas que impedían el libre desarrollo de su vitalidad… ¿Cómo iban a atacar a España los que, al arrojar del Río de la Plata a los doce mil hombres del general Whitelocke, habían firmado con su sangre el compromiso de mantener la lengua, las costumbres y la civilización de sus antepasados? …Si el movimiento de protesta contra los virreyes cobró tan colosal empuje fue porque la mayoría de los americanos ansiaba obtener las libertades económicas, políticas religiosas y sociales que un gobierno profundamente conservador negaba a todos, no sólo a las colonias, sino a la misma España. …No nos levantamos contra España sino en favor de ella y contra el grupo retardatario que en uno y en otro hemisferio nos impedía vivir” (Manuel Ugarte, Mi campaña hispanoamericana, Barcelona, Edit. Cervantes, 1922, pág. 23)

9. José León Suárez en Carácter de la revolución americana (1917) y Enrique Del Valle Iberlucea en Las Cortes de Cádiz. La revolución de España. La democracia en América (1912) también retomaron la interpretación de Alberdi pero encontraron el mismo obstáculo: el predominio de la historia mitrista, por lo cual sus libros fueron silenciados.

10. Sin embargo, la situación se ha tornado hoy muy interesante pues la Historia Social, que desde su aparición en 1956, con José Luis Romero y Halperín Donghi viene aceptando la versión mitrista que ellos, según propia confesión, intentan remozar, se encuentra en figurillas para mantener la interpretación de Mayo dada por Mitre. Enfrentados al grave problema de disentir con don Bartolo, los principales historiadores de esa corriente están replegando gradualmente para sacar las manos de la trampa y seguramente, dentro de unos años, van a sostener que ellos descubrieron que Alberdi, Ugarte y Suárez tenían razón al decir que Mayo era democrático y no separatista.

Por ahora, Luis Alberto Romero afirma: “Hace tiempo que los historiadores profesionales, los historiadores en serio, vienen criticando esta explicación (la versión mitrista de Mayo). Coinciden en que los sucesos de Mayo de 1810 no fueron el fruto de un plan previo sino la imprevista consecuencia de un evento lejano …Un grupo de vecinos se hizo cargo del gobierno, de manera provisoria, sin saber bien para quién ni contra quién …(Los historiadores) estamos lejos de lo que se enseña en la escuela y también del sentido común. Sin duda hay una brecha que debe ser cerrada pues en Historia, tanto como en Física o Matemática, no puede admitirse tal distancia entre el saber científico y el escolar. Pero hay que hacerlo con cuidado. Este relato mítico (sobre Mayo) es hoy uno de los escasos soportes de la comunidad nacional” (Clarín 24/5/2002). (En verdad es soporte de una conciencia colonial, no nacional, una de las tantas “zonceras” de que hablaba Jauretche que, el mismo Romero reconoce, “inventó” Mitre). Otro historiador, Raúl Fradkin, admite ahora que “los ejércitos que respondieron al llamado bando realista no fueron, en su gran mayoría, ejército de operación extranjera reclutados en la península ibérica, sino que la mayor parte de estas tropas y muchos de sus oficiales fueron reclutados en América. En tal sentido, las guerras de independencia fueron también guerras civiles…” (Clarín 17/8/2005). Más contundente aún, otro historiador de la misma corriente –Juan Carlos Chiaramonte- sostiene: “Había un relato escolar, que creo que ya no se cuenta más, según el cual todos los criollos querían ser independientes, pero en 1810 los realmente independentistas eran una absoluta minoría. La mayoría aspiraba a un status de mayor autonomía dentro de la monarquía …Lo que hay en 1810 es el intento de constituir un órgano de gobierno que dos días después del 25 de mayo se declara representante de la soberanía del monarca preso. No se forma una junta de gobierno independiente, sino una junta de gobierno que reasume la soberanía porque el trono está vacante y que la va a conservar para cuando el trono esté nuevamente cubierto. Esto fue interpretado como una simulación, pero creo que en la mayoría de la gente de la época no fue una simulación …La historia inventa un pasado que a veces no es el pasado que realmente hubo, en función de las necesidades del presente” (Clarín, 24/5/2004)

Sin embargo, Chiaramonte es muy optimista respecto a la revisión de nuestra historia, pues el Departamento de Historia del Colegio Nacional Buenos Aires, hasta hace muy poco tiempo, continuaba sosteniendo la tesis de la “máscara de Fernando VII”: “…La instalación, el 25 de mayo, de la Junta Provisonal Gubernativa, se hizo a nombre de Fernando VII. La ‘máscara de la monarquía’ constituiría, todavía por algún tiempo, un recurso indispensable para entenderse con el Viejo continente.” (Fasc. 13, Historia Argentina, desde la prehistoria hasta la actualidad, dirección, Profesora Aurora Ravina)

Esta cuestión me lleva al interrogante: ¿Festejaremos en el 2010, una vez más, una fábula probritánica o daremos la polémica profunda para encontrar nuestra identidad nacional, para saber quiénes somos, condición fundamental para avanzar con las transformaciones que nos urgen y a las cuales nos convoca ya la historia latinoamericana y especialmente, el reclamo de los pueblos que constituyen la Patria Grande?

Norberto Galasso
Buenos Aires, diciembre 12 de 2005

Nota: Se pueden encontrar las cartas intercambiadas por Jorge Sulé y Norberto Galasso en este mismo sitio web. Las dos primeras. Las dos segundas.

 

 

 

 

 

 

PERDONEN, VOY A TERCIAR
Mensaje electrónico enviado por Roberto A. Ferrero

Y digo que voy a terciar en la polémica Sulé-Galasso porque solamente quiero dar una tercera opinión respecto a temas que no han sido tratado o lo han sido insuficientemente por los contendores. Lejos de mí la insolente pretensión de hacer de juez y decir cuál de ellos tiene razón. No he de ser yo quien lo haga. No tengo la autoridad ni el deseo. Pero sí quisiera aportar mi modesto punto de vista respecto a algunos aspectos.

I

Para comenzar desde el principio: sobre los respectivos orígenes del revisionismo rosista y del revisionismo federal, del interior y latinoamericano (o "Revisionismo Científico" como le llamo yo para resumir todas estas determinaciones) Ni uno ni otro ha nacido por la curiosidad investigativa de algunos historiadores o pensadores. Han surgido de diferentes proyectos sociopolíticos y son por tanto radicalmente distintos y no matices de una misma corriente. El mismo Sulé nos pone en la pista cuando escribe que "El Revisionismo Histórico nació por la necesidad de efectuar una revalorización sobre la figura y trayectoria de Rosas." Pero ¿porqué hacer una revalorización del Ilustre Restaurador y no de los jefes de la "democracia ecuestre" -como la llamó Mitre en uno de sus raros aciertos- vale decir: Estanislao López, Facundo Quiroga, Varela, Artigas o Peñaloza? ¿Porqué no revalorizar aquella democracia bárbara donde -como dice Del Mazo- una lanza equivalía a un voto? La respuesta ya ha sido dada: porque cuando los cultores del revisionismo rosista coagulan en una corriente más o menos definida, por los años '30, ha comenzado en la Argentina una crisis del sistema agroexportador dependiente y de su democracia liberal representativa, abriéndose así la posibilidad de sistemas alternativos, como el Fascismo o el Socialismo. Nuestros revisionistas rosistas, admiradores de las teorías aristocráticas de Maurras, Barré, Maulnier y cia., necesitaban encontrar un modelo "endógeno" para legitimar - como antecedente y ejemplo- su proyecto político de instaurar una república aristocrática, autoritaria y jerárquica, de ribetes mussolinianos. Lo encontraron en Rosas. No lo podían encontrar en ninguno de los caudillos democráticos del Interior o del Litoral. No les servía Artigas, que decía a los auténticos representantes de los pueblos reunidos en el Congreso de Paysandú: "Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana". Era mucho más pertinente y funcional al proyecto autoritario don Juan Manuel de Rosas, patrón de estancia que había abrevado en el pensamiento político de Gaspard de Real, teórico francés del poder absoluto.

En cambio el Revisionismo Histórico Socialista (o "Científico") surge de un proyecto totalmente distinto, por no decir antagónico a aquél: el de la reestructuración socialista de la sociedad argentina y latinoamericana a partir de una profundización de la Revolución Nacional.

No es posible establecer que, por el hecho de que tanto en Galasso y el Revisionismo Socialista como en el Revisionismo rosista esté presente la detección de los tres factores que enumera Jorge Sulé (y que podríamos traducir como el Imperialismo, el Movimiento Nacional y la minoría oligárquica) ambas corrientes historiográficas se encuentran instaladas en una misma matriz. Quien así las presenta, con más claridad que Sulé, es nada menos que el denostado Tulio Halperín Donghi. Este profesor, efectivamente, en su breve estudio sobre "El Revisionismo Histórico Argentino" (Ed. Siglo XXI, Bs. As. 1971) mete a todos los revisionistas en la misma bolsa: Julio Irazusta y Jorge Abelardo Ramos, Ernesto Palacios y Rodolfo Puiggrós, Pepe Rosa y Ortega Peña... Postula, como dice más académicamente Fernando Devoto, "la unicidad de su objeto de estudio". (De paso sea dicho: este Devoto presenta al Revisionismo Científico como una simple operación de piratería: "el grupo de intelectuales vinculados a Jorge Abelardo Ramos y el Partido Socialista de la Izquierda Nacional...", escribe, consideró "conveniente apoderarse de él (del revisionismo. RAF) agregándole algún aditamento, por ejemplo el de socialista." ¿Será del caso la aplicación de aquel famoso dicho popular que afirma que el ladrón cree que los demás son de su condición?) De hecho, se trata de dos escuelas distintas, porque además de haber percibido los "tres factores" sulianos, el Revisionismo Científico aplica -al menos trata de aplicar a través de sus cultores concretos- otras tres categorías, que son precisamente las que le dan cientificidad a su producción intelectual: el materialismo social, laoposición dialéctica y la totalidad interrelacionada. Obviamente, la postulación del uso de estas herramientas no garantiza por sí solo el resultado final, porque él depende también del sujeto de carne y hueso que las maneja: lo que natura non da, el marxismo non presta. De allí los lamentables resultados que obtuvieron de sus investigaciones los historiadores del PCA y algunos pseudo-trotskistas como Milcíades Peña...

Por otra parte, si el sentido de pertenencia es hasta cierto punto constitutivo de unacorriente de opinión, no hay duda que él interviene en la homogenización del Revisionismo socialista, pero no existe en relación a los cultores del nacionalismo y la historiografía rosista. Son dos puntos de vista distintos, dos cosmovisiones diferentes que los académicos asépticos no alcanzan a percibir. Y lo mismo puede decirse del rosismo en relación a los hombres de FORJA que, como muy bien recuerda Galasso, no sentían que pertenecieran a la misma tendencia y sentían justo resentimiento hacia los intelectuales nacionalistas que habían promovido y aplaudido el derrocamiento de Hipólito Irigoyen, numen inspirador del forjismo.

Eso no impide, naturalmente, que todos estemos juntos en la misma "lista" de los que sirven a la Patria y al Pueblo según su leal saber y entender.

Y que no se diga que por brotar de una necesidadpragmática como la que reconocemos arriba, el enfoque del Revisionismo Socialista tiene que haber sido parcial o deformante del pasado. Por el contrario: en la medida que Narvaja, Rivera, Ramos o Spilimbergo jugaban a ese proyecto todas sus expectativas y acaso toda su existencia, tenían que procurar que fuese lo más racional y exacto posible para que fuera viable. Y sólo lo sería si se ajustaba a los hechos y al sentido en que venía direccionada nuestra historia. De ahí la necesidad de conocer ésta en su más exacta verdad. Desde que la historia -o sea la serie orgánica de los hechos precedentes- es un continuum que llega hasta el tiempo presente y se eleva hacia el futuro, sólo se puede conocer en profundidad ese presente si se conocen sus raíces en las etapas anteriores del devenir. Una foto instantánea del presente, como la que nos puede presentar el peor de los estructuralismos a-historicistas, nos dará una descripción de la realidad coetánea, pero no una comprensión de ella, que es lo que hace falta para organizar un futuro posible.

Ramos siempre lo entendió así: el Socialismo revolucionario "explicó científicamente la realidad argentina y aspira a transformarla", había escrito en la Introducción a su libro "DeOctubre a Septiembre" (págs. 8/9) Una necesidad política pragmática lleva entonces, no a una reconstrucción arbitraria o mitológica del pasado, sino a su conocimiento científico.

II

Coincido entonces con Norberto Galasso en distinguir el Revisionismo rosista del Revisionismo Socialista Científico, pero no en la datación del nacimiento de este último y la identidad de sus creadores.

Dice Galasso que "éste tiene sus orígenes hacia 1952" e indica su progenitor: el Grupo "Frente Obrero" y Aurelio Narvaja, responsables de los "Cuadernos de Indoamérica" donde se realizó la crítica del libro de Jorge Abelardo Ramos "América Latina: un país" de 1949: "Con este trabajo, tres cuadernillos a mimeógrafo, nace el revisionismo socialista...", precisa el autor de "La Larga Lucha de los Argentinos". En éste y otros trabajos del mismo hay una acentuada reivindicación de Narvaja y su pequeño grupo. Es un acto de justicia, indudablemente, porque los aportes de "Frente Obrero estuvieron largo tiempo ocultados y/o desatendidos. Pero Galasso hace oscilar ahora el péndulo al otro extremo: se eleva la estatura histórica de Narvaja, Sylvester, Etkin y Rivera y se rebaja el perfil de Jorge Abelardo Ramos, que queda reducido a poco más que un talentoso difundidor de los hallazgos históricos originales del grupo "Frente Obrero". La cronología parece abonar esta tesis, ya que todos los libros de Ramos -excepto "América Latina: un país"- son todos posteriores a los trabajos de los pensadores de "Frente Obrero" ya sean los "Cuadernos..." o los libros de la Editorial Indoamérica, editados en 1954-55 por el grupo de Narvaja.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Por un lado, porque en la colección de Indoamérica, Biblioteca de la Nueva Generación, publicaba Jorge Eneas Spilimbergo que era hombre del grupo abelardistay no de "Frente Obrero". Spilimbergo, efectivamente, publicó a través de la editorial narvajista dos trabajos: el N° 2 de crítica histórica-artística titulado "Diego Rivera y el arte de la Revolución Mexicana" (15/8/1954) y otro, más ajustado al tema en discusión en el que, bajo el seudónimo de "Lucía Tristán" exponía breve pero agudamente la historia crítica del radicalismo, y que se titulaba "Hipólito Irigoyen y la Intransigencia radical" (7-9-1955). Estaba anunciada por entonces también la aparición de "Leopoldo Lugones y su época" de Alfredo Terzaga, cordobés, amigo estrecho de Ramos y él también pensador original. (la concepción abelardista sobre Roca, cambió después de 1950 no sólo por obra y gracia de la crítica frenteobrerista, sino por la influencia directa de Terzaga, bebida en cartas personales y en charlas tete a tete aquí en Córdoba). Su hijo Fredy tiene en preparación un tomo con lo mejor de esta correspondencia.

Y por el otro lado, porque para atribuir la primogenitura del Revisionismo Socialista a "Frente Obrero" (y dejo de lado la cuestión formal de si se llamó así por primera vez o no en la antología de "El Revisionismo Histórico Socialista", prologado por Blas Alberti en 1974) es necesario descalificar a "América Latina: un país" y recategorizarlo como un libro "no-revisionista socialista" debido a sus gruesos errores. ¿Es exacta esta apreciación? Creo que no, porque, más allá de sus desvíos "nacional-rosistas" -que existen tal como lo señala acertadamente Galasso- el núcleo del libro es sustancialmente una concepción histórica marxista socialista nacional. Basta leerlo desapasionadamente para llegar a esta conclusión. Es un libro con errores, es cierto, pero no se puede pretender que el Revisionismo Histórico Socialista naciera impecable e impoluto, de una sola vez y de una sola cabeza. Eso no sucede nunca o sólo sucede excepcionalmente, aun en las creaciones más novedosas.

Habría que ignorar, además, los artículos que escribió Ramos en "Democracia" a partir de Enero de 1952 -precisamente la fecha en que habría surgido el Revisionismo Socialista porvirtud de "Frente Obrero"- que aunque no eran estrictamente de carácter histórico contenían siempre una interpretaciónhistóricay los datos que la respaldaban.

Además: si Galasso considera que el Revisionismo rosista se estructura como tal alrededor del '30 y Saldías, Quesada y Peña quedan reducidos -con razón- a la categoría de "precursores" ¿por qué no aplicar esta misma escala de juicio para apreciar el nacimiento del Revisionismo Científico? Si así lo hacemos, queda claro que la fecha de aparición de ésta, nuestra corriente, es la del año 1957, año de aparición del extraordinario libro de Jorge Abelardo Ramos "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina". Reducido todo a sus debidas proporciones, tengo claro para mí que Ramos es, en cierto sentido que ya explicaré, el creador de la corriente historiográfica del Revisionismo Histórico Socialista y Narvaja, Rivera y Sylvester sus ilustres precursores.

Con esta precisión no quiero simplemente dar vuelta el guante y decir que Ramos sea el demiurgo, único creador del Revisionismo Socialista, pero tampoco acepto- por no responder a la realidad fáctica- que el "Colorado" fuera, como dije antes, un mero divulgador de una doctrina ya creada a la que él no aportó nada más que su brillante pluma.Aun aceptando que el esquema general de nuestra historia pertenezca nomás a Narvaja/Rivera (Etkin escribió más bien sobre la cuestión judía y Sylvester sobre Stalin y puntualmente sobre Lisandro de la Torre), Ramos hizo aportes originales muy importantes que no están en los pensadores de "Frente Obrero". Por ejemplo: la crítica histórico- política a la literatura ("Crisis y Resurrección de la Literatura Argentina"); una nueva visión de la historia del Ejército, de sus dos tradiciones y de su rol en un país semicolonial ("Historia Política del Ejército Argentino"); el tratamiento de los Movimientos Nacionales y Populares de América Latina; la teoría de la Revolución latinoamericana; el develamiemto pormenorizado del papel contrarrevolucionario del PC como partido sedicentemente revolucionario; sus estudios sobre Perú y Bolivia y su movimiento obrero, que actualizan la exposición sí básica de Narvaja/"Ramón Peñaloza" sobre "Trotsky ante la RevoluciónNacional Latinoamericana"; la crónica y el análisis teórico de las circunstancias del 17 de Octubre, que por razones de conveniencia política puso bajo la firma de Ángel Perelman, etc.

Conocí y traté a Aurelio Narvaja en su refugio veraniego de "Cañada del Sauce", en el departamento Calamuchita de esta provincia, y si bien él se enorgullecía de haber contribuido de modo fundamental a la conformación de la Izquierda Nacional comopensamiento político revolucionario, jamás se proclamó creador de alguna corriente historiográfica particular; su colaboración en este sentido es más bien reducida: el estudio sobre Bolívar como prólogo al "Simón Bolívar" de Carlos Marx, y su similar sobre el General Paz -firmado como"Montenegro"- para las "Memorias Póstumas" del vencedor de La Tablada que librara al público la Editorial "Almanueva" en 1954. Mayor es el aporte de Enrique Rivera, aunque éste escribió siempre bajo la inspiración del gran pensador santafesino que fue Narvaja, expresando no un sesgo propio sino una elaboración de todosbajo la guía de éste. Ernesto Cevallos, su amigo y discípulo cordobés, aseguraba tajantemente, en un prólogo a los artículos de Narvaja publicados por Ramos enEdiciones del Mar Dulce("Cuarenta años de Peronismo", Bs. As, 1985), que"Aurelio Narvaja no es un descubridor del pasado, sino un lúcido intérprete de su tiempo" (pág.10). O sea: no un historiador, sino un pensador político.

Ramos, por lo demás, reconoció generosamente su deuda con "Frente Obrero", no sólo enla ocasión que cita Norberto Galasso, sino también en su libro "La Era del Bonapartismo" (Ediciones del Mar Dulce, Bs. As, 1981), donde a la página 42 dice, refiriéndose a "Frente Obrero", que "este periódico, redactado por Aurelio Narvaja, es el primero que caracteriza lúcidamente el caótico proceso que la historia conocerá bajo el nombre de peronismo, desde el punto de vista del socialismo revolucionario". Para más, Ramos debería haberse "tirado al piso", como dicen los adolescentes...

En realidad, el Revisionismo Socialista es una creación colectiva, pero no colectiva solamente al interior de "Frente Obrero", sino en la interacción compleja de "Frente Obrero" y "Octubre", dada la relación de colaboración/rivalidad entre ambos grupos; en la relación de Terzaga con Ramos; las conversaciones del riocuartense con Hernández Arregui y Esteban Rey cuando éstos vivían en Córdoba; la temprana influencia de Saúl Taborda, presentado por Horacio Sanguinetti como "precursor de la Izquierda Nacional", y los trabajos que cité de Spilimbergo para la Editorial Indoamérica. Y estoy seguro que me olvido injustamente de algunos pensadores más modestos que escapan al recuerdo. El hecho es que hay una cantidad de análisis, de discusiones, de libros y de artículos, que aportan a distintas facetas de la realidad histórica, pero que recién se transforman en una nueva calidad(el Revisionismo.Científico) cuando Ramos reúne todos esos hilos, todos esos aportes, los sintetiza, los compatibiliza y los reelabora creadoramente en sudeslumbrante gran libro de 1957: "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina", al que seguirá después -1968- "Historia de la Nación Latinoamericana". Todas las demás obras de esta corriente que le siguieron, son tributarias -quiérase o no- de uno o de los dos grandes libros de Jorge Abelardo Ramos. Todos: los de Galasso, Maceyra, Honorio Díaz, Calello, Luis Alberto Rodríguez, Belloni, Carpani, Guerberoff o Acerbi en Buenos Aires; Roberto Salazar y Carlos Díaz en el Chaco, Claudio Maíz en Mendoza, Raúl Dargoltz en Santiago del Estero, Daniel Campi en Tucumán, Chin Cabral en Corrientes, el primer Gregorio Caro Figueroa en Salta y Denis Conles y Roberto A. Ferrero en Córdoba. (Santa Fe y Entre Ríos- patrias de Busaniche, de Sylvester, de Cervera, de Vázquez- son los grandes ausentes en nuestra producción historiográfica.¡ Extraño caso éste!) Hay sólo un par de excepciones: Alfredo Terzaga, por lo que dijimos, y Spilimbergo en algunos aspectos, principalmente en su ópera magna: "La Cuestión Nacional en Marx", pero también "La Guerra Civil en los Estados Unidos y el subdesarrollo" y "De los Habsburgos a Hitler", porque sus demás trabajos -sobre elnacionalismo oligárquico (1958) y el socialismo cipayo (1960)- ya tenían adelantados la casi totalidad de sus argumentos en los artículos de Ramos en el diario "Democracia de 1951/55 y en "Revolución y Contrarrevolución", de 1957. Dejamos de lado la original contribución de Blas Alberti, porque ella se hizo más que nada en el terreno de la crítica a la Sociología académica. Ernesto Laclau exploró también otros terrenos, pero como han demostrado con bibliografía en mano Martín Bergel et al en "El Joven Laclau", la tesis sobre la importancia de la renta agraria diferencial en la constitución social e histórica de la Argentina "sólo en su tránsito por el PSINpudo ser incorporada por Laclau" (pág. 9).

Esto es así y la posterior capitulación de Ramos ante el menemismo proimperialista no disminuye en nada sus grandes méritos. Dice el refrán: "Lo que la pluma ha escrito, no lo borra el hacha". Ni la capitulación, podemos agregar. Su caso es semejante al de Jorge Plejanov, que predicó por décadas la revolución socialista para Rusia, y cuando ella al fin se produjo, la desconoció y enfrentó acerbamente al gobierno leninista. Y sin embargo, Leninsiguió recomendando la lecturade sus libros a quienes quisieran aprender marxismo y el Estado soviético reeditó muchas veces sus Obras Escogidas.

Nosotros debemos seguir leyendo al Ramos pre-menemista, porque todavía tiene mucho que darnos. Y al Spilimbergo de sus trabajos clásicos. Y a Rivera y a Narvaja/Peñaloza, obviamente.

III

Finalmente, quiero "meter cuchara" en dos temas también tratados por los polemistas.

Uno es el del carácter de la Independencia latinoamericana, que siempre me ha martirizado. Según la tesis que comparten la Izquierda Nacional historiográfica y el rosismo, la Revolución de la Independencia no fue -valga la contradicción- "independentista" en sus orígenes; no fue ni separatista ni antihispanista. Esta tesis - que no es de Ramos, de Rivera ni de Sulé, sino de Enrique de Gandía- afirma que la Guerra de la Independencia fue una contienda civil entre liberales y absolutistas, que contó con criollos y españoles en ambos bandos; que -prosigue- al fracasar la revolución liberal en la parte peninsular del imperio español, los habitantes de esta otra parte, americana, habrían declarado su independencia para no quedar bajo las garras del absolutismo.

Bien. No es que yo quiera impugnar esta hipótesis, porque no soy historiador profesional y aún no he investigado el tema en profundidad, pero me perturba la existencia de ciertos hechos gruesos -y los hechos son porfiados- que encajan mal en esa tesis o hipótesis degandiana.

Estos son algunos de esos hechos "contestatarios": a) Venezuela declaró su independencia formalmente antes del triunfo del absolutismo en España, en pleno período de sesiones de las Cortes liberales de Cádiz que en octubre de 1810 declararon la igualdad de derechos entre españoles y americanos. No obstante esta circunstancia -que habría colmado los deseos de nuestros próceres liberales pero no separatista- el Congreso venezolano declaró el 7 de julio de 1811 "que las Provincias Unidas (de Venezuela. RAF) son y deben ser, de hecho y de derecho, estados libres, soberanos e independientes;que son absueltas de toda dependencia de la corona española o de quienes se llamen sus agentes o representantes"; b) En Méjico, el general Agustín de Iturbide separó a su país de España en 1821, no para evitar caer bajo el control de los absolutistas (ya que él también lo era) sino, por el contrario, para no quedar bajo el dominio de la democracia española, que había inaugurado el Trienio Liberal (1820- 1823); c) En el Perú, es harto sabido que sus clases dominantes, después del susto que les había dado Tupac Amaru, no tenían ningún interés en la independencia, y menos bajo un régimen liberal que diese algunas libertades a los naturales del país.

Podría argüirse que la tesis degandiana es válida para el Río de la Plata. Pero, entonces, ¿en qué queda la naturaleza hispanoamericana de la Revolución? ¿No estaremos en presencia de una generalización abusiva de la hipótesis del "no separatismo original"? Pero incluso aquí en estas tierras del sur, ¿porqué un partícipe principal de los sucesos de Mayo, el general Manuel Belgrano no habla para nada en sus breves Memorias de un plan de democratización o de liberalismo imperial sino que alude solamente a "el deseo de la libertad e independencia de mi patria..."? En cuanto al "no-hispanismo", los documentos y expresiones verbales de la época están plagados de sentimientos antiespañoles que no se pueden ignorar. ¿Y qué más antihispanista que la letra del Himno Nacional de Vicente López y Planes, tanto que décadas después, al establecerse relaciones diplomáticas con la Madre Patria, tuvo que ser aligerado de sus estrofas más ofensivas para España? Pero repito, no impugno, sólo introduzco algunas dudas y cuestionamientos.

El otro tema es el del marxismo, que Sulé toca medio de paso. Comparte, casi al final de su Carta, la crítica a la historiografía "marxista". Correcto. Pero en afán de precisiones, debería decir la historiografía "stalinista" (Leonardo Paso), "mitromarxista" (Antonio Solari, Rondanina, Américo Ghioldi) o ultraizquierdoza (Milcíades Peña), porque el método marxista bien aplicado da origen a libros magníficos y veraces como"Revolución y Contrarrevolución en la Argentina". Más adelante, afirma que los marxistas "ven individuos movidos por apetitos". Doble error: en primer lugar, esa concepción es propia más bien de la sociología atomística ultraliberal, pero no del marxismo, que si por algo se caracteriza es por atribuir el protagonismo históricoa las masas y a las clases, y en segundo lugar porque el marxismo ve a los apetitos (de lucro, de sexo, de poder, de figuración?) como uno más de los motivos que movilizan la conducta humana, al lado de los ideales, las aspiraciones, las ilusiones, los rencores o los prejuicios, por nombrar algunos motores del alma. Seguramente la familia Rockefeller se mueve por afán o apetitos económicos, pero la Madre Teresa de Calcuta lo hacía por amor al prójimo. El marxismo se limita a explicar estos motores por el clima social e histórico en que surgen y se desarrollan, clima que, a su vez, tiene su explicación de última instancia en las condiciones de vida material (los modos de producción). Si el Medioevo, fundado en el modo feudal, nos da el amor caballeresco y el fervor religioso, el capitalismo en su etapa ascendente nos dará los ideales de la Revolución Francesa y en su crisis el Facismo y ahora el fundamentalismo homicida de Bush, claro que mezclado con convenientes dosis de "apetitos" para hacer negocios con el petróleo de Irak y la reconstrucción de Nueva Orléans. Pero todo esto Sulé lo sabe, porque ha leído el "Manifiesto Comunista"...

Los saludo a ambos muy respetuosamente.

Córdoba, 04 de Noviembre de 2005
Roberto A. Ferrero

 

Norberto Galasso a Jorge Sulé, en respuesta a la (primer) carta abierta que le dirigió Sulé en setiembre 2005

 

NORBERTO GALASSO A JORGE SULÉ
EN RESPUESTA A LA (Primer) CARTA ABIERTA PUBLICADA
en:
"Pensamiento Nacional", setiembre 2005 y
"Rebanadas de Realidad", del 2 de octubre de 2005

Buenos Aires, 12 de octubre del 2005.-

Estimado Jorge Sulé:

Comienzo por el final de su carta. Allí, usted manifiesta que concuerda con mi análisis sobre la Historia Oficial y con mi crítica a la historiografía de la izquierda tradicional. Asimismo, juzga correctas mis apreciaciones sobre la “Historia Social”, aunque las considera algo “indulgentes”. Después de estas coincidencias, sostiene: “El parcelamiento que se hace del revisionismo histórico me parece en algunos casos injusto, en otros inexacto y en todos, innecesario”. Aquí reside la gran disidencia. Para usted, el revisionismo histórico es una sola corriente historiográfica, nacida con Saldías y aún vigente, con “matices culturales diversos”, que reconoce tres factores: 1) la acción externa sobre nuestro país, 2) el pueblo y sus jefes políticos que defienden nuestro patrimonio espiritual y material y 3) minorías económicamente poderosas, protagonistas de la traición y la entrega. En esta concepción, Rosas –no San Martín, no Yrigoyen, no Perón- sería “la llave de bóveda”.

Mi posición al respecto la expuse en un folleto editado, en junio de 1987, en Rosario, por el grupo “CREAR”, bajo el título “La larga lucha de los argentinos”. Luego, la amplié en un libro, bajo el mismo título, en 1995 (Ediciones Colihue) y finalmente, la desarrollé, en 1999, en los “Cuadernos para la otra historia”, números 1, 2 y 3, editados por el “Centro Cultural Enrique Santos Discépolo”. Por supuesto, el tema había sido ya tratado por diversos ensayistas y mi modesto aporte consistió en exponer las distintas ópticas desde las cuales había sido impugnada la Historia Oficial, es decir, un trabajo de sistematización, pedagógico, si así quiere llamarlo. Aquello que usted denomina “matices culturales diversos” dentro del revisionismo histórico, resultan, para mí, disidencias muy importantes, en la medida en que expresan posiciones ideológico-políticas diversas y hasta antagónicas.

La impugnación de la Historia mitrista se inicia con críticas aisladas, provenientes de francotiradores que no se emparentaban en una corriente historiográfica: no elaboraban desde una misma óptica, no se apoyaban unos en los textos de otros, sustentaban concepciones filosóficas y políticas distintas, no se sentían integrados en una misma escuela. Por esta razón califiqué como “precursores” del revisionismo a Adolfo Saldías, Ernesto Quesada, David Peña, Ricardo Rojas y Juan Alvarez. Con posterioridad, aparecieron historiadores que provenían, en general, del radicalismo y a los que se llamó “Nueva Escuela Histórica”, rápidamente disgregada. Más tarde, surgen aquellos que si bien al principio, trabajan aislados, luego confluyen en el “Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas” y publican una revista que los identifica, de manera tal que aún cuando subsistieran algunas diferencias entre ellos, pueden ser considerados como “corriente historiográfica”, al igual que lo es hoy la “Historia Social”. Por ello, no estimo injusta, ni tampoco inexacta, la agrupación de los revisionistas en diversas corrientes.

En el caso de los forjistas, tampoco las diferencias las establecí yo, sino los mismos protagonistas: así, no existe información de que alguna vez la tribuna de FORJA fuese ofrecida a los historiadores provenientes del nacionalismo oligárquico (es decir, del uriburismo, que precisamente había derrocado a Yrigoyen, en el 30, lo cual motivaba el justificado rencor de Jauretche y sus amigos, provenientes del radicalismo). Cabe recordar, asimismo, que Scalabrini Ortiz se negó a colaborar en “Nuevo Orden” (“Noticias Gráficas”, 20/7/1940), por estimar que ese periódico expresaba un nacionalismo reaccionario. Me parece pues justo, exacto y necesario deslindar los campos. Es cierto que Jauretche se acerca, luego, al “Instituto” y por esa misma razón, distingo al revisionismo influído por el peronismo (J.M. Rosa y F. Chávez) del revisionismo anterior (antipopular, como es el caso de Julio Irazusta, antiperonista, al cual el mismo Jauretche vapulea en “Los profetas del odio”).

Considero que este proceder es de plena justicia y correcto desde el punto de vista del análisis de las corrientes ideológicas en la Argentina. Asimismo, lo considero necesario en estos momentos en que muchos jóvenes se apartan de la historia mitrista. ¿Cree usted que sería posible facilitar su desplazamiento al campo nacional –rompiendo con Mitre y Halperín Donghi- si les ofrecemos, en nombre de la revisión histórica, alternativas como esta caracterización de Rosas, con la cual Carlos Ibarguren pretende elogiarlo?: “La pampa nutrió a Rosas y modeló en su persona el arquetipo del patrón. La estancia era un dilatado señorío, extensos dominios, rebaños numerosísimos, peones militarizados, trabajos rudos y guerra contra los indígenas. El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y guerrero. Debía comprender a los paisanos e interpretar su alma para dominarlos, administrar hasta la extrema minucia para obtener el mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y manejar a los hombres como si fuesen ganados”. (Ibarguren, Carlos, “Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo”, edic. Theoría, Bs. As., 1961, pág. 37). O esta otra, de la misma pluma: “La sociedad, así modelada por la dictadura (de Rosas) ofreció el aspecto uniforme de un inmenso rebaño humano, bien amansado, del mismo pelo y de la misma marca. Para todos un color único, idéntica divisa, librea semejante, exacta manera de llevar el bigote, iguales formas repetidas, con incansable tenacidad. El mismo sello impreso en los cuerpos doblegados y en las almas sumisas” (Ibarguren, Carlos, ob. cit, pág. 215)

Asimismo, ¿convenceremos a los confundidos o aumentamos la confusión si colocamos juntos a Scalabrini Ortiz, a Hugo Wast y a Federico Ibarguren, bajo la bandera de un solo y unificado revisionismo?. Le recuerdo la enorme diferencia que los separa, por ejemplo, al referirse a Mariano Moreno. Afirma Scalabrini: “Con la caída de Moreno, una ruta histórica se clausura... La Nación debe constituirse entera en la concepción de Moreno... La ruta de perspectivas que abrió la clarividencia de Moreno estaba definitivamente ocluída... El presintió una grandeza y una manera de lograrla precaviéndose de la artera logrería de Inglaterra. La otra ruta está encarnada en Rivadavia” (“Las dos rutas de Mayo”, conferencia en FORJA, agosto 1937). Por su parte, Hugo Wast sostiene, en “Año X”, Librería Goncourt, Bs. As., 1960: “En el seno de la Junta, Moreno representaba la demagogia liberal contra la tradición católica y democrática que encarnaba Saavedra. Por eso, los modernos demagogos, los masones, los anticatólicos en cualquier partido en que militen (socialistas, comunistas, etc.) descubren en Moreno su primer antepasado en la historia argentina” ( pág-82/83); “Moreno era un demagogo trasnochado” (pág. 85); “La revolución (de Mayo) fue militar y católica y popular... En ningún momento plebeya y fue aristocrática, porque la hicieron verdaderos señores...” (pág. 35). A su vez, Federico Ibarguren, al referirse a la táctica violenta que Moreno aconseja en su Plan de Operaciones, señala que “cincuenta años más tarde, nada menos que Karl Marx (que nació en 1818) escribirá también coincidentemente este pensamiento clave del comunismo actual” (Ibarguren, Federico. “Las etapas de mayo y el verdadero Moreno”, ediciones Theoría. Bs. As., 1963, pág. 73). Elogiado como revolucionario nacional, por unos y denostado como liberal demagógico y hasta demonizado, por otros, por marxista antes de Marx, estos juicios antagónicos sobre Moreno no son “matices culturales”, como usted afirma, sino fuertes disidencias historiográficas, que provienen de fuertes disidencias ideológico-políticas. ¿Cómo insertar entonces a Scalabrini Ortiz –del cual usted mismo cita “Política británica en el Río de la Plata”- en medio de otros historiadores antimorenistas y rosistas, cuando él sostuvo: “Las preclaras ideas de Mariano Moreno que borbotean en algunos discursos de su hermano Manuel, en algunos párrafos y en algunas intenciones de Dorrego, en el instinto certero de los caudillos federales y en algunos relámpagos de inspiración de Juan Manuel de Rosas, caen abatidas por las ideas que propiciaba el extranjero....” ( “El capital, el hombre y la propiedad en la vieja y en la nueva constitución, Edit. Reconquista, Bs.As., 1948, pág. 11)?. Observe la diferencia: “El instinto certero de los caudillos federales” y en cambio, sólo “algunos relámpagos de inspiración de Rosas”.

Para corroborar que no se trata simplemente de “matices” podríamos recordar la diferencia que establecía Jauretche entre forjistas y nacionalistas: “Los diversos grupos nacionalistas actuaban, quisiéranlo o no, como prolongación de procesos críticos al liberalismo de procedencia extranjera. Tenían un vicio de origen pues habían partido de sectores desprendidos y enfrentados al campo oligárquico y estaban influídos por ideas de antilibertad, de moda en ese momento. Veían a la nación como una idea abstracta desvinculada de la vida del pueblo; en el fondo, pensaban en una tutoría rectora de minorías fuertes, opuesta al despotismo ilustrado de los liberales, pero destinada a hacer el país desde arriba y a la fuerza, con o sin la voluntad de los pueblos.... Alguna vez, discutiendo con un nacionalista, cuando se acercaban a FORJA en busca de coincidencias, le dije: El nacionalismo de ustedes se parece al amor del hijo junto a la tumba del padre. El nuestro se parece al amor del padre junto a la cuna del hijo y ésta es la sustancial diferencia. Para ustedes, la Nación se realizó y fue derogada; para nosotros, todavía sigue naciendo”. (Arturo Jauretche, “FORJA y la Década Infame”, edit. Coyoacán, Bs. As., 1962, pág. 43). Inclusive, cuando nuestro común amigo Fermín Chávez evidencia su simpatía por “El Che” y rescata su relación con el peronismo (“El Che, Perón y León Felipe”, edit. Nueva Generación, Bs. As., 2002), se coloca tan lejos del furibundo antiizquierdismo de Anzoátegui o de Steffens Soler que no es posible ubicarlo en la misma trinchera con ellos solamente en razón de que los tres se definan rosistas.

Por estas causas, sobre las cuales se podría abundar largamente, entiendo que en esta época en que los argentinos buscamos definiciones claras para orientar el nuevo rumbo, resulta imprescindible distinguir desde que óptica y con qué argumentos los distintos historiadores impugnan a la historia mitrista, no vaya a resultar que en vez de criticar a los mitristas-halperindonguistas desde una concepción superadora, nacional-latinoamericana y revolucionaria, concluyamos criticando a Mitre en nombre de ideologías tradicionales, nostalgiosas de “botas, sotanas y chiripás”. Usted seguramente conoce aquella graciosa contestación de Jauretche a las expresiones ultramontanas del coronel Juan Francisco Guevara, el de la “Córdoba heroica”, diciéndole que si los liberales oligárquicos no quieren discutir el siglo XX, no les hagamos el juego reivindicando el siglo XV, pues ellos, parados en el siglo XIX, estarían resultando modernos.

Creo que hay que definir, Sulé, juntar sí, indudablemente, al campo antiimperialista, pero sin confusiones. Hay muchos, como yo, que aportamos lo que podemos a la demolición de la Historia Oficial, pero no aceptamos –sólo porque rechazamos la versión mitrista sobre Rosas- que nos coloquen en la misma vereda del antiperonista Irazusta o del fascista Ibarguren. En su lenguaje campechano, Perón estaría de nuestra parte: “Ojo con esos nacionalistas de derecha que son piantavotos”.

Con relación al revisionismo histórico socialista, federal provinciano o latinoamericano le señalo que éste tiene sus orígenes hacia 1952. Si bien abordé el tema en “La larga lucha de los argentinos” (Ediciones Colihue, Bs. As., 1995) lo expuse luego, con mayor minuciosidad en un “Cuaderno para la otra historia” (número 3), editado en 1999, por el “Centro Cultural Enrique Santos Discépolo”. Esta última publicación se ha reproducido como separata de la revista “Veintitres”, en los números del 11 y 18 de agosto de este año. Por supuesto, no lo inventé yo, pues en 1952 tenía dieciséis años y me encontraba todavía bajo la dominación ideológica del liberalismo antinacional. Pero puedo relatarle la historia de su surgimiento y desarrollo que –reconozco- no es demasiado conocida, por lo cual entiendo – y justifico- su desconocimiento al respecto, especialmente ahora que “me desayuno” que alguna gente que militó en una corriente afín –liderada por Ramos y luego, por Spilimbergo- ha perdido la memoria respecto a esta cuestión.

En octubre de 1945 –y esto usted seguramente lo conoce- el periódico “Frente Obrero” fue la única organización de izquierda que comprendió la importancia de la movilización obrera del día 17 y consiguientemente reconoció allí los inicios del movimiento de Liberación Nacional liderado por Perón, entendiendo que debía apoyarlo “con medios de clase”. Esa pequeña patrulla, que andaba sola en el desierto y supo comprender al “subsuelo de la patria sublevado”, como llamó Scalabrini a la multitud movilizada, estaba integrada por Aurelio Narvaja (padre), Adolfo Perelman, Enrique Rivera, Hugo Sylvester y Carlos Etkin, acompañados de un reducido grupo de militantes entre los cuales puede citarse a Carlos Díaz (Chaco), De Gotardi (Santa Fe), Celiz Ferrando (Córdoba) y Aquiles Martínez. Se los debe considerar los fundadores de la Izquierda Nacional en tanto definieron una correcta posición socialista respecto al naciente movimiento antiimperialista, según la tesis leninista de “Golpear juntos y marchar separados”. Por entonces, Jorge Abelardo Ramos participaba del número 1 de la revista “Octubre”, producto de una alianza con Miguel Posse, Mecha Bacal y Aníbal Leal, y todavía no había captado la importancia de esa jornada, ni el liderazgo emergente de Perón. Luego, en 1946, Ramos se retira de esa alianza y publica el número 2 de “Octubre”, con Niceto Andrés (Mauricio Prelooker). Después, con el número 3 de “Octubre” se vincula a “Frente Obrero” y a partir de allí, en un proceso de “militancia hacia adentro” –dado que el peronismo cubría todo el escenario obrero- este reducido grupo abordó el estudio en profundidad de la historia argentina. Poco después, Ramos se apartó de “Frente Obrero” y a fines de 1949, publicó “América Latina, un país”. Este libro fue importante en tanto abrió la polémica y además por el intento de superar al mitromarxismo practicado por la izquierda tradicional. Pero, el viejo nacionalismo influyó sobre el joven ensayista y así, el libro de Ramos condenó a Bolívar y a Moreno, al tiempo que formuló un exaltado panegírico de Rosas. Le reproduzco algunos textos porque se trata de una obra agotada y de difícil acceso: “Bolívar abominaba de las masas, pero era un hábil político”(pág. 57), “La política de Moreno, Belgrano (y otros) fue una política antinacional por excelencia” (pág. 73), “Rosas realizó la unidad de las provincias argentinas” (pág. 90) y “permitió de hecho un desarrollo autónomo de la economía argentina” (pág. 92). Tan profunda era la coincidencia de este libro con las postulaciones rosistas que Manuel Gálvez le escribió a Ramos señalándole su asombro “porque partiendo usted del marxismo ortodoxo y yo de un punto opuesto, coincidamos en tantas cosas” (carta del 21/11/49). Y tanto le gustó a Gálvez que llevó un ejemplar al Jockey Club para que lo leyeran sus amigos nacionalistas de derecha. Probablemente usted recuerde que en la revista del “Instituto de Investigaciones Históricas J. M. de Rosas”, “Pepe” Rosa comentó el libro con alborozo “por la conversión al rosismo de los trotskistas”, pero, al mismo tiempo manifestó su preocupación: “Nunca creímos en un peligro comunista para la Argentina... Es muy comprensible que si para ellos Rivadavia era, en 1826, “el pueblo argentino’, en 1945 se equivocaran con Tamborini. Semejantes topos no podían significar nada serio para nuestra política. Ahora es distinto. Estos comunistas de la IV Internacional no sabemos cuántos son, ni quiénes son. Pero han dado con el revisionismo, es decir, tienen los ojos abiertos y saben dónde asientan el pie”. (Revista del Instituto de Investigaciones Históricas J. M. de Rosas, número 15/16, setiembre 1951, pág. 187).

Poco después, 1951/52, “Frente Obrero”, en un trabajo titulado “Los cuadernos de Indoamérica” –cuya paternidad probablemente sea de Narvaja, orientador ideológico del grupo- le formula una crítica apabullante a ese libro de Ramos. Le detallo seguidamente algunos de los aspectos más importantes porque se trata, también, de un material difícil de encontrar. Sobre la revolución de Mayo, por ejemplo, la definen como “democrática”, popular o juntista”, pero no separatista o independentista como lo plantea el mitrismo. (Ahora, los de la “Historia Social” están intentando sacar las manos de la trampa, sin molestar a Mitre y al diario “La Nación”). Le comento, asimismo, que no comparto la interpretación de que Mayo se produjo para evitar la dominación francesa porque, en ese caso, derrotado Napoleón (1814), deberían haber mantenido la unidad con España y no, como sucedió, que se hicieron independentistas, precisamente porque en España había perdido la causa democrática, ante el giro a la derecha del reinstalado Fernando VII. Allí también preconizan la unidad latinoamericana, recogen las enseñanzas del “Alberdi viejo” y de Juan Alvarez sobre las causas de las guerras civiles argentinas (control de los recursos de la aduana, libre navegación de los ríos para las provincias ribereñas y la alternativa librecambio o proteccionismo).

Con ese trabajo, tres cuadernillos a mimeógrafo, nace el revisionismo socialista, latinoamericano o federal provinciano. Este nacimiento adquiere personería en 1954, cuando, bajo la firma de Enrique Rivera, aparece el libro “José Hernández y la guerra del Paraguay”, editado por “Indoamérica”, editorial perteneciente a esos jóvenes de “Frente Obrero”. Entre otras cosas, allí se fija posición sobre los modos de producción en el virreinato, en 1810 que, como usted recuerda, dio lugar, más tarde, a nuevas discusiones: Puigross-Gunder Frank en 1964, Sergio Bagú y Milcíades Peña coincidiendo en que existían relaciones capitalistas mientras otros marxistas defendían la tesis de que había feudalismo. Asimismo, el tema central del libro de Rivera –Hernández y el genocidio del Paraguay- significó un aporte valioso, en una época en que la mayoría de los rosistas (¿o todos?) esquivaban el tema para no irritar al diario “La Nación”. Luego vendrían León Pomer, siempre silenciado, y Jose M. Rosa, con su hermoso “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”, a profundizar en la historia de aquella tragedia. Regresando al tema que nos ocupa, años después, Ramos publica “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” (Editorial Amerindia, julio de 1957) donde asume como propias todas las críticas de los Cuadernos de Indoamérica. En esa primera edición, publica un prólogo (que ya no aparece a partir de la tercera edición) donde se cubre: “El lector que conociere mis libros y escritos anteriores advertirá que he reelaborado en parte o totalmente la interpretación de hechos y personajes de nuestro pasado... Amigos y enemigos contribuyeron generosamente con sus críticas a estas páginas... ‘Eran muchas voces y se oía una sola voz’, cantó un día el poeta antillano Manuel del Cabral” (Ramos, Jorge A., ob. cit., pág. 12)

En otros tiempos, ese libro fue considerado por los discípulos de Ramos como el punto de partida del revisionismo histórico socialista, latinoamericano o federal provinciano. En 1974, todavía Ramos reivindicaba la existencia de esa corriente historiográfica, pues en su editorial “Octubre” publicó “El revisionismo histórico socialista”, reuniendo ensayos de él mismo, Jorge Enea Spilimbergo, Alfredo Terzaga, Salvador Cabral y Luis Alberto Rodríguez. Comete un error quien sostiene que en el prólogo de ese libro existe una definición de Ramos en el sentido de que sólo puede hablarse de esta corriente desde el punto de vista político, pero no desde el punto de vista científico... y no existe, porque el prólogo lo escribe Blas Alberti. Allí, Alberti también “parcela” al revisionismo y con la ayuda de Spilimbergo, reduce la importancia del rosismo tradicional: “Salvando al revisionismo del nacionalismo oligárquico cuyo despertar se correspondía con el auge del fascismo en Europa por lo que “su nacionalismo -al decir de Spilimbergo- tuvo muy poco de nacional” ya que “ni recurrió a la tradición política argentina, ni se impregnó en las fuentes del movimiento popular, carne y sangre de lo nacional, reconoceremos en Scalabrini Ortiz y Jauretche a los primeros y más prominentes precursores del revisionismo nacional, democrático y revolucionario, cuya continuidad legítima es el revisionismo socialista”. Líneas después, Alberti señala que el revisonismo histórico socialista “se ha constituído en una visión historiográfica destacable con nítidos perfiles, tanto por su contenido, como por su forma” (“El revisionismo histórico socialista”, editorial Octubre, Bs. As., 1974, prólogo).

Después, transcurre demasiado agua bajo los puentes: Ramos manifestó que dejaba de ser marxista (revista “El Porteño, diciembre 1984), se definió “socialista criollo” mientras adoptaba posiciones nacionalistas, primero, con su “Movimiento Patriótico de Liberación Nacional” y luego, asumió el liberalismo, apoyando al menemismo. Por su parte, algunos de sus discípulos se han hecho rosistas a la vieja usanza. No debe asombrar dada la estrecha vinculación entre historia y política.

Mi opinión es que esta corriente historiográfica ha caracterizado correctamente a los caudillos federales del litoral y del interior, como asimismo a Rosas. Usted me señala que los revisionistas de viejo cuño abordaron en su momento las historias de los caudillos provincianos. Por cierto –como usted afirma- “manifestaron interés por los caudillos del interior”, pero sólo parcialmente los reivindicaron pues al encontrarse con que la mayor parte de ellos eran antirrosistas, mutilaron sus figuras tornándolas incomprensibles.

Con respecto a El Chacho, usted hace referencia a Corvalán Mendilaharsu y a José Hernández. En el caso de Mendilaharsu dedica sólo 2 líneas a la lucha antirrosita del Chacho (tres insurrecciones y exilios) y no explica sus causas. En cambio Hernández, que no era rosista, se refiere con mayor detalle al enfrentamiento El Chacho-Rosas. Y explica algo que usted olvida. Usted dice que el Chacho regresó de Chile, en 1846, “pidió autorización a Benavídez para regresar y este dio vista a Rosas autorizando su regreso, cosa que el Chacho hace”. José Hernández, en cambio, señala que Nazario Benavídez le otorgó una hospitalidad generosa y segura, en San Juan, pero que cuando “Rosas tuvo conocimiento de la presencia de Peñaloza en aquella provincia, reclamó de Benavídez su envío, por reiteradas e imperiosas órdenes. Pero Benavídez resistió al cumplimiento de esas órdenes, a pesar de la grave situación en que se colocaba él mismo” (J. Hernández, “Vida del Chacho”. Antonio Dos Santos editor, Bs. As., 1947, pág. 166). Puede presumirse que Rosas no tenía el propósito de rendirle homenaje al Chacho sino que quería tenerlo en sus manos para algo mucho más severo. Esto que le comento no resulta insólito en los historiadores rosistas sino que puede considerarse la norma respecto a los caudillos federales del interior: o no se los explica, dejando un interrogante acerca de las causas que los originaron o se intenta minimizar su enfrentamiento con Rosas.

Usted mismo sostiene que el zarco Brizuela fue “conquistado” por los unitarios, que Marco Avellaneda “lo sedujo” y que luego Brizuela “arrastró consigo a muchos riojanos, entre ellos El Chacho”, así como que “ni Brizuela ni el Chacho conocían los entretelones de la Coalición del Norte”. Apelando a este tipo de argumentación podría decirse que, por supuesto, tampoco sus seguidores sabían por qué razón se jugaban la vida con estos caudillos, ni tampoco Felipe Varela sabía por qué razón en sus proclamas criticaba a Rosas. De todo esto podría concluirse que Sarmiento tenía razón cuando los tildaba de bárbaros pues desde 1824, que empezó Facundo, hasta 1870, se pasaron los caudillos y sus hombres combatiendo sin saber por qué ni para qué, “seducidos”, “engañados” por los liberales. Y dentro de ese período combatieron muchos años erróneamente, en contra de sus propios intereses, que eran defendidos por Rosas. No eran sólo bárbaros, sino políticamente algo peor: tontos, para no utilizar la palabra más gruesa que brota naturalmente en estos casos.

Semejante es el caso de Ricardo López Jordán. Luchó en Caseros contra Rosas por lealtad a Urquiza, pero nadie sabe qué factores provocaban esa lealtad. Y tampoco, de dónde, a su vez, nacía la lealtad de sus hombres, para convertirlo a López Jordán en caudillo. Nosotros sostenemos que Rosas le cerraba los ríos a los entrerrianos, sometiéndolos al puerto único y que no les daba su parte en las rentas de aduana, cuestiones concretas que afectaban a una provincia pujante como Entre Ríos. Ustedes dicen que “alguien sedujo”, “engañó”, al caudillo y a sus seguidores. Esto último me recuerda los argumentos “gorilas” acerca de la supuesta demagogia de Perón y de su sonrisa cautivadora que, sumada a la ignorancia del “aluvión zoológico”, resultarían las causas del movimiento de masas, teoría que usted y yo refutamos tantas veces.

El revisionismo rosista no puede explicar tampoco a Felipe Varela. Afirma también que Varela estaba contra Rosas por lealtad a El Chacho, y El Chacho por lealtad a Brizuela. Y los miles de compatriotas que los seguían, por lealtad a los tres. Si no existiesen las proclamas de Varela –críticas del centralismo porteño y del monopolio de la Aduana- uno se preguntaría por qué, en trance de ser leales, todos ellos no le eran leales a Rosas.

Corvalán Mendilaharzu y De Paoli, por ejemplo, buscan genealogías aristocráticas para prestigiar a El Chacho y a Facundo, mostrándolos como “señores”, en vez de explicar por qué razón los montoneros los seguían en su lucha, ya fuese contra Rosas, Mitre o Rivadavia, según el caso.

Andando estos caminos, viene a mi memoria lo que me ocurrió con “Pepe” Rosa. Yo tenía cierta relación amistosa con él pero cuando escribí un cuaderno de la revista “Crisis” (1975) titulado “Felipe Varela, un caudillo latinoamericano”, debí dar prioridad a la verdad histórica y entonces sostuve, en la pág. 6: “Los historiadores liberales, después de ignorar a Felipe Varela, lo condenaron por fascineroso y sanguinario (“matando viene y se va”). Ahora, los historiadores rosistas lo abordan desde diversos ángulos, a cual peor. Juan Pablo Oliver, obligado a optar entre Varela y Mitre con motivo de la Guerra de la Triple Alianza, prefirió a don Bartolo porque -según dijo- “era, en definitiva, el presidente de la República” y denigró a Varela por traidor. Vicente Sierra, por su parte, lo consideró desdeñosamente como “un caudillo localista de escasa significación”. José María Rosa, en cambio, prefirió elogiar a Varela –“El Quijote de los Andes”- pero, enfrentado al antirrosismo del caudillo, cometió la debilidad de transcribir mutilada –y sin puntos suspensivos, que indicaran omisión- su proclama de 1866 (Rosa, J. M., “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”, Peña Lillo Editor, Bs. As., 1964, pág. 261) para ocultar los elogios a Caseros y a Urquiza (como posibilidad de confluencia del interior contra el centralismo porteño). Otro camino siguieron Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde en su documentado libro “Felipe Varela contra el imperio británico”. Allí transcribieron con honestidad dicha proclama, pero argumentaron que Varela quería –aunque él no lo supiese- cumplir el proyecto de Rosas, que el elogio a la batalla de Caseros era simplemente táctica o error y que sólo la ingenuidad pudo llevarlo a confiar tantos años en Urquiza quien servía los intereses del Brasil (pág. 23). Felipe Varela ya no era un bandolero, depredador de pueblos, ni tampoco un traidor. Era políticamente algo peor: un zonzo”. Los dueños de Editorial Oriente –donde “Pepe” Rosa publicaba su Historia Argentina, en varios tomos- pusieron el grito en el cielo, escandalizados. Me acuerdo que un tipo macanudo y gran militante nacional como Alfredo Carballeda me llamó por teléfono, medio enojado. Sin embargo, “Pepe” Rosa no se amoscó. Quizás entendió que al enemigo hay que refutarlo con la verdad y que yo tenía razón en criticarle esa trampita que le daba argumentos al mitrismo (él, al hacerla; no yo al señalarla, pues a la larga o a la corta, alguien la habría descubierto).

Por eso, le repito: No niego que hayan abordado el tema, pero creo que fueron las ideas del Alberdi viejo, de Juan Alvarez, Andrade, Hernández, Peña y otros las que permitieron al revisionismo histórico socialista una comprensión en profundidad de estos caudillos, explicando las razones de su antirrosismo, así como de su antagonismo con Rivadavia y Mitre.

Por supuesto, no comparto sus reflexiones sobre el tema de los caudillos, coincidentes con las que sostenía J.M. Rosa en su crítica bibliográfica mencionada, del año 1951. Por otra parte, juzgo que usted malinterpreta la posición del revisionismo socialista, lo cual no me sorprende en tanto sostiene que no existe o que lo desconoce. Milicia rural –y no montonera- es la de Rosas, que organiza con sus peones una fuerza militar privada, que son los Colorados del Monte. Allí no hay artesanado ni crisis económica. Hay ganaderos relacionados patriarcalmente con sus peones, a los cuales nuclean para pelear por los intereses bonaerenses. El caso de Ramírez y López tiene cierta semejanza al de Rosas, pero debe observarse que ellos eran lugartenientes de Artigas. El proyecto del Protector de los Pueblos Libres (distribución de tierras, defensa de la producción nacional, derecho de autogobernarse, varios puertos para no depender de Buenos Aires que pretende ser puerto único) moviliza a los pueblos del litoral, contra la burguesía comercial portuaria que llega hasta pactar con los portugueses para destruir a Artigas. En otros casos, se trata efectivamente de ejércitos en disolución y sus jefes transformados en caudillos como Bustos, Ibarra o Heredia, después de Arequito. Pero en el caso de los caudillos del noroeste, que precisamente son los más enfrentados con Buenos Aires (no se tientan con las vacas como E. López, ni traicionan como Ramírez, ni se cartean con Paz como Felipe Ibarra) ellos nacen de la desintegración de la economía regional a consecuencia de la libre importación. Sobran testimonios de “viajeros” ingleses de donde surge que, en la década del veinte, el gaucho y la china usan mercadería importada –no tratándose de cuero- en su vida diaria. A ello se agrega que los recursos aduaneros –nacionales, en tanto los paga el consumidor final de todo el territorio- no se distribuyen a las provincias. La disputa por los recursos es un tema decisivo que provoca guerra civil entre 1810 y 1870 (sin discutir que cuando se trata de mercadería en tránsito, como usted dice, se devuelva el impuesto, lo más común es que el comerciante de Buenos Aires compre a los ingleses y revenda al interior, de modo tal que el impuesto aduanero encarece el precio, en sucesivos traslados, hasta el último consumidor. El impuesto, pues, lo pagan todos los argentinos, pero queda en Buenos Aires pues según Rosas, la renta aduanera es nacional en Estados Unidos porque tiene puertos en diversas zonas costeras pero en nuestro país es provincial pues la naturaleza le ha dado puerto a la provincia de Buenos Aires y de ella son sus ingresos, según lo manifiesta en la Carta de la Hacienda de Figueroa). Son precisamente aquellas provincias donde había una economía manufacturera, una industria en germen (producción de frazadas, ponchos, acolchados, ropa, etc.) las que se hunden con la libre importación y la falta de capitales derivada del monopolio aduanero. De allí saldrá aquello de “¡Porteños, raza de víboras!”. (Y el ensayo “Las dos políticas”, del poeta-político Olegario Andrade). También de allí salen Facundo, El Chacho, Felipe Varela, los Saa, Juan de Dios Videla, Carlos Angel, Santos Guayama y todos los que usted sabe, cruzándose de provincia a provincia pues no existen límites tales en la geografía real de los pueblos desamparados que permita sostener que hubo montoneros en La Rioja y no en Catamarca, en San Luis y no en San Juan.

La negativa a admitir que las montoneras brotan de la desintegración de las economías del interior lo conduce a usted, estimado Sulé, a sacarle las castañas del fuego a los ingleses que provocaron esa desintegración y emparenta su análisis con el de Halperín Donghi que intencionadamente recurre a la misma interpretación. Y con Sarmiento, quien, en “Recuerdos de provincia”, se refiere a la miseria que ha cundido en San Juan y la considera producto de “la barbarie montonera”, invirtiendo causa y efecto, pues lo que él llama “barbarie montonera” es precisamente consecuencia de la miseria, y no causa. Y esta última se explica por la irrupción de las mercaderías del “taller británico”, cuyo capitalismo se encuentra en plena expansión. Es interesante notar que a partir de la Ley de Aduanas, durante unos años, la situación político-social del interior es de relativa paz y orden y probablemente sea correcta la información de que al terminar el conflicto con Francia, no se aplican los aranceles, recrudeciendo el malestar y la consiguiente montonera. También en la década del cincuenta los pueblos se reorganizan en el oeste y en el norte pero, a partir de 1862, cuando Mitre arrasa con la importación y con las expediciones al interior, vuelve el alzamiento montonero, que ya no se detiene, inclusive durante la guerra del Paraguay cuando se produce la Revolución de los Colorados (1866) y después, con Felipe Varela, hasta su muerte.

Finalmente, estimado Sulé, en esta saludable polémica –en un país que se polemiza muy poco y así andamos- me veo obligado a abordar alguna cuestión personal pues en varias partes de su trabajo usted se refiere a mi situación en relación a la maquinaria del prestigio sostenida por el establishment. En una, afirma que al diferenciarme del revisionismo rosista... “no creo que lo haga como táctica política para ingresar al purgatorio de donde se saldrá para percibir los beneficios del paraíso de la publicidad editorialista o en la repartija de las cátedras universitarias digitadas por el ‘progresismo”. Le agradezco que agregue: ”No le veo esa catadura” y que afirme que le “cuesta creer que lo haga” persiguiendo los mismos fines de Luna con una supuesta imparcialidad para entrar al panteón de los consagrados, lo cual –agrega- lo decepcionaría. En otra parte, me conmina a explicarlo bien a Rosas, aunque “corra el riesgo de que lo silencien como a Jauretche o como a Fermín Chávez”. Estos comentarios suyos –a pesar de los agregados donde evidencia que confía en mi conducta- han servido para que algunos –en adjunto a su carta, según apareció insólitamente en Internet antes que usted me la hiciera llegar por intermedio de la común amiga Ana Lorenzo- sostuvieran que “esas sospechas están muy bien sustentadas y mejor dirigidas”. Debo pues aclarar algunas cosas, precisamente porque sé de su honestidad. Lo demás, no me interesa. Bueno y disculpe, como diría Julián Centeya, “que venga a hacerme la partida”, pero no hay otro remedio.

Según me informo, por la fotocopia que me adjunta, a usted lo cesantearon en 1955 por “rosista” y peronista. Un poco tardíamente, me solidarizo con usted ante tamaña injusticia propia del delirio “gorila”. A mí, en cambio, no me cesantearon nunca porque nunca me nombraron. Desde que egresé de la Facultad de Ciencias Económicas, en 1961, sólo ocupé un cargo durante escasos seis meses de 1973, como síndico de EUDEBA, a propuesta de la JUP, que renuncié a fines de ese año. Fíjese que en esa época, fueron muchos quienes ingresaron a la cátedra universitaria (uno de ellos, J. A. Ramos, merecidamente por su importante obra, pero sin título habilitante). No me gusta posar de víctima, pero para probarle el grado de silenciamiento de mi obra me basta con su propio ejemplo. Usted escribe: “Le informo....” y se refiere a la correspondencia Rosas-San Martín, lo que evidencia que ignora mi biografía sobre el Libertador, publicada hace cinco años, reeditada en la Argentina, publicada luego en Cuba y hoy en impresión en Venezuela, 600 páginas que sólo merecieron un comentario en Argentina -de la revista “Locas, cultura y utopías” (de las Madres de Plaza de Mayo), que usted tampoco ha leído- y una referencia en un reportaje de Página/12. Lo mismo ocurre con los “Cuadernos de la Otra Historia” pues si usted los hubiera leído hubiera evitado dos o tres páginas explicándome de qué modo Saldías accedió al archivo de Rosas o como Ernesto Quesada obtuvo la documentación para su obra. Yo ya “hice callo”, estimado Sulé, pues mis cincuenta libros publicados corrieron, en general, la misma suerte y si han tenido alguna difusión, ha sido por la perseverante labor de difundirlos “por abajo”, en conferencias por los últimos rincones del país y dada la tarea de mis compañeros de militancia, tanto del Partido Socialista de la Izquierda Nacional en el pasado, del “Centro de Izquierda Nacional Felipe Varela” luego y hoy, del “Centro Cultural E. S. Discépolo”, así como de la tozudez de algunos editores que me han seguido publicando. Por eso, a esta altura del partido, no respondo a quienes me quieran correr con imputaciones de coqueteo con el sistema, pero, en su caso, dado que no hay mala intención sino simplemente desconocimiento, debo aclarárselo.

Concluyo haciéndole saber que ha sido un gusto intercambiar ideas con usted, más allá de algunos alfilerazos que nos hayamos intercambiado en el entusiasmo de la polémica. En el túnel de la Argentina –donde asoman algunas lucecitas promisorias- creo indispensable la discusión elevada y profunda, como única forma de iluminar el futuro.

Reciba un abrazo de alguien que no piensa como usted pero que valora su consecuencia y su preocupación por el destino de nuestra Patria y nuestro pueblo.

Norberto Galasso
Buenos Aires, octubre 12 de 2005

 

Notas:
La "Carta Abierta a Norberto Galasso" de Jorge Sulé (la primera) apareció además reproducida o distribuida por otros medios electrónicos en setiembre y octubre de 2005.
Entre noviembre y diciembre 2005 Sulé envió una segunda carta abierta a Galasso, que éste respondió en diciembre 2005.

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