NORBERTO GALASSO A JORGE SULÉ
EN RESPUESTA A LA SEGUNDA CARTA ABIERTA PUBLICADA en:
"Pensamiento Nacional", noviembre 2005
Buenos Aires, 10 de diciembre de 2005
Estimado Sulé:
He recibido su segunda carta abierta, que paso a contestar. En ella, usted reitera que “Rosas es la llave de bóveda para la interpretación de la historia argentina del siglo XIX”. Además, frente a mi afirmación de que para usted la cuestión reside en Rosas y “no en San Martín, ni en Yrigoyen, ni en Perón”, responde acertadamente que “Yrigoyen y Perón dieron su máximo testimonio político en el siglo XX”. Por supuesto, lo sabía pero ocurre que es tal la insistencia del revisionismo rosista, tal la centralidad en Rosas que otorgan a toda discusión, tal la concentración de esfuerzos en la defensa del Restaurador, que esa actitud me llevó a suponer que el revisionismo rosista pretendía centrar en Rosas no sólo el siglo XIX sino también el siglo XX y por eso, hice referencia a Yrigoyen y a Perón. Sin embargo, y ahora con respecto al siglo XIX, observo que ni siquiera se le ocurre que San Martín podría disputarle a Rosas ese lugar clave que usted le otorga exclusivamente. Más aún, afirma que “San Martín está lo suficientemente esclarecido como para reiterarlo”.
Lamento disentir, profesor Sulé y esto agrava nuestras disidencias. San Martín ha sido vaciado por Mitre (ni proyecto unificador, ni opositor a Rivadavia, etc., etc.) y ello ha permitido que hace unos años haya sido imputado como agente inglés, en el libro “San Martín y la tercera invasión inglesa”, por el doctor Juan Bautista Sejean (Editorial Biblos, Bs. As., 2000, varias ediciones). Sejean sostiene que al Gran Capitán lo sobornaron en Londres, en 1811, pues ésta sería la única explicación de que un hombre modelado por España desde los seis años, después de 30 batallas como militar del ejército español y siendo teniente coronel de caballería de dicho ejército, haya decidido venir al Río de la Plata a combatir ... ¡contra el ejército español!. Según esta tesis de Sejean, los argentinos tendríamos un “padre de la Patria” que era agente británico, opinión que se sustenta en la errónea caracterización que ha prevalecido hasta ahora sobre la Revolución de Mayo.
Mitre sostiene que la revolución de Mayo fue “por odio a España”; ustedes, los revisionistas rosistas, afirman se realizó para no caer bajo la dominación francesa para el caso de que Napoleón lograse dominar totalmente la península. Como le dije en mi anterior, esta interpretación no me convence porque si hubiera sido así, al ser derrotado Napoleón, los continuadores de Mayo debieron entregar las armas y volver al seno de la España tradicional, con Fernando VII restituyendo la Inquisición y persiguiendo a los democráticos. No fue así, en cambio, sino que se planteó justamente la urgencia de la independencia, a partir de 1814, al concluir la amenaza francesa por la reinstalación del rey Fernando VII, sostenido por la Santa Alianza.
Ni la interpretación mitrista ni la interpretación rosista permiten explicar el regreso de San Martín en 1812. Por supuesto, descarto la versión infantil de que una tarde, en Cádiz, San Martín percibió el “llamado de la selva misionera”, o tuvo nostalgias de los gorjeos de pájaros escuchados en su infancia o lo tomaron “las fuerzas telúricas” o se acordó, de pronto, que era hijo de india, en cuyo caso habría servido más de dos décadas (1789-1811) a los verdugos de sus antepasados.
La explicación la da Juan B. Alberdi –y luego la ratifican Manuel Ugarte y José León Suárez, entre otros- al caracterizar a la Revolución de Mayo “como un detalle de la revolución americana, y a ésta como un detalle de la revolución española de 1808 y de la francesa de 1789”. Es decir, Mayo fue un movimiento democrático, popular –“el evangelio de los derechos del hombre”, como afirmaba San Martín- dirigido a reemplazar al virrey, expresión del absolutismo, por una Junta Popular, semejante a las de España. No se originó en “el odio a España”, ni en propósitos separatistas o independentistas. Por esta razón, San Martín no fue un agente inglés sino que vino a continuar en América la lucha que venía dando en España, porque era una misma y única revolución (contra el absolutismo aquí y allá, por las Juntas Populares aquí y allá). Pero, para sostener esta tesis es preciso cuestionar a Mitre, en sus biografías de Belgrano y San Martín, y si se cae Mitre, se cae Grosso, se cae Groussac, se caen Levene, Astolfi e Ibañez y ¡entonces se caen las estatuas y los letreros de las calles! Fíjese si resulta importante ubicar a San Martín como corresponde: hijo de la Revolución Francesa y de la Revolución Española, hispanoamericano, libertador y con programa unificador de la Patria Grande, expropiador de fincas y ganados en Mendoza, jefe de un ejército latinoamericano en Operaciones independiente de todo gobierno (acta de Rancagua), defensor de la política nacional de Rosas ante las agresiones extranjeras, admirador de Bolívar, cuyo retrato tenía frente a su cama en el destierro europeo.
Como usted ve, los dos somos revisionistas, pero hay una apreciable distancia entre el revisionismo tradicional y el revisionismo federal provinciano. No sólo respecto a San Martín, sino que para nosotros la cuestión nacional recorre toda la historia argentina y por tanto nos preocupamos de defender a los caudillos federales difamados por el mitrismo, pero también al irigoyenismo difamado por los conservadores, así como al peronismo, derrocado en 1955 por la acción conjunta de quienes provenían de la Unión Democrática y del nacionalismo clerical.
Pero esta cuestión nacional es la del país todo y la de América Latina en su conjunto, en tanto ella es una nación a reconstruir, fragmentada por las políticas imperialistas, con la complicidad de las oligarquías entreguistas. Hoy, los estados desunidos de América Latina van en camino de recomponer la Patria Grande y desde esta perspectiva, “la llave de bóveda” en el siglo XIX (y en siglo XXI) reside en mayor medida en San Martín, quien quiso recuperar la Patria Grande, que en Rosas quien practicó un correcto y fervoroso nacionalismo territorial frente a las agresiones extranjeras –lo que aplaudimos- pero no desarrolló una política de unidad nacional que necesariamente pasaba por dictar la Constitución, nacionalizar la aduana y abandonar la exclusividad del puerto de Buenos Aires.
Fíjese, estimado Sulé, la enorme diferencia entre lo ocurrido con Rosas y lo ocurrido con Perón, si hablamos de “llave de bóveda”. Rosas se exila y sus hombres se dispersan, unos se suman al mitrismo (como Lorenzo Torres, Elizalde y Anchorena, por ejemplo) y otros al urquicismo (como Tomás Guido y los caudillos que van al acuerdo de San Nicolás y luego acompañan en la Constitución del 53). El federalismo rosista se acaba en 1852, precisamente porque carecía de raigambre a nivel nacional. Era un nacionalismo bonaerense, con apoyo popular en la provincia de Buenos Aires y en la clase alta, como bien lo aclara Gálvez al mencionar a “los amigos y funcionarios de Rosas”: los Arana, Anchorena, Beláustegui, Unzué, Paz, Terrero, Elizalde, Pinedo, Pacheco, Ezcurra, Villegas, Oyuela, Riglos, Oromí, González Moreno, Senillosa, Escalada, Argerich, Ortiz Basualdo, Pereira, Vela, Lezica, Sáenz Peña, Lahitte, Pereda, Cárdenas, Vivot y muchos más” (“Vida de Don Juan Manuel de Rosas”, edición TOR, pág. 378).
Considero que Rosas era mejor que todos ellos –indudablemente, integrantes de la oligarquía ganadera que pacta luego con los ingleses- pero ellos se quedaron con las tierras de la pampa húmeda y el propio Rosas lo reconoce, en carta a Terrero: “Entré y seguí por ellos (los Anchorena) y por servirlos en la vida pública. Durante ella, los serví con notoria preferencia en todo cuanto me pidieron y en todo cuanto me necesitaron. Esas tierras que tienen, en tan grande escala, por mí se hicieron de ellas, comprándolas a precios muy moderados. Hoy valen muchos millones lo que entonces compraron por unos pocos miles” (Carta de Rosas a Terrero, 2/11/63). Estos Anchorena -que en tiempos de Rosas vendían tasajo a los mercados esclavistas de Cuba, Brasil y Estados Unidos- podían ser patriarcales, tradicionalistas y ostentar un nacionalismo defensivo ante una agresión británica, pero, luego, a medida que se extienden las líneas férreas inglesas, se establecen los frigoríficos y mejoran la calidad de sus ganados, se asociarán al imperialismo, en la división internacional del trabajo, que nos somete a ser “Granja de su Graciosa Majestad”, productora de carnes baratas y se olvidarán de Rosas, a quienes se negarán a pagarle sus servicios como administrador de sus estancias, que éste les reclama.. Organizado el país como semicolonia agroexportadora se le opondrán las montoneras del noroeste y las bases de Urquiza, insurre
ccionadas por López Jordán. Por eso no hay continuidad del rosismo, como movimiento político-social, después del exilio de Don Juan Manuel.
Con el peronismo ocurre todo lo contrario: los trabajadores van a “la resistencia”, al voto en blanco, a la insurrección. Proscripciones, torturas y fusilamientos jalonan la lucha de 18 años hasta el retorno del líder. Hoy, a 50 años de la caída de Perón, el peronismo –a pesar de los esfuerzos para hundirlo por parte de la mayoría de sus dirigentes- es la fuerza mayoritaria en el país. De aquí la diferencia entre Perón y Rosas, y asimismo entre San Martín, hoy más vigente que nunca, y Rosas, expresión de un nacionalismo circuns
cripto a la época en que se podía ser nacionalista y al mismo tiempo defender el orden consagrado, situación que desaparece cuando nos domina el imperialismo pues entonces la defensa de la nación inevitablemente conduce a cuestionar el orden agroexportador, es decir, el nacionalismo solo puede subsistir si se hace revolucionario.
Pero, de cualquier modo, Sulé, no se trata –como usted parece señalar- de que yo pretenda negarles el derecho a ser revisionistas: solamente dije y sigo diciendo –lo que originó la polémica- que hay diversas corrientes historiográficas, cada una con su perfil, su historia, sus hombres y digo también que las diferencias son tan importantes que no es posible continuar insistiendo en que hay un solo revisionismo. A mí, por ejemplo, me gusta mucho encontrar analogía entre la lucha de San Martín y la lucha del Che, enfrentando ambos a los reaccionarios de su tiempo, cada uno con su táctica, su ideología ligada a la época en que actuaron, etc. y ambos integrando esa larga lista de patriotas latinoamericanos que bregaron por independizar a nuestros pueblos de la opresión imperialistas y unificarlos, como decía Martí, para que “el Vecino no la desdeñe ... y saque de ella las manos”. En cambio, a usted no le gusta la comparación y la descalifica como producto de “caribeñas imaginaciones ideológicas”. El común amigo Fermín Chávez parece no estar de acuerdo con usted en esta cuestión ... Pero, bueno, cada uno tiene derecho a pensar como quiera y a alinearse en la vereda que desee. Lo que no estoy de acuerdo –le reitero- es meter en la misma bolsa a Ibarguren con Hernández Arregui, a Irazusta con “Frente Obrero”, a Oliver con Terzaga.
Como usted seguramente ya comprendió, desde mi óptica es tan respetable un caudillo de la provincia de Buenos Aires, como uno de Entre Ríos, como otro de la Banda Oriental y la Mesopotamia. Y son respetables no por sus discursos, ni las batallas ganadas, sino porque expresan a los pueblos de cada una de esas provincias, es decir, a los oprimidos que a través de esos caudillos buscan su liberación. Estoy convencido de que la Historia la hacen los pueblos –las clases sociales, para ser más preciso- y no los grandes hombres. Por eso, cuando me dicen que Urquiza es el jefe del ejército de la Confederación que se vendió al Brasil por unos patacones, no comparto esa interpretación porque considero que de haber sido así el pueblo entrerriano no lo hubiera seguido, ni tampoco el resto de los caudillos, es decir de los pueblos del interior, lo hubiese acompañado en el Acuerdo de San Nicolás. Por eso, estoy convencido de que Urquiza fue un traidor, pero no en Caseros – a pesar de la alianza con Brasil y con los unitarios que, como usted sabe, duró muy poco- porque de haberlo sido habría perdido, en ese momento, su base social de sustento, como sí la empezó a perder cuando se sumó a la guerra contra el Paraguay y la gente se le desbandó en Basualdo y Toledo. Y tan traidor que no sólo sus hombres se le sublevaron sino que murió en una insurrección de su propia gente y ajusticiado, como correspondía, por un chachista como Simón Luengo. Sobre su muerte cayeron los juicios de dos hombres que lo apoyaron en la década del cincuenta: José Hernández: “Su muerte (la de Urquiza), mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él ...” y Alberdi: “Representó (antes) el nacionalismo argentino; hoy es el brazo zurdo del localismo de Buenos Aires contra la República Argentina”.
Por eso, desde mi análisis materialista histórico, tiene más fundamento la explicación de que toda la provincia de Entre Ríos estaba perjudicada por la política del puerto único sostenida por Rosas, como así todo el país estaba afectado por el control exclusivo de las rentas aduaneras por la provincia de Buenos Aires. Si Rosas hubiera desarrollado una política que contemplase los intereses de lo que en aquel tiempo ya podía llamarse pueblo argentino, ni López Jordán, ni José Hernández, ni Urquiza, ni El Chacho, ni Felipe Varela, se hubieran definido antirrosistas. En ese caso, seguramente, su exilio hubiera sido seguido por sublevaciones y luchas populares- como las ocurridas cuando se exila Perón, un siglo después- y seguramente Rosas hubiera regresado triunfalmente sostenido por una marea social tan impresionante como la que trajo a Perón en 1972.
El revisionismo rosista no repara en estos argumentos porque, en última instancia, no confía en los pueblos (recuerde que Anzoategui fue rosista porque Rosas era blanco y no tenía una gota de sangre negra o india) sino en los grandes hombres. Esto me lo demuestra usted mismo cuando se refiere compasivamente al Chacho y a Felipe Varela, apoyados por el pueblo del noroeste, como dos tontos que creyeron en Urquiza, o cuando, según sus consideraciones, el pueblo paraguayo se hizo matar sin razón, citando a su amigo Juan Pablo Oliver quien descalifica los avances realizados por los gobiernos de los López, a quienes el pueblo paraguayo seguía probablemente porque, como decían los gorilas respecto a Perón, tenían sonrisa carismática y discursos demagógicos que engañaban a los incautos. Por otra parte, una linda “manito” le dio Oliver al mitrismo con esos argumentos que usted reproduce, semejante a la que le da Julio Irazusta a Don Bartolo, en su “Balance de siglo y medio”, juzgándolo defensor de los intereses nacionales, concesión que seguramente le facilitó a don Julio tanto su amistad con Victoria Ocampo, como su ingreso a la Academia.
(Y hablando de Academias, Sulé, me ha llamado la atención que bajo su firma, usted agregue “Académico de Número”, en fin, usted sabrá, pero me parece “poco peronista”, demasiado respetuoso del prestigio del sistema, porque usted sabe que -para la militancia- “academia” sólo tiene signo futbolero, “de tablón” y ahí tampoco acordaríamos porque un “cuervo” como yo, nada que ver con Racing).
Volviendo a la seriedad: el ensayo paraguayo es, para nosotros, el antecedente del crecimiento autocentrado, de la desconexión respecto al imperialismo y ahora resulta que usted se complace en que Oliver se haya dedicado a “desalentar las extravagancias de no pocos charlatanes que hablan del adelanto y el progreso del Paraguay”. Le reitero: el mitrismo agradecido.
Por otra parte, Sulé, usted brinda información acerca de las relaciones de Urquiza con el Brasil o con algunos negociantes, que las hubo y muy intensas (aunque omite por ejemplo señalar las “sesiones de junio”, la oposición frontal de Mitre respecto a Urquiza y el golpe del 11 de setiembre de 1852, típicamente oligárquico, así como que Sarmiento se desterró a 20 días de Caseros traicionado, a su entender, por Urquiza, a quien juzga un Rosas entrerriano). Asimismo, usted afirma que no existió nacionalización de la aduana y ahí tampoco coincidimos. La Constitución de 1853 convirtió a Buenos Aires en la Capital Federal y por lo tanto, los ingresos aduaneros correspondían a la totalidad de la Nación y debían ser distribuidos, pero la reforma de 1860, impulsada por Buenos Aires, dejó sin efecto esa disposición, que se restablece después, en 1880.
Lo cierto, mi estimado Sulé, es que esta polémica se está convirtiendo en diálogo de sordos como consecuencia de la distinta óptica con que enfocamos los acontecimientos, lo cual, en definitiva, me otorga razón en el sentido de que existen diversas expresiones de revisionismo histórico que responden a distintas concepciones ideológico-políticas, a su vez, provenientes de los diversos lugares de la sociedad donde cada uno se ubica. Por ello, juzgo que el intercambio entre nosotros va llegando a su fin pues aquellos sucesos que para usted son trascendentales, no lo son para mí y a la inversa. Discutiendo hechos aislados, sacados de sus contextos históricos, seguirían eternamente nuestras divergencias para concluir, al final, en que usted es un hombre del nacionalismo-peronista y yo, de la izquierda nacional, es decir, lo que ya sabíamos.
Tomando “hechos aislados”, podría decirle que no puede ser “llave de bóveda“, un hombre como Rosas que, cuando es derrotado, recurre al cónsul inglés, se exila en Southampton, cultiva relación con políticos del Imperio Británico al extremo de designar su albacea a Lord Palmerston. Y asimismo, recordar aquel testimonio del magistrado chileno Ramón Guerrero, que Rosas no rectificó y José L. Busaniche da por bueno: “Yo también he querido a la Inglaterra- dijo Rosas- y creo que es la única nación con quien deben estrechar sus relaciones las repúblicas sudamericanas y tener confianza en ella” (Busaniche, “Rosas visto por sus contemporáneos”, pág. 202)
(No creo necesario abundar en datos respecto a las opiniones favorables de los comerciantes británicos de Bs As, que no fueron molestados por Rosas en sus negocios, ni en aquel testimonio de Lucio Mansilla acerca de la época del gobierno de su tío Juan Manuel: “Ser inglés, verbigracia, ¡qué pichincha entonces!”
(Mansilla, Mis memorias, Edit. El Ateneo, Bs. As., 1978, pág. 66)
Probablemente, usted me conteste con los argumentos que dio al respecto nuestro común amigo don Pepe Rosa: “Estar en guerra contra extranjeros, no significa odiarlos: los ingleses eran patriotas que combatían por el engrandecimiento de su patria y Rosas era un patriota que luchaba en defensa de la suya ... Los imperialistas combaten a los nacionalistas con todas las armas posibles, pero íntimamente los respetan y admiran. Es comprensible que así sea. Tampoco un nacionalista odia a un imperialista: luchará contra él hasta dar o quitar la vida en defensa de la patria chica, pero no tiene motivos personales para malquerer a quien sirve con toda buena fe el mayor engrandecimiento de la suya ... Por eso Rosas vivió sus últimos años en Inglaterra. Lo rodeaban gentes que sabían lo que era el sentimiento de patria y admiraban al jefe de aquella pequeña nación americana que los venciera en desigual guerra” (“El revisionismo responde”, págs. 181 y 182). (Sería interesante conocer la opinión que esta argumentación les provocaría a Lumumba, Sandino y a tantos otros asesinados por los “nacionalistas imperialistas”.)
No, de ninguna manera, Sulé. Esos nacionalistas ingleses o yanquis quieren engrandecer a sus patrias esclavizando a las nuestras. Ello no sólo nos perjudica sino que inclusive aumenta la injusticia en el mundo, acrecentando las desigualdades y degradando al ser humano. En cambio, nuestra lucha contra los imperios no sólo nos libera sino que crea las condiciones de un mundo más solidario y una vida digna de ser vivida. Bush puede ser todo lo nacionalista que quiera, pero no vamos a coincidir con él, ni admirarlo. Porque el nacionalismo de él es nacionalismo imperialista, expansivo, opresor y el antiimperialismo nuestro es defensivo, liberador, nacido precisamente de la opresión del nacionalismo de Bush. Confundir el nacionalismo del país opresor con el nacionalismo o antiimperialismo del país sometido es error grave y proviene justamente de no identificar a la posición nacional con el pueblo y con su progreso histórico, porque no sólo es cuestión de defender el territorio sino de transformar la sociedad. Como ya señalé, se comprende que ese nacionalismo de los ganaderos de mediados del siglo XIX frente a la agresión armada extranjera fuese, al mismo tiempo, defensor del orden. Pero esto ya no es posible cuando el agresor no sólo está afuera, sino también adentro, con sus inversiones y entonces, la soberanía nacional y el progreso popular cuestionan el orden inevitablemente.
Pero lo más grave es que cuando usted distingue entre conciencia nacional y conciencia ideológica, transita un camino similar. Si la conciencia nacional consiste sólo en defender lo nuestro y lo nuestro es un orden injusto, de pobreza y de sometimiento, evidentemente no alcanza. Es necesario que lo nacional sea revolucionario para impugnar ese orden, es decir, debe cargarse de un proyecto de sociedad y entonces se hace ideológico. No abstracto, en el sentido de copiar fórmulas intelectuales de otros países y de otras épocas, sino antiimperialista, un proyecto claro de liberación nacional, donde hay que saber qué vamos a hacer con el comercio exterior, con los cambios, con el petróleo, con la industria y especialmente, con la distribución del ingreso. Es decir, en vez de oponer el nacionalismo y la ideología hay que nutrir con ideas al nacionalismo para que sepamos si el proyecto es desarrollar un capitalismo nacional autónomo o es un proyecto de liberación y unificación latinoamericano en camino al socialismo. Como ve, a medida que nos conocemos más y que estamos dando un ejemplo de polémica bastante inusual en la Argentina
-a la que, por mi parte, daría punto final para no cansar a los lectores- nos alejamos más.
Asimismo, usted se preocupa para explicar que el revisionismo rosista no nació en base a ideas provenientes de Europa, sino que es una “creación vernácula” y creyendo lanzarme una estocada agrega: “Usted no debe desgarrarse las vestiduras por esos europeístas de brazo en alto porque en última instancia Carlitos Marx que yo sepa, no nació en Santiago del Estero”. Creo que se equivoca, Sulé. A mí no me agrada, por supuesto, la admiración de Ibarguren por Mussolini o la adoración de Hitler por López Rega, pero lo que más me preocupa es la posición reaccionaria, antiobrera y corporativa sostenida en la lucha política de la Argentina, ya sea invención propia o remedo del fascismo europeo (igualmente negativas, aunque la primera sea de origen criollo y la segunda, importada o cipaya). Cooke lo definió precisamente y no resisto la tentación de reproducirlo: “Las ideas no son exóticas ni aborígenes, ni extrañas, ni vernáculas, prácticamente todas las ideas son exóticas si nos atenemos a que no surgieron en nuestro ámbito geográfico. Si bien se mira, las ideas son exóticas en todas partes, desde que el desarrollo de la cultura es un proceso acumulativo de la sociedad, a través de los siglos y de los pueblos. ¿Qué ideas ‘nacionales’ se oponen a las ‘exóticas’ de la revolución auténtica? La ‘economía de mercado’ de Alsogaray es una creación alemana; el librecambio, un principio de la economía clásica europea, sobre todo inglesa; el corporativismo, una modernización de las relaciones feudales. Y el cristianismo, del que trata de valerse el orden constituido, ni siquiera es occidental: lo difundió un judío de Medio Oriente, extremista por añadidura. Tampoco corresponde el calificativo porque contraríe los modos de pensar generalizados ya sentados en la costumbre, porque en tal supuesto, no existiría el progreso social. Las ideologías son síntesis no de verdades abstractas sino de fuerzas sociales y en toda la historia existe competencia entre las ideas cristalizadas del ordenamiento vigente y las ideas que lo niegan y expresan fuerzas contradictorias. Una concepción nacional es aquella capaz de plantear originalmente la revolución sin trasladar mecánicamente conclusiones que fueron válidas en otro cuadro histórico social; a nadie se le ocurre que tenga que ser una construcción hecha con elementos conceptuales surgidos como productos nativos. Lo que hace que una ideología sea foránea, extraña, exótica, antinacional, no es su origen sino su relación con la realidad nacional y sus necesidades. El liberalismo económico era antinacional no porque lo inventaron los ingleses, sino porque nos ponía en manos de ellos. El sistema corporativo fascista es malo no porque haya sido implantado en Alemania o en Italia, sino porque es retrógrado en cualquier parte y doblemente desastroso en un país dependiente. Pero las ideas que sirven para el avance del país y la libertad del pueblo son nacionales, elementos preciosos para el esfuerzo argentino” (Informe a las Bases del Movimiento, 1966)
Paso a contestarle ahora algunos puntos sobre los cuales usted considera que he quedado en falta:
1. Usted afirma: “El revisionismo rosista no nace en 1930 sino a fines del siglo XIX”. Mantengo mi criterio: hubo francotiradores revisionistas –los menciono en mi trabajo- pero, como corriente historiográfica, como grupo de historiadores que crean un instituto, se expresan a través de una revista y llegan luego a tener un local, la datación corresponde a los años treinta. Estos son muchos más coherentes y no ofrecen las contradicciones de un Saldías, por ejemplo, que reivindica a Rosas pero mantiene buenas relaciones con Mitre e impulsa la comisión de homenaje a Rivadavia (1880) o le dedica un libro a su “amigo” Sarmiento (1888).
2. Usted sostiene: “Señalo el grueso error de creer que el revisionismo histórico juzga a Mayo como expresión de la revolución francesa”. Me explico seguidamente. En mi libro “La larga lucha de los argentinos”, pag. 38, escribí: “El revisionismo rosista juzga a Mayo como expresión de la Revolución Francesa en el Río de la Plata. De ahí su disgusto o escaso entusiasmo por ese movimiento al que considera atentatorio respecto al orden colonial, que ese revisionismo idealiza e imbuido de un espíritu jacobino que molesta vivamente a su espíritu reaccionario. Hombres díscolos e ideas foráneas y revolucionarias se oponen a los valores tradicionales ... etc”. Debí decir “algunos” historiadores rosistas” pues efectivamente en Hugo Wast o en Federico Ibarguren existe un fuerte rechazo a Moreno –a quien juzgo la figura clave de 1810- que nace del odio de ambos historiadores a la Revolución francesa, que se lo trasladan al Secretario de la Junta. Para ellos, Mayo ofrece un rostro demoníaco, “marxista anterior a Marx”, diríamos, revolucionario, jacobino, que evidentemente no les resulta simpático. Carlos Ibarguren, en su biografía de Rosas, reproduce complacido una carta de Anchorena a Rosas en que se refiere a “la soberanía popular propugnada por Rousseau y por el famoso señor don Mariano Moreno (que servía) para disolver los pueblos y formarse de ellos grandes conjuntos de locos furiosos y de bribones”(carta del 4/12/1846). Historiadores revisionistas rosistas, con posterioridad, han optado por la interpretación que vincula a Mayo con el propósito de evitar la dominación francesa sobre nuestro país.
3. Usted afirma: “Remarcamos, sin que se demostrare lo contrario, el origen ‘suareciano’ que está en el discurso y argumento en la inflexión institucional de Mayo”. Le cito algunos autores con antecedentes suficientes como para fundamentar la naturaleza ideológica de la revolución, especialmente en Moreno, quien le da impulso en sus primeros ocho meses: “La cartilla en que, en el año 10, el doctor Moreno enseñaba al pueblo argentino a conocer el dogma de la República y de la soberanía –señala Alberdi- es el mismo contrato social con el cual Mirabeau luchó en la tribuna de la constituyente de 1793”. Para Moreno, Rousseau es “el hombre inmortal que formó la admiración de su siglo y será el asombro de todas las edades” (Prólogo a la edición del Contrato Social). La otra gran influencia sobre Moreno es el abate Raynal, a quien cita en “La Gaceta”, al referirse a los pueblos coloniales. Vicente Fidel López señala, a su vez: “Día y noche, Moreno leía a Adam Smith, Quesnay, Tomás Payne, los memoriales de Colbert, los libros españoles y liberales de su tiempo ...”. Otros autores señalan “la influencia de Rousseau y los enciclopedistas, la de Jovellanos y economistas ingleses ...”. Los principales hombres de la revolución –Moreno, Belgrano e inclusive, San Martín, en España- fueron impactados notablemente por la Revolución Francesa y por la revolución española de 1808 y de ahí la influencia de pensadores revolucionarios franceses y españoles. Por supuesto, no se descarta que Suárez haya ejercido alguna influencia, pero no decisiva.
4. Usted afirma: “El revisionismo historico es un lugar de encuentro y ha obtenido y obtendrá la adhesión de distintos pensamientos”. Bueno, esto es el centro de la polémica y he reiterado que es conveniente distinguir entre quienes abominan del liberalismo, para volver al feudalismo y quienes, criticamos al liberalismo porque pretendemos ir hacia el socialismo.
5. Usted insiste: “Tampoco ha podido desmentir nuestra afirmación en el sentido de que el catolicismo es un ingrediente esencial y fundante de la nacionalidad argentina”. Si usted se refiere al cristianismo, como concepción revolucionaria, de donde saldría luego la Teología de la Liberación, constituye un importante aporte a la solidaridad y al igualitarismo y cuenta con mi mayor simpatía. Si se refiere al catolicismo tradicional, el que se opuso a la ley 1420 y al casamiento civil, después al divorcio y ahora, al aborto y a la educación sexual en los colegios, “no me simpatiza”. Si a lo que usted se refiere es a la tradición católica que la conquista española impuso en América, estimo que hay que sacarle mucha punta al lápiz, pues una gran cantidad de argentinos sustentan un catolicismo indiferente, cruzado de influencias filosóficas diversas, mientras otra importante cantidad, en los sectores más populares, busca consuelo a sus desgracias en diversas sectas pentecostales que han crecido a consecuencia de los malos sacerdotes y las posiciones políticas reaccionarias de la cúpula de la Iglesia (punta de lanza contra el peronismo en 1954/55; cómplice de la dictadura genocida del 76, entre otras cosas). En lo que a mí respecta soy ateo, pero siempre he sido amigo de los sacerdotes revolucionarios como el padre Hernán Benítez que exhibía en el comedor de su casita de la calle Blas Parera en Florida, un retrato de Marx, un busto de Evita y un oleo del Che. Y también de Carlos Mugica quien me contó una vez su reconocimiento de la importancia del peronismo en una villa donde, en 1956, vió un cartel que decía: “Sin Perón no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos.”
6. Usted afirma: “Que la revaloración de Rosas fue condición necesaria y previa a la revalorización de los caudillos. Y éstos han sido revalorados por plumas rosistas.” Como comprenderá, aquí se trata de si esa “revalorización” se hizo bien o mal. Varios historiadores rosistas escribieron sobre caudillos federales, como usted dice, pero lo importante es saber si los han mostrado como realmente fueron, si explican por qué razón fueron federales no rosistas. David Peña, que no era rosista, reivindicó a Facundo y a Dorrego, pero lo hizo de manera correcta, como también Denís Conles, desde la izquierda nacional, reivindicó a Bustos, desde la perspectiva que correspondía, así como Gregorio Caro Figueroa reivindicó a Guemes, Roberto Zalazar, al Brigadier Ferré y Salvador Cabral, a Artigas, todos ellos desde el revisionismo federal provinciano. En cambio, Corvalán Mendilaharsu reivindicó al Chacho, pero no lo caracterizó como federal del interior, antirrosista, por lo cual “no lo revaloró”, procediendo de manera incorrecta. Pepe Rosa, como también Duhalde y Ortega Peña reivindicaron a Felipe Varela pero mientras el primero mutila el antirrosismo de la proclama varelista, los otros dejan a Varela como oportunista respecto a Urquiza. Usted procede de la misma manera y los ubica no como federales provincianos, sino como federales ... bobos. O en todo caso, con un rasgo de buen humor, como “seducidos” por Urquiza, aunque imagino el ceño adusto de Varela ante su peligrosa ironía. Por su parte, Hernández reivindica a El Chacho desde la perspectiva federal provinciana. Al conocimiento auténtico de Ramírez y Estanislao López se llega a través del revisionismo federal del interior –que los caracteriza como lugartenientes de Artigas- y traidores, luego, en el pacto del Pilar.
7. Precisamente, con respecto a Artigas, sostuve que el revisionismo histórico tradicional lo ignoró y si mal no recuerdo fue Pepe Rosa quien rompió esa línea al reivindicar al caudillo oriental en un folleto publicado a su regreso de un viaje a Cuba.
8. Usted señala: ”Otra inexactitud es la afirmación de que el revisionismo ‘no prestó atención al período posterior a Caseros y que sólo embestíamos a Sarmiento por su laicismo”. Respecto a esta cuestión usted conoce perfectamente que durante muchos años se arrojaban bombas de alquitrán sobre los bustos de Sarmiento y no sobre los de Mitre y que Mitre fue tratado benignamente por la mayor parte de los historiadores rosistas dando lugar a aquella ironía de Homero Manzi: “Ustedes se meten con todos los próceres, menos con el que se dejó un diario de guardaespaldas.”
9. Finalmente, sostiene: “Su sugerencia de poner en la misma línea a Rivadavia y a Rosas es una maniobra historiográficamente obscena”. No fui yo, Sulé, quien lo puso, sino Olegario Andrade en un opúsculo titulado “Las dos políticas”. Andrade, que vivió y luchó en esa época, y en cuyos artículos fustigó severamente al mitrismo, tenía sobradas razones, como hombre del litoral, para opinar en ese sentido, sin que ello constituya una obscenidad, como usted la califica insólitamente Sobre el final, afirma que “la izquierda, marxista o no, criticó a Perón y lo encasilló como un burgués que iba a arreglar como General que era, con los otros generales y no arregló”. Se equivoca, mi estimado Sulé. La izquierda nacional acompañó ese proceso del retorno de Perón, así como Frente Obrero había acompañado el nacimiento del peronismo en 1945. En lo personal, colaboré como funcionario –Síndico en EUDEBA, en la gestión Jauretche- desde setiembre del 73 hasta el 2/1/74.
Y me despido, Sulé. Demos vuelta la hoja sobre esta polémica en que hemos disentido sin agravios personales. Cuando empezamos a discutir, la casualidad nos sentó a la misma mesa en un acto del Instituto “Jauretche” de Merlo. No va a faltar ocasión para que la situación se repita, solamente que ahora conocemos más en detalle las diferentes ideas que nos separan y quizás algunos lectores opinen que en definitiva hay varios revisionismos y no uno solo, que, como se decía antes en los colegios al finalizar la resolución de un problema, “era lo que quería demostrar”.
Con un abrazo,
Norberto Galasso
Buenos Aires, diciembre 10 de 2005
Nota: La respuesta de Norberto Galasso, octubre 2005, a la primer Carta Abierta de Jorge Sulé se puede visualizar desde aquí.


