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"Y a mí...¿por qué me miran?"

Y A MÍ...¿POR QUÉ ME MIRAN?
En referencia a las declaraciones del Vicepresidente Daniel Scioli realizadas en EE.UU. 
en los primeros días de junio 2003 y publicadas en "El Nuevo Heraldo" de Miami el 09-06-2003.
Copia del artículo original en ArgenPress

Allá lejos, en 1958, cuando los generales reaccionarios acosaban al presidente Arturo Frondizi suponiéndolo “nacional, popular, peronista y marxista”, la revista humorística “Tía Vicenta” publicó, durante varios números, un retratito del vicepresidente Alejandro Gómez con una leyenda sugestiva: “Y a mí, ¿por qué me miran?”. 

La broma resume la desconfianza que generan los vicepresidentes. Desde su posición, la más sutil disonancia con el Jefe de Estado provoca que desde distintos lugares empiecen a mirarlo detenidamente. Porque el lugar es clave: sin aparatoso golpe militar, basta con que la autoridad suprema se “enferme” o sufra algún “accidente” –que nadie está libre, como dicen las tías- o que, “abrumado” por los asuntos del poder “decida” renunciar, para que el vice se instale gozosamente en el sillón y cambie la orientación política del gobierno.

La constitución de una fórmula electoral requiere coherencia política, pero no siempre es así. Las más de las veces la elección del vicepresidente es producto de acuerdos “pragmáticos” y en otras, de la necesidad de eludir definiciones políticas un tanto conflictivas.

Perón, que sabía de estas cosas, siempre se preocupó por no tener vicepresidente (1952-1954) o tener alguno de muy escasa significación política (Quijano, Teissaire, Isabel), de manera que a nadie se le pudiese ocurrir “enfermarlo”, “accidentarlo” o “abrumarlo” para reemplazarlo por su vice. Por eso, aquella humorada de “Tía Vicenta” tenía razón y tanta –que más allá de la honestidad del Dr. Gómez- quisieron instrumentarlo contra Frondizi, por lo cual éste promovió su renuncia en noviembre del 58. A partir de esa fecha, Frondizi gobernó sin vice, aunque acosado por más de 30 planteos militares hasta que en 1962 lo condujeron a la isla Martín García.

Esta cuestión de observar detenidamente el comportamiento de los vicepresidentes adquiere hoy actualidad con motivo del viaje de Daniel Scioli a Estados Unidos. En Miami, el vicepresidente se manifestó alborozado por el reciente acuerdo firmado entre Estados Unidos y Chile, de integración al Área de Libre comercio (ALCA): “Este acuerdo va a acelerar otros, va a ser muy positivo. Estados Unidos se va a ocupar especialmente de garantizar los buenos resultados, va a haber un interés de otros países de explorar otras posibilidades y Argentina no puede quedar ajena”. Llevado por su entusiasmo, le aseguró cariñosamente a la comunidad de Miami “que pueden contar conmigo para apoyar a Miami como futura sede del ALCA... lo cual es justo por todo lo que representa esta ciudad en Latinoamérica”. Se manifestó, asimismo, decidido opositor a Cuba y le restó importancia a la visita de Fidel Castro a la Argentina, cuando asumió Kirchner: “No debe confundirse esa invitación, como se invitó a todos los primeros mandatarios, con un cambio de ideología de Argentina al respecto”. Atento a lo que declara el canciller y las conversaciones del presidente con Lula, cabe preguntarse: ¿De qué gobierno es vicepresidente Scioli? ¿O sucede como con el presidente del Banco Central que es independiente del Poder Ejecutivo, precisamente porque es dependiente del F.M.I.? ¿O acaso Scioli, en su salto vertiginoso a la vicepresidencia, ha quedado confundido y cree que aún integra las filas del menemismo?

Pero, como dicen los vendedores ambulantes, “por si esto fuera poco”, Scioli aprovechó  para rendir homenaje a Pepe Estenssoro, el empresario petrolero que gestionó la privatización, es decir, la destrucción de YPF y la entrega del patrimonio nacional. Como usted recuerda, seguramente, Dios, en su infinita sabiduría antiimperialista, se lo llevó a Estenssoro de este cochino mundo, para que dejase de privatizar, en un accidente de aviación ocurrido en Ecuador, ocho años atrás. (Dios, que todavía es algo argentino, en ese mismo accidente, también se llevó al reino celeste –o al ígneo, seguramente- a Ricardo Zinn, cerebro del “rodrigazo” y también asesor de privatizaciones, en sociedad con María Julia). Uno puede comprender que a Scioli le guste homenajear, pero bien pudo acordarse del Gral. Mosconi, que falleció el 4 de junio de 1940 o de los fusilados de José León Suárez, del 9 de junio de 1956. También pudo esperar al 20, para ponerle flores a Belgrano, como alguna vez le habrá enseñado la maestra. Pero tal pleitesía a un gran privatizador provoca suma inquietud y no parece coincidir con algunas señales que emite el gobierno. ¿Será que Scioli cometió el error en que incurren algunos jugadores de fútbol que le agradecen a radio Mitre cuando los están reporteando por radio El Mundo? ¿O nos equivocamos nosotros y todavía estamos en radio Mitre, con todo lo que este apellido simboliza en la verdadera historia argentina?

Los hombres y mujeres del pueblo estamos viviendo momentos importantes, pues vemos con expectativa algunas medidas democratizadoras del Presidente Kirchner. Por eso nuestro deber es mirar atentamente su gestión y participar, para que las profundice y para que, además, se anime a avanzar en el terreno de las transformaciones económicas. Pero, además, no perdamos de vista al  vicepresidente. Porque nada es casual en este mundo de pícaros. Hay que seguir sus pasos y sus amistades, sus declaraciones cariñosas y sus homenajes.

Aunque él se moleste y diga: Y a mí, ¿por qué me miran?

                                                                                 Buenos Aires, junio 17 de 2003 

Norberto Galasso
Centro Cultural "E. S. Discépolo"

"Yo te banco... ¿Ellos te bancan?"

YO TE BANCO... ¿ELLOS TE BANCAN?

Como lo sabe cualquier argentino –si no lo sabía, lo ha aprendido últimamente– los bancos no prestan dinero propio, sino dinero de sus clientes. Este curioso negocio surgió, en la Edad Media, cuando los comerciantes iban a las ferias y para no transitar con el dinero lo dejaban en manos de una persona, en custodia. Se supone que este señor sólo tenía un “banco” para sentarse y una mesa, lugar desde donde recibía y devolvía el dinero a esos comerciantes. Es conocida la historia: cuando se dio cuenta que nunca iban todos a retirar al mismo tiempo y que siempre le quedaba un remanente, empezó a prestarlo, por supuesto, a interés. Aunque a instituciones tan serias como el Citibank o el Boston les moleste el recuerdo, en realidad los Bancos surgieron de una pillería realizada por un pícaro. Con el dinero de otros, prestaba a interés y por supuesto, acumulaba lo cual permitíría, andando el tiempo, operaciones con acciones, inversiones inmobiliarias, etc.

Debe señalarse aquí que los bancos, en algunos casos, pagan intereses (cajas de ahorro y plazos fijos, generalmente reducidos), pero, en otros, no ( depósitos en cuenta corriente, por los cuales no pagan sino que cobran distintos gastos por el “servicio” que realizan: la chequera, el resumen, el clearing, etc.).

Claro, si uno reflexiona que los bancos tienen un capital propio reducido –en relación a las operaciones de préstamos, pues prestan dinero de sus clientes– se comprende que en la Facultad de Ciencias Económicas se enseñe que estas instituciones son intermediarias entre la disponibilidad de dinero –de aquellos a quienes les sobra– y la necesidad de dinero –de aquellos que carecen de él –. Pero si se ahonda el análisis, uno podría sostener que, entonces, esta actividad debería ser un servicio público y no debería derivar en negocios peligrosos (especulaciones, operatoria en divisas, cobro de altas tasas de interés, etc.). Algo de eso pensó Mariano Fragueiro, uno de los tantos “malditos” de la Historia Argentina, allá por 1850 y sacó la conclusión de que el negocio bancario debía ser prestado por el Estado.

Por supuesto, el proyecto de Fragueiro no se tomó en cuenta, pues los sectores dominantes se encargaron de convencer que los Bancos privados eran instituciones muy serias y que se podía creer en ellas cuando decían “yo te banco..”, especialmente si eran filiales de poderosísimas casas extranjeras (como, por ejemplo, el Banco de Londres, instalado bajo el gobierno de Mitre y del cual fue abogado el Dr. Manuel Quintana, después, presidente de la Nación, en 1904). Esta confianza provocó que ni siquiera se los controlara y que, más tarde, se les liberaran las tasas de interés o se les permitiese operar en divisas, con mercados libres y hasta, emitir moneda, suponiendo que eran tan respetables que no fugarían dinero al exterior.

Usted sabe lo que pasó luego, se ha informado o lo sufre, todavía. Al “¿me bancás?”, en un momento de crisis, respondieron con un corte de manga. Eso sí, avisaron a sus clientes más poderosos –generalmente, socios en sus negocios– quienes se apresuraron a retirar sus fondos y luego... prisión. Pero no prisión para los banqueros, prisión para los depósitos. Usted lo sabe. ¿Para qué se lo voy a recordar?

Frente a esto, usted, yo, cualquiera con algo de sensatez, debió acordarse de Fragueiro y sugerir: hay que nacionalizar la banca. O interrogar: ¿los depósitos bancarios nacionalizados (1946-55) tuvieron algo que ver con una época de notable aumento del consumo popular? No hablemos de ideologías, de doctrinas, de polémicas. Sólo hablemos de lo que aconseja la experiencia: ¿no convendría aplicar de nuevo ese sistema u otro parecido, por el cual el dinero de los argentinos estuviese a mejor resguardo?

Como usted comprende, seguramente, esta sería una reflexión prudente y sensata, nacida de lo ocurrido últimamente con el “corralito”. Sin embargo, uno se queda perplejo cuando el FMI “aconseja” ahora –enérgicamente– que hay que privatizar la banca pública de manera que la banca extranjera –que alcanza ya más del 50% de los depósitos– llegue a controlar totalmente el negocio financiero.

Fíjese que el Estado –usted, yo, nosotros– le ha bancado miles de millones de dólares a los bancos que no bancaron. Pero el FMI estima que la banca privada extranjera, en la Argentina, ha funcionado de manera tan brillante, con tanta solvencia y responsabilidad que es muy conveniente entregarle todo el mercado del dinero.

¿Y Fragueiro? Algún día –esté seguro– vamos a leer en los colegios su “Organización del crédito”, vamos a recordar que Mitre lo criticaba, en 1852, imputándole que quería “implantar la tiranía del Estado, mil veces más insoportable que la de los individuos” y que, además, lo descalificaba por “socialista”. Fragueiro contestaba que “el objeto de los Bancos no debía ser servir a los ricos” y que el Banco estatal funcionaría “por el pueblo y para el pueblo”. Porque Fragueiro no era un petardista, ni un maximalista. Era sólo un hombre sensato, de una sensatez consecuente.

De manera tal que el día que recuperemos a Fragueiro, estaremos recuperando la sensatez. Y el ahorro de los argentinos pasará a ser administrado por cooperativas o empresas públicas cogestionadas por empleados, depositantes y representantes del gobierno. Podrá decirse, entonces, que hemos comprendido aquello que nos enseñó Scalabrini Ortiz: “que el gato es mal guardián de las sardinas”, es decir, que nuestro dinero no puede ser administrado por bancos privados –y menos aún, extranjeros– porque, “en las buenas”, realizan fabulosos negocios cuyos frutos giran al exterior y en “las malas” ...no nos bancan.

Buenos Aires, mayo 30 de 2003

Norberto Galasso
Centro Cultural "E. S. Discépolo"

"Cultura y Dominación"

CULTURA Y DOMINACIÓN

Allá por los años sesenta, mi generación aprendió que si en los países coloniales la opresión se ejerce a través de la fuerza bélica, en cambio, en los países semicoloniales - cuya independencia es sólo formal - las ideas ocupan el lugar de los fusiles. Así resulta que mientras, en los primeros, la mera presencia de un ejército de ocupación provoca el surgimiento de rebeldías nacionales, en los segundos, a través de los distintos mecanismos de difusión de la cultura, el orden dependiente queda enmascarado, de modo tal que resulta difícil desarrollar una conciencia nacional, de contenido antiimperialista. Ello permite que el sistema se sobreviva no obstante que la mayoría de la sociedad resulta víctima de la explotación, y podría liberarse, ya fuese a través de las urnas o de la insurrección. Por supuesto, ello sería posible si tuviese la convicción de que se halla sometida a un poder imperial, con él cual ha pactado la minoría oligárquica nativa. Y además, por supuesto, que esa subordinación anula sus posibilidades de vida y desarrollo, es decir, si el vasallaje resultase tan a la vista como en aquellos países coloniales con presencia de ejércitos extranjeros de ocupación.

En los países semicoloniales, esa opresión externa es desconocida por amplios sectores de la sociedad, aún cuando son víctimas de la misma. La dominación cultural les hace suponer que el orden instaurado - en lo político, económico, cultural, etc. - no obedece a una imposición sino que resulta solamente de las costumbres, idiosincracia, caracteres raciales y religiosos, influencias inmigratorias, etc. provenientes de la peculiar historia vivida. Se trataría , desde esa mirada ingenua, de un orden natural - “tenemos los gobiernos que nos merecemos” - que ha sido dado de esa manera por propia responsabilidad del pueblo, ya sea a consecuencia de su abulia, su irresponsabilidad, su despilfarro, etc.

De tal manera, el orden semicolonial se legitima cotidianamente a través de las ideas que circulan en los periódicos, los libros, la televisión, la enseñanza en sus distintos niveles, el discurso de los políticos y los grandes intelectuales ,etc., convertidos en voceros del pensamiento de la clase dominante, capataza del Imperio.

Quizás resulte interesante hacer un recorrido por diversas áreas de esa superestructura cultural legitimadora de la dependencia, ésa a través de la cual se concreta, según Scalabrini Ortiz, “una sabia organización de la ignorancia acerca de la verdadera realidad nacional”.

En el orden filosófico, por ejemplo, se ha asistido en los últimos años a una preponderante influencia de ideas dirigidas a inculcar la resignación, el escepticismo, la impotencia. El posmodernismo educó en el sentido de que habían concluido las utopías, que las grandes gestas eran episodios de un pasado irrecuperable, que “la Historia”, en fin, había llegado a su término. El mundo bipolar había desaparecido al desmoronarse la URSS y por tanto, también el Tercer Mundo había sido enviado al estercolero de la historia. Sólo quedaba aplaudir al arrogante capitalismo en su etapa globalizadora y olvidarse de revoluciones, de antiimperialismos absurdos, de heroísmos y militancias trasnochadas. A la mísera realidad sólo le cabía la respuesta ofrecida por editoriales que abrumaban las vidrieras de las librerías con material esotérico, por sectas religiosas capaces de exorcizar al diablo cuando en América Latina el único demonio es el imperialismo, por periodistas especializados en “experiencias celestes” y literatos peleados con la realidad, sólo capaces de navegar por recónditas honduras psicológicas. En definitiva, bajo distintas formas, resignarse a la esclavitud.

Este tipo de antídoto contra toda clase de rebeldías se acompañaba con un pesado velo sobre la realidad, ocultándola, a veces, o deformándola, en otros casos. Los efectos desgraciados de la dependencia no podían ocultarse, pero las causas quedaban sabiamente escondidas.

Si, por ejemplo, los “medios” y los centros de enseñanza informasen cotidianamente que el FMI es un organismo a través del cual los países capitalistas desarrollados saquean al resto del mundo, ese resto del mundo se insurreccionaría (salvo aquellos nativos cómplices del saqueo ). Pero si el FMI aparece como un organismo “internacional”, “neutro”, cuya función es asegurar el equilibrio de la economía mundial, entonces resulta: primero, que sus indicaciones deben ser aceptadas pues conducen a beneficiar a los países pobres; segundo: en aquellos casos en que la experiencia demuestra todo lo contrario, ello obedece a “errores”, “esquematismos”, y hasta “dogmatismos “ de los economistas del FMI, cometidos, por supuesto, con la mejor buena voluntad y para el bien de todos.

La dominación del imperialismo, en este caso como así en el resto de las cuestiones económicas (la apertura , el ALCA, las privatizaciones, la libertad de mercado, etc.) conforma una ideología que impide a los explotados la toma de conciencia de su explotación.

Esta dominación cultural opera, asimismo, en el campo de la Historia. Si enseñamos- en los colegios, en “los medios”, en los letreros de las calles y plazas, etc.- una historia donde los héroes son los amigos y socios del capital extranjero, gracias a cuya ayuda se han producido las épocas de esplendor y progreso, mientras que los gobiernos de los movimientos populares sólo han provocado catástrofes y decadencia, le estamos dando al opresor la mejor herramienta para que continúe esquilmándonos. Jauretche enseñaba a este respecto que si lo autóctono es “barbarie y atraso”, y lo extranjero es “civilización y progreso”, “civilizar” se convierte en sinónimo de “extranjerizar”, de “desnacionalizar”, de borrar todo lo nuestro – costumbres, paisajes, músicas, y hasta personas - lo cual significa que para progresar debemos dejar de ser .Del mismo modo, si los movimientos populares se caracterizan por la violencia mientras los gobiernos de las minorías son “democráticos”- para lo cual hay que esconder todos sus fusilamientos y degüellos - creamos las condiciones para que una buena parte del electorado no sólo crea en las bondades del libertinaje económico sino que vote a las “elites” inteligentes que son las custodias del orden conservador, y abomine de las experiencias populares.

Este “colonialismo mental” se reitera en las restantes áreas del conocimiento. En América Latina , por ejemplo, los ciudadanos cultos de las grandes ciudades son antiracistas y condenan –lo cual está bien- el antisemitismo y otras bárbaras discriminaciones- Pero son estos mismos sectores sociales los que habitualmente manifiestan racismo contra sus compatriotas mestizos –bajo el calificativo despectivo de “negros”- considerándolos vagos, corruptos, ladinos, etc. Si nuestros cuentos, poemas, leyendas, etc. – entrando al campo de la literatura- son de “segunda categoría” porque sus personajes, así como los autores, son también “de segunda”, es decir, si renegamos de nuestro propio canto y de nuestra propia fantasía, el escenario se cubre de letreros en idioma extranjero- como en nuestros cines y comercios céntricos- o en remeras con nombres exóticos que quien las usa no es capaz de traducir. Es decir, en aquello que Manuel Ugarte denominaba - allá por 1927- , “ el imperio del idioma invasor” (Es el mundo de los “delivery” y los “sale” imperando en las vidrieras actualmente). Convertido -este escenario impuesto desde el exterior - en un paisaje natural y propio para los nativos, el capital imperialista puede llevarse la riqueza pues ya se ha llevado previamente el alma del país.

Otra vieja enseñanza (conferencia de Jauretche, 1937, teatro Politeama) explica que el planisferio que usamos, al tener óptica inglesa (Greenwich, meridiano cero, en Londres ) otorga a la Argentina un lugar abajo y a un costado, desde donde no se pueden trazar rutas de comunicación. Hoy Japón y Estados Unidos tienen planisferio propio, donde ellos se colocan en el centro del mundo. No se trata de xenofobia ni nacionalismo delirante: simplemente son países soberanos, no sometidos a la vieja preponderancia inglesa. Quienes aún mantenemos el viejo planisferio – y nos “caemos” del mundo cuando queremos trazar rutas hacia el oeste y el sur - podemos cantar la canción a la bandera, pero seguimos siendo colonos mentalmente. Carece de sentido abundar en aquello que forma parte de nuestra vida cotidiana: “es un gentleman”, “practica la puntualidad británica”, “hay que teñirse y si es posible, ponerse ojos celestes, porque así es la gente de primera”. Hace ya muchos años, un patriota revolucionario – John William Cooke- acostumbraba a señalar que “el diccionario lo escribió la clase dominante”. Por eso, “la derecha” es diestra y en cambio, “la izquierda” es siniestra.”

Pero no se puede terminar esta nota sin señalar que ese mundo ideológico se encuentra en pleno proceso de desmoronamiento. “Se ladeaba...se ladeaba...ya muy cerca del fangal...” como decía Discépolo. Y se muere irremisiblemente. Las movilizaciones populares del 19 y 20 de diciembre del 2001 pusieron al desnudo que son muchos los argentinos que están de vuelta de estas fábulas . Quizás no sepan aún claramente lo que quieren- aprendizaje difícil que se está haciendo actualmente- pero saben ya que hay un mundo de ideas falsas, de instituciones mentirosas, de retóricas tramposas, de mitos y “zonceras” que forman parte de un pasado que está quedando definitivamente atrás.

Tengamos la certeza de que en los próximos años, los viejos mitos ya no existirán y el pueblo argentino podrá transitar victoriosamente su camino hacia una sociedad igualitaria, insertada en una América Latina unida y libre.

Buenos Aires, marzo 18 de 2003

Norberto Galasso
Centro Cultural "E. S. Discépolo"

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